En 'El planeta de los simios: la guerra', lo mejor de la humanidad está con los animales
Por: A. O. Scott / The New York Times
Julio 2017
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Fotografia: 20th Century Fox
Andy Serkis en "El Planeta de los Simios: La Guerra"

Hay una escena, casi al final de El Planeta de los Simios: La Guerra, que es más potente e inquietante que cualquier otra cosa que haya visto en una superproducción hollywoodense en años, se trata de un momento de claridad cinematográfica vibrante y aterradora que no podré olvidar en mucho tiempo. Intentaré no echar a perder el momento, pero dudo que lo relatado aquí pueda arruinar su poder.

Dos grupos de humanos acaban de luchar y los triunfadores, después de acabar con el enemigo, celebran con estridentes vítores. Es el tipo de escena que hemos visto decenas de veces en las películas: la muerte masiva se reduce a una victoria fácil para los buenos de la historia. Excepto que en este caso, nosotros -los humanos que vemos el filme- no somos los únicos espectadores.

Una manada de simios también está ahí, una sociedad emergente cuya épica nacional ha sido capturada maravillosamente en esta producción y sus precuelas. Los animales se detienen a observar el resultado de la masacre de la que por poco escaparon; su respuesta, silenciosa y consternada, que sobre todo se expresa a través del rostro de César, su líder, es una reprimenda elocuente dirigida a una especie que ahora solo puede llamarse humana desde un punto de vista biológico.

Recordemos que "simio no mata a simio" es el fundamento moral y político de la civilización de los simios, que les entregó César -su Moisés-, aunque no siempre han obedecido ese mandamiento. Ver cómo la gente se regocija tras la destrucción de su propia especie es perturbador, y conforme la audiencia se empapa de la conmoción de los simios, nos volvemos conscientes de otro malestar más profundo. Después de tres filmes de esta franquicia renacida, ahora estamos completamente del lado de los animales. El prospecto de nuestra propia extinción, en vez de ser aterrador, resulta un alivio. El pobre planeta por fin descansará un poco.

O, dicho de otra manera, Koba tenía razón.

Si viste El amanecer del planeta de los simios -la segunda entrega de la serie, que sirve como puente entre El Origen del Planeta de los Simios y El Planeta de los Simios: La Guerra- puede que recuerdes la evolución de aquel maltratado mono de laboratorio: de víctima a némesis. El daño que Koba había sufrido a manos de los humanos lo volvió intolerante y fanático, una encarnación del extremismo político que César debía controlar y que finalmente tuvo que destruir, a pesar de que su temperamento político tendía a la moderación y el consenso. Su conflicto se reflejaba en una lucha en el frente humano entre un comandante militar genocida que odiaba a los simios y un líder rival que creía en la coexistencia.

El amanecer del planeta de los simios, al igual que El Origen del Planeta de los Simios, presentó un mensaje esperanzador y ligeramente sentimental sobre la armonía entre las especies. A pesar de sus diferencias y sospechas mutuas, quizá las dos sociedades de primates, una que se integra mientras la otra se entrega al caos, podrían compartir la Tierra, o por lo menos el tramo del bosque del norte de California donde esta franquicia estableció su capital alegórica.

Los tiempos cambian. El Planeta de los Simios: La Guerra, dirigida por Matt Reeves, es el episodio más sombrío hasta ahora, y también el más fuerte, un excelente ejemplo de pensamiento claro combinado con una técnica creativa en el cine popular. Lo cual es raro en esta era de universos cinematográficos construidos torpemente y limitados comercialmente. Esta nueva serie de películas de El planeta de los simios se ha distinguido por su compromiso con la creencia de que la ciencia ficción pertenece a la literatura de las ideas, así como por arriesgarse a que pudiera parecer que se tomaba demasiado en serio. Cada episodio ha explorado un marcado problema político o ético, y cada uno ha trasladado el terreno moral del ser humano al simio.

El Origen del Planeta de los Simios se trató de cómo la gente trata y maltrata a los animales, acerca de la disyuntiva entre reconocerlos como seres sensibles y la arraigada costumbre de explotarlos y enjaularlos. El amanecer del planeta de los simios fue una parábola ingenua de descolonización y contrainsurgencia, dedicada a las demandas de dos tribus rivales, pero igualmente legítimas que ocupan un territorio contiguo. El Planeta de los Simios: La Guerra -que a pesar de su título es menos un filme de guerra que una película de vaqueros combinada con un filme carcelario- defiende la opinión que Koba sostenía acerca de la humanidad como una especie irremediablemente cruel y engañosa.

El recuerdo de la traición de Koba se mantiene vivo, pues algunos de sus seguidores han pasado del anticesarismo militante a la colaboración con la especie enemiga. También hay un nuevo antagonista, un coronel renegado -interpretado por Woody Harrelson, un personaje que parece salido de El corazón en las tinieblas y ofrece una versión solista de Apocalipsis ahora-, quien se encuentra en una base hospitalaria que ha convertido en campo de concentración. Tiene la cabeza rapada como Marlon Brando, los lentes oscuros y reflejantes de Robert Duvall y la verborrea maniática de Dennis Hopper. ¡El horror! ¡El horror!

En realidad es muy divertida, a pesar del panorama sombrío que he descrito. Reeves, quien también dirigió El amanecer del planeta de los simios, desarrolla una visión oscura pero también ofrece un poco de luz cuando es necesario y, sobre todo, está comprometido con crear un mundo que sea coherente y fantástico a la vez. Ese mundo también es intensa y tradicionalmente masculino. La organización social de los primates en estos filmes es patriarcal, tanto en humanos como en animales, y, aunque aparecen algunas hembras del lado de los simios y jóvenes humanas, es frustrante la incapacidad del cineasta a la hora de desmenuzar las dimensiones familiares y afectivas de una realidad, por lo demás, retratada en detalle.

Sin embargo, los simios -esculpidos digitalmente y con capturas de movimiento- son naturales y expresivos, además de estar integrados tan armónicamente en su entorno, que a veces se dejan de admirar los matices emotivos y de pensamiento que se reflejan en sus rostros, a menudo captados con un acercamiento. Andy Serkis, en el papel de César, es una de las maravillas de la actuación cinematográfica actual y se complementa con la participación de Karin Konoval, quien vuelve a su papel como el sabio orangután Maurice, además de Steve Zahn, quien interpreta a un triste bufón llamado Simio Malo.

César y Maurice se comunican en inglés primitivo y con lenguaje de señas; durante largos episodios sus aventuras se desarrollan sin interactuar mucho con los humanos, aunque sí adoptan a una humana huérfana muda (interpretada por Amiah Miller) poco antes de conocer a Simio Malo. Nuestra especie va por mal camino, y no solo debido al militarismo desesperado y fanático que representa el coronel. Una nueva cepa de virus le está quitando a la gente la habilidad del habla, con lo que se acelera el retroceso en la jerarquía de las especies que se inició hace dos películas cuando César pronunció por primera vez la palabra "no".

Ahora él es un héroe más gris y triste y, en El Planeta de los Simios: La Guerra, sucumbe un momento ante un impulso vengativo que contradice la nobleza de su esencia. Podríamos decir que está poniendo en riesgo su humanidad o que tan solo es humano después de todo, pero obviamente ambas descripciones serían absurdas.

Tendríamos que usar otro tipo de vocabulario, pero mientras tengamos este -y mientras la gente de carne y hueso siga dirigiendo a gorilas y monos digitales- tan solo diré que es bueno ver un filme tan humano.

 

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