"Historia de un paria": la crónica ganadora del Premio García Márquez 2017
Por: BBC Mundo
Octubre 2017
Fotografia: Yuris Norido
Fotografia: Almudena Toral

Como a Farah le gustan los tipos malos, a nadie sorprenderá saber que sus dos maridos salieron de la prisión del Combinado del Este el mismo día.

Bajo el indulto que el gobierno cubano concedió a más de tres mil quinientos presos por la visita del Papa Francisco a Cuba, en septiembre de 2015, quedaron absueltos Amed Negro Trujillo y Andrés Bravo Cardenal.

Unas horas después de que sus maridos -como la mayoría de las travestis cubanas suele llamar a sus parejas en un gesto emancipador- fueran absueltos, Andrés se apareció en la ciudadela de San Leopoldo donde Farah vive.

Farah la incontinente, Farah la adicta sexual. Farah, que es cualquier cosa menos una mujer de romanticismos y tiernas fidelidades, yacía embelesada en los brazos de Minguito, uno de sus amantes de paso.

Andrés echó la puerta abajo. Le cayó a golpes a ella y le cayó a golpes a Minguito.

-Los dos se enredaron por mí, y yo corrí para la unidad de policía gritando "Auxilio" y "Socorro". La gente del barrio me gritaba "¡Farah! ¡Dura!, ¡Quédate con los dos: un ratico uno y un ratico el otro!".

Mucho antes de tener sesenta pelucas, de convertirse en carne de presidio, de que le hundieran un cuchillo en la ingle al hombre que m√°s feliz la hizo, mucho antes de ser llamada Lul√ļ y de ser llamada Farah Mar√≠a, Ra√ļl Pulido Pe√Īalver naci√≥ en San Antonio de los Ba√Īos -un municipio de la actual provincia Artemisa- el 24 de agosto de 1965.

Su madre, una hermosa mulata llamada Ana Julia Pe√Īalver, muri√≥ de leucemia cuando Ra√ļl ten√≠a seis a√Īos. √Čl y su hermano Efr√©n, de nueve, quedaron entonces bajo la custodia de Rub√©n Pulido, el padre de ambos. Un hombre demasiado recto pero de moral flexible que, esposa en lecho de muerte, ya llevaba el matrimonio en paralelo con una aventura amorosa en La Habana.

Al morir la madre de Ra√ļl ya no hab√≠a impedimentos para que Rub√©n Pulido se mudara a la capital con su amante Hayd√©e. Se llev√≥ a Ra√ļl consigo. A Efr√©n lo terminar√≠an de criar los abuelos maternos en San Antonio.

En la nueva casa -apartamento ubicado en el quinto piso de un edificio en la Calle San Nicol√°s, Habana Vieja- Ra√ļl creci√≥ como un outsider. Hayd√©e, su madrastra, tuvo tres hijos con Rub√©n Pulido: Isabel, Iv√°n y Alexis, todos contempor√°neos con Ra√ļl, cuya existencia le recordaba constantemente a Hayd√©e el amargo tiempo en que fue la segunda del hombre que le gustaba.

-A veces yo sacaba fotos de mi mam√° para recordarla y esa mujer entraba en crisis.

En segundo grado, a Ra√ļl Pulido lo becan en una escuela primaria de educaci√≥n diferenciada para menores con trastornos del comportamiento, donde abundaban los casos sociales, en su mayor√≠a ni√Īos hu√©rfanos de padre y madre. La escuela quedaba en las afueras de la ciudad, cerca del Parque Lenin, lo suficientemente remota como para que Hayd√©e y su familia se mantuvieran impermeables a los problemas del inquieto ni√Īo.

El pase era los fines de semana. Su padre no iba a recogerlo la mayor√≠a de las veces, y con frecuencia alguna maestra se apiadaba del caso y cargaba con Ra√ļl para su casa. Las otras veces se escapaba a las arboledas con los muchachos a los que tampoco iban a recoger, y pasaba el fin de semana mataperreando en los campos de la periferia.

Aunque sus calificaciones eran estupendas, los maestros hac√≠an hincapi√© en ciertos gestos, ciertas inflexiones de la voz, ciertas marcas preocupantes en un ni√Īo var√≥n. En una escuela donde cada alumno era especial, Ra√ļl Pulido era ya el centro de gravitaci√≥n de su peque√Īo mundo. La escuela, se podr√≠a decir, orbitaba a su alrededor, y en el medio estaba √©l, siete, ocho, nueve, diez, once a√Īos, un ni√Īo que bailaba femenilmente, que convocaba, que gesticulaba todo lo que no se supone que deb√≠a gesticular un hombrecito.

-Las maestras me rega√Īaban y yo les dec√≠a: "No me digan m√°s que no gesticule. Yo tengo nueve a√Īos, pero ya soy homosexual. Y voy a ser homosexual hasta el √ļltimo d√≠a de mi vida".

Los fines de semana en que tra√≠an a Ra√ļl de pase, Hayd√©e, especie de encargada del edificio, recib√≠a quejas constantes de los vecinos, que pon√≠an a secar sus s√°banas y sus toallas en la azotea. S√°banas y toallas blancas. S√°banas y toallas limpias que el travieso Ra√ļl Pulido descolgaba de las tendederas para ponerse de vestidos, para inventarse pelucas y desfilar provocativamente en la misma azotea, asom√°ndose a la calle para soplar besos y saludar a su p√ļblico imaginario, un grupo de vecinos que abajo, escandalizados y rojos de furia, ve√≠an ondear al aire sus pertenencias.

Ra√ļl Pulido termin√≥ la primaria entre las manchas del expediente -donde sabias maestras escrib√≠an p√°rrafos altruistas y admonitorios que habr√≠an de leer futuras maestras sobre la torcida conducta del ni√Īo descarriado- y las palizas del padre que cada vez resist√≠a menos la rebeld√≠a del hijo que comenzaba a manchar la imagen de su familia.

-Mi papá me daba tantos golpes por esas travesuras que un día me subí a la azotea del edificio y por poco me tiro. Vino la policía y vino todo el mundo, y yo gritando que me iba a tirar. Mi hermano Iván fue el que logró bajarme de ahí.

A los doce a√Īos, cuando Ra√ļl Pulido empez√≥ la secundaria en una Escuela Taller de la calle Manrique, en la Habana Vieja, su situaci√≥n en la casa se hab√≠a hecho intolerable para Rub√©n y Hayd√©e. Adem√°s de sus travesuras en el edificio, Ra√ļl comenz√≥ a bailar en la calle al ritmo de las canciones de moda, a hacerles mandados a los vecinos y a limpiar casas para ganar su propio dinero. Dorm√≠a fuera con regularidad, comenz√≥ a juntarse con otros homosexuales y -lo m√°s grave- cierto d√≠a apareci√≥ en la secundaria con uniforme de hembra. Una amiga del aula le prest√≥ una saya y una blusa. Ra√ļl se dividi√≥ el pelo en dos atrevidas motonetas y as√≠ se present√≥ en pleno matutino.

-Imag√≠nate, yo en la fila de las ni√Īas y todo. Se form√≥ tremendo chisme y tremendo esc√°ndalo. Me llevaron para la direcci√≥n y mandaron a buscar a mi pap√°.

No solo la ni√Īez, sino tambi√©n la adolescencia, transcurrieron fuera del hogar, de una escuela de conducta en otra. Como la insubordinaci√≥n nunca ha sido premiada con aplausos, a partir de los doce a√Īos Ra√ļl no durmi√≥ nunca m√°s dentro de la casa.

El cuartico de desahogo fue el castigo m√°s dr√°stico. M√°s dr√°stico que los azotes con la chancleta y con el cintur√≥n, porque esos golpes dol√≠an, pero duraban poco. En el pasillo, al lado del apartamento donde segu√≠a viviendo la familia, a Ra√ļl Pulido, cachorro descarriado, lo encerraban en las noches bajo llave. Adentro hab√≠a un canap√©, un lavamanos, una taza y una ducha que usaba para ba√Īarse. Comenz√≥ a padecer crisis de asma por la humedad del lugar y alg√ļn que otro vecino preocupado le aconsejaba a Rub√©n y Hayd√©e que sacaran al ni√Īo de ah√≠.

Isabel Pulido, √ļnica hermana de Ra√ļl, tiene 52 a√Īos. En la casa de San Nicol√°s, donde actualmente cuida al padre de ambos, cierra silenciosamente la puerta y sale afuera. Adentro no se puede mencionar el nombre de Ra√ļl. En el balc√≥n, Isabel recuerda la √©poca as√≠:

-√Čl empez√≥ a dormir en el ba√Īito por todos los problemas. Ahora la homosexualidad es una moda, pero antiguamente t√ļ no sab√≠as si tra√≠a s√≠filis o cualquier otra enfermedad. All√≠ √©l dorm√≠a de lo m√°s bien, porque eso estaba limpiecito.

Ra√ļl entraba a la casa apenas para ver la televisi√≥n. El padre lleg√≥ a prohibir que se le diera comida si no cambiaba su conducta. A escondidas, Hayd√©e o Isabel le alcanzaban a veces un plato al cuartico.

Poco tiempo despu√©s, la rectitud del padre termin√≥ por hastiar a los hermanos varones de Ra√ļl, que se fueron de la casa en cuanto pudieron. Isabel iba y ven√≠a, seg√ļn el novio que tuviera en el momento.

A los doce a√Īos Ra√ļl Pulido gimoteaba en un portal. Hab√≠a tenido una pelea con el padre. Una pelea que termin√≥ en juicio.

-Un día, en medio de una golpiza de mi papá, me reviré. En la casa había uno de esos botellones grandes de cristal. Cogí aquel botellón y se lo metí por la cabeza. Y de ahí fuimos para la policía.

Con una frialdad que da miedo, Isabel Pulido recuerda:

-Una difunta vecina del edificio se metió en la bronca y acusó a mi papá. Pero mi papá ganó, porque entre padre e hijo nadie se puede meter, y el padre le puede hacer al hijo lo que le dé la gana.

En aquel portal, antes de la polic√≠a, antes del juicio, Ra√ļl Pulido, hermoso ni√Īo seg√ļn quienes lo conocieron y seg√ļn √©l mismo, lloraba sin consuelo. Ese d√≠a conoci√≥ a Jorge Gonz√°lez Mesa, alias "La Reglana", y desahog√≥ con √©l sus penas.

Jorge "La Reglana" era un se√Īor negro y gordo con un ojo de vidrio y una espantosa reputaci√≥n. Homosexual. Santero. Hijo de Yemay√°. Adicto a drogarse con medicamentos como el dexactedron y el parkisonil, Jorge "La Reglana" se le cruz√≥ en el camino a Ra√ļl Pulido en un momento dr√°stico. Le sec√≥ las l√°grimas y lo dem√°s sucedi√≥ r√°pido: Jorge, que no ten√≠a hijos y viv√≠a solo en la calle Lagunas, apenas a seis cuadras de los Pulido, accedi√≥ a tomar la custodia de Ra√ļl si su padre lo permit√≠a. El padre dijo que s√≠, que por supuesto. Le dio de baja en la libreta de abastecimientos y se sinti√≥ aliviado. Hayd√©e morir√≠a un par de a√Īos despu√©s.

Jorge fue agua en el desierto. Le dio a Ra√ļl un techo. Le quiso cambiar, aunque sin √©xito, los apellidos. Lo llamaba "hijo" as√≠ como Ra√ļl lo llamaba "padre". Pero Jorge no trabajaba, viv√≠a del negocio, de la venta de pastillas alucin√≥genas a las almas desesperadas de Centro Habana, y Ra√ļl tuvo que comenzar a bailar en las calles, a limpiar casas nuevamente, a hacer los recados a los vecinos del nuevo barrio.

 

-¬ŅJorge era bueno contigo?

-Regular.

-¬ŅPor qu√©?

-Porque era un homosexual muy fuerte.

-¬ŅTe golpeaba?

-Una sola vez me dio un manotazo, porque le falt√© el respeto. Yo era muy boc√≥n. No me daba golpes, pero era un se√Īor muy fuerte, y no le gustaba que yo hiciera cosas malas. Fue bueno y fue malo. A veces me botaba de la casa y yo ten√≠a que irme por ah√≠. Despu√©s me recog√≠a de nuevo.

Teresa, una vecina que vive hace m√°s de diez a√Īos en los altos de la casa de "La Reglana", el nuevo hogar de Ra√ļl, recuerda:

-Jorge no se movía de la silla y, sin embargo, no le faltaban ni la comida ni los cigarros. Cuando el muchacho no traía el dinero o las cosas para la casa, lo maltrataba bastante. Lo usó, como lo usan muchos todavía. Pero fue quien lo crió, quien lo acogió cuando en su casa lo despreciaron.

Por ese tiempo, finales de los setenta, Ra√ļl Pulido sali√≥ de la casa por primera vez completamente vestido de mujer.

-Sal√≠ a tomar las calles en un vestido de quincea√Īera que me hab√≠an prestado. La gente escandalizada. T√ļ sabes c√≥mo era la gente en esos a√Īos.

Despu√©s de tal paso no hab√≠a ya raz√≥n para que Ra√ļl siguiera llam√°ndose como tal. Pens√≥ que era mejor olvidarse de su propio nombre, tapiar tambi√©n esa parte de la oscura fosa que era su corto pasado, y empezar de nuevo.

Cuando las calles de Centro Habana comenzaron a quedarle chicas, la gente empez√≥ a llamarlo Farah Mar√≠a, a la saz√≥n una cantante cubana que se hizo popular por su zalamera estrofa "Yo no me ba√Īo en el malec√≥n, porque en el agua hay un tibur√≥n".

La interpretaci√≥n de esa cancioncilla hizo a Ra√ļl ganar algunos pesos en las calles de la Habana, y cierto d√≠a pens√≥ que de Ra√ļl hab√≠a que zafarse. Que Farah, en cambio, era un nombre divino.

Farah, en un pérfido soplo. En un voluptuoso roce de los dientes de arriba con el labio de abajo.

F-A-R-A-H -con su sofisticada H al final- era el nombre mismo del éxito.

Nada malo podría pasarle a alguien llamado Farah.

Los a√Īos pasaron. Y Farah comenz√≥ a pagar sus primeras multas por maquillarse y vestirse de mujer. Alguna que otra vez compareci√≥ en juicios populares junto a sus amigas travestis. Los juicios populares, en casos de conducta homosexual, eran ceremonias que pretend√≠an la redenci√≥n del gay a trav√©s de la terapia de choque de la verg√ľenza p√ļblica. En otras ocasiones la trasladaban a la unidad de polic√≠a m√°s cercana, la pon√≠an a limpiar el local en una rara medida de escarmiento. Unas horas despu√©s la dejaban en libertad.

Negra, homosexual y pobre, Farah reunía todas las condiciones para ser un paria social en la nueva Cuba que se construía. Un país edificado bajo el espejismo de las inclusivas promesas que juraron los hombres fuertes, los hombres de campo que hicieron la Revolución, y bajo cuya anuencia se institucionalizó paulatinamente la homofobia en la Isla.

A la vuelta de los a√Īos ochenta, el gobierno revolucionario hab√≠a "saneado" el pa√≠s de cientos de homosexuales que escaparon de Cuba durante el √©xodo del Mariel. El C√≥digo Penal cubano establec√≠a la sanci√≥n de cualquier actitud que pudiera ser considerada demasiado extravagante bajo el delito de ostentaci√≥n p√ļblica, por el que se pod√≠a cumplir de tres a nueve meses de prisi√≥n.

Farah inici√≥ en 1982 un periplo dantesco por las c√°rceles cubanas. Las fechas precisas no las recuerda ni ella misma. Su cronolog√≠a personal es tan atolondrada, tan llena de hitos, de escuelas de conducta, de maridos, de pu√Īaladas, de juicios, que cualquier fecha puede estar sujeta a un cambio. En 1982, eso s√≠, est√° segura de haber pisado una c√°rcel por primera vez. Ten√≠a diecis√©is a√Īos.

-Estaba en la playa de Guanabo con un grupo de homosexuales. Dejamos la casa sola y al regresar nos habían robado, entonces fuimos a la estación de policía a hacer la denuncia. En vez de buscar a los ladrones, nos llevaron presas a nosotras.

En el Combinado del Este, la mayor prisión del país, Farah y sus amigas cumplirían nueve meses de cárcel.

-¬ŅC√≥mo te fue all√≠?

-Fabuloso. Yo era la reina de la prisión. Estuve en un pabellón donde había alrededor de trescientos homosexuales. Aquello me encantó. Hacía lo que me daba la gana. Me vestía de mujer con vestidos hechos de sábanas, pelucas de tiras de saco. Con pasta de dientes me maquillaba los párpados y los labios me los pintaba con pintura roja.

Su nombre de pila en la prisi√≥n era Lul√ļ, en honor a un dibujo animado donde la mu√Īeca hom√≥nima se la pasaba chupando paletas. Farah era aficionada a chuparse el dedo.

Durante los nueve meses que estuvo presa, solo Jorge y su hermano Efrén la visitaron. Con los demás miembros de la familia -sobre todo con el padre- había ocurrido una irreparable fractura. En la propia casa de San Nicolás, su nombre se pronunciaba en sordina.

Isabel Pulido dice:

-Fue preso porque en cuanto desarroll√≥ f√≠sicamente empez√≥ a reunirse con "elementos", con gente de la que no ten√≠a que rodearse. Y mi pap√° lo enterr√≥. √Čl sab√≠a muy bien que el padre de nosotros trabajaba en la Seguridad del Estado y era muy recto, que cuando dec√≠a una cosa hab√≠a que hacerla.

A la semana de haber quedado en libertad, Farah fue presa de nuevo. Esta vez adrede. Ella y Katia, otra travesti que tambi√©n hab√≠a pasado unos meses divinos en el Combinado del Este, comenzaron a hacer fechor√≠as para que las capturaran nuevamente. Hab√≠an dejado sendos maridos en la prisi√≥n, y a la prisi√≥n hab√≠a que volver. Entre rejas (extra√Īa paradoja) algunos ten√≠an m√°s libertad que en la calle.

Lo primero que se les ocurri√≥ fue ir a comer hasta el hartazgo en Las Buler√≠as, un lujoso restaurante del Vedado, a sabiendas de que no ten√≠an un centavo para pagar la cuenta. Por desgracia para ellas, lo √ļnico que se buscaron fue una paliza y cincuenta pesos de multa.

D√≠as despu√©s, Farah y Katia agarraron un pedazo de hierro e hicieron a√Īicos una de las vitrinas de la tienda La Sortija. Mientras los empleados llamaban a la polic√≠a y los transe√ļntes disfrutaban del espect√°culo, Farah y Katia se colaron en las estanter√≠as, despojaron a los maniqu√≠es de sus vestidos y sus pelucas, y se las encasquetaron, para posar inm√≥viles como gr√°ciles figurillas dentro de las vitrinas destrozadas.

-En el juicio nos pidieron un a√Īo en el Combinado del Este. Fuimos a parar al mismo pabell√≥n donde hab√≠amos estado anteriormente.

Cumpli√≥ la condena. Sali√≥. Calent√≥ los motores en la calle y, casi dos a√Īos m√°s tarde, la encarcelaron nuevamente por robarse, con otras tres consortes de causa, las prendas de mujer que colgaban en una tendedera en el municipio Guanabacoa.

-Nos descubrieron porque, en medio de la noche, un ni√Īo empez√≥ a llorar y despert√≥ a la gente en el edificio. El robo se valor√≥ en unos ochenta y ocho pesos. No se me olvida. Esa vez nos pidieron once a√Īos de c√°rcel.

Once a√Īos de los que apenas cumplir√≠a cuatro. Junto con una revisi√≥n de causa por la que quedaba absuelta en 1988, uno de los tantos presos a los que Farah hab√≠a jurado amor eterno, la sorprendi√≥ con otro de los tantos presos a los que Farah hab√≠a jurado amor eterno. En algunos sitios la infidelidad se paga con muerte. Y este hombre resentido, del que Farah ya no recuerda su nombre, la alz√≥ en peso, y la arroj√≥ del cuarto piso.

-Lo √ļnico que recuerdo es que me despert√© en el hospital de emergencias de Carlos III.

Fractura de cráneo, parálisis temporal, pérdida casi total de la dentadura. Farah estaba viva de puro milagro.

En 1992 inaugura la prisi√≥n de Valle Grande, ubicada en el municipio La Lisa, en las afueras de La Habana. A partir de ah√≠ la c√°rcel se convierte en algo eventual, casi siempre bajo los delitos de esc√°ndalo p√ļblico o peligrosidad predelictiva. La peligrosidad predelictiva, que consta en la Ley 62 de 1987 en el C√≥digo Penal cubano, considera como estado peligroso y punible la proclividad de ciertos individuos a cometer delitos.

La conducta antisocial de Farah, que no ten√≠a un trabajo estable, que se hab√≠a pasado los √ļltimos a√Īos de su vida en la c√°rcel, la convert√≠an en una ciudadana potencialmente perniciosa para la sociedad.

A mediados de los 2000 su record delictivo estaba limpio. Hasta donde era posible, Farah era feliz. Llevaba casi diez a√Īos sin caer presa. La polic√≠a ya no se preocupaba por ella como antes.

Eusebio Leal, Historiador de La Habana y especie de indulgente guardi√°n del centro hist√≥rico de la ciudad, emiti√≥ alrededor de 2005 un documento por el que se proh√≠be a las autoridades la detenci√≥n de Farah por bailar p√ļblicamente y ostentar su homosexualidad en el centro tur√≠stico de la ciudad. Eusebio Leal la convirti√≥ en intocable. En el documento la llama "personaje costumbrista".

Farah había transitado, a base de constante gravamen, de paria social a personaje pintoresco con salvoconducto legal.

En las calles comenzaban a reconocerla como la madre de las travestis cubanas. La precursora. En lugares tur√≠sticos del centro hist√≥rico (la cervecera de la Plaza Vieja, por ejemplo) le permitieron bailar con la orquesta musical de paso, y coquetear con el p√ļblico, que pod√≠a llegar a dejarle hasta quince d√≥lares de propina en los d√≠as de m√°s suerte.

La mega popular orquesta cubana Van Van la inmortalizó en su tema "El travesti" (Arrasando, 2000), donde después de mencionar a varios transformistas famosos de La Habana entonan: "(...) ¡Y qué decir de Farah María, Ave María por Dios!".

Farah hab√≠a conocido a Santiago S√°nchez L√≥pez, un joven de apenas veinte a√Īos con quien Jorge la dejaba convivir en la casa. Santiago hab√≠a llegado para saciar un gran hambre de afecto.

-De todos mis maridos, fue el que m√°s me quiso y el que m√°s yo quise.

Con Santiago, Farah consiguió algunos de los pocos empleos estatales que le permitía su título de noveno grado. En el asilo de la calle Reina, por ejemplo, trabajaron juntos asistiendo a los ancianos. Como es de suponer, Farah le puso el alma a un sitio tétrico que olía a orina rancia.

-Los ancianos son personas muy susceptibles y me quer√≠an cantidad. Yo les hac√≠a cuentos, les cantaba canciones infantiles, les celebraba los cumplea√Īos.

Con Santiago se fue a limpiar los pisos del Hospital Calixto García en 2008 para ganar un poco más de lo que ganaba en el asilo. Fiel guardián, Santiago no la perdía de vista. Teresa, la vecina, recuerda:

-Santiago ten√≠a obsesi√≥n con ella. Si ella sal√≠a, √©l sal√≠a. Si ella entraba, √©l entraba. Y como ella es muy alta y √©l era muy bajito, parec√≠a la cartera de Farah. El padre del muchacho quer√≠a conseguirles otro apartamento para que salieran de la casa de Jorge, que siempre estaba llena de homosexuales faj√°ndose entre s√≠. Pero Farah no quiso. Para ese tipo de gente, ese cuarto tiene az√ļcar.

El 29 de diciembre de 2008, mientras oscurecía y Farah buscaba los pesos en las calles de La Habana, Santiago cocinaba una olla de frijoles negros. Sandro, la pareja que Jorge tenía en aquel momento, metió un cucharón en la olla y a Santiago no le gustó. Santiago y Sandro se fueron a las manos y en fracciones de segundos Sandro le había clavado un cuchillo en la ingle a su contendiente.

Teresa sintió la gritería de Jorge: "!Lo mataste, lo mataste!". El barrio se puso en función de la reyerta. A los minutos llegaba Farah de la calle, maquillada, contenta del buen día que había tenido.

Cinco a√Īos de relaci√≥n cortados por un solo tajo. Fin de Santiago S√°nchez L√≥pez. Fin de la historia.

Dos a√Īos m√°s tarde, en 2010, Jorge muri√≥ a causa de una cirrosis hep√°tica por el abuso de los medicamentos que consum√≠a.

-Lo cuid√© hasta el final. Despu√©s de bailar en la calle y de buscar dinero, compraba comida, la cocinaba y se la llevaba al hospital. El d√≠a que muri√≥ yo estaba en la casa descansando. Acababa de dejarlo ba√Īado en el hospital. Tres d√≠as antes de morirse conversamos y le perdon√© todo lo duro que fue conmigo.

Sola de nuevo. Al padre se lo encontraba poco, y cuando coincidían en el barrio, cada uno hacía como que el otro no estaba ahí. Con sus hermanos apenas se cruzaba. Iván estaba preso hacía un tiempo en Orlando, Estados Unidos, por tráfico de drogas. En una ocasión le mandó doscientos dólares.

La casa hab√≠a quedado reducida a un peque√Īo cuarto de usufructo, luego de que paulatinamente Jorge la desglosara en otros peque√Īos cuartos que vendi√≥ a inmigrantes y gente m√°s o menos marginal.

-Me deprimí mucho por la muerte de Santiago y Jorge, y comencé a hacerle rechazo al cuarto. Empecé a pasar más tiempo en la calle buscando pareja.

Elio Medina es un homosexual santero que vive en otra ciudadela a un par de cuadras de Farah. La conoci√≥ cuando Jorge a√ļn viv√≠a, se encari√Ī√≥ con ella y se convirti√≥ en una especie de amigo y gu√≠a espiritual. Elio cuenta:

-Ella es muy buena y confiada. Pasa por cualquier esquina, se encuentra a cualquier muchacho, y se lo llevaba a vivir a su casa. Una vez llegué a sacar de ahí a diecisiete personas. Fui a verla y la gente estaba durmiendo en el piso. Ella llevaba varios días sin comer.

Despu√©s de Santiago ha desfilado un pueblo por la casa de Farah. Holgazanes muchachos menores de treinta a√Īos. Ninguno negro, porque a ella los negros no le gustan. Nadie cercano a Farah ha conocido una pareja suya que no abusara de su confianza o no le diera una paliza cuando le ha sido imposible costear los lujos a los que aspiran esos tipos.

Desde Santiago Sánchez López hasta la fecha varios chulos se han disputado la custodia de Farah, especie de gallina de los huevos de oro. Consumida por su necesidad de afecto y su flaca autoestima, Farah es capaz de aguantar casi cualquier cosa -desde humillaciones hasta golpes- por no pasar la noche sola.

Como es de suponer, el que quiere obtener algo de ella -un techo donde pasar la noche o pasar una temporada, un plato de comida- solo tiene que ser medianamente astuto para decirle lo que quiere escuchar. Farah se hace la vista gorda, se enga√Īa a s√≠ misma y trata de enga√Īar a los pocos que se preocupan por ella, cuando asegura que a sus cincuenta a√Īos tiene a los jovenzuelos comiendo de su mano, hasta que las mentiras salen a flote y las relaciones -si ese nombre podemos darles- se vuelven insostenibles.

A saber, las m√°s importantes de los √ļltimos diez a√Īos comienzan con Vladimir, alias "La Muerte", fumigador de oficio.

-Por qué le decían La Muerte?

-Ni√Īo, porque era un blanquito precioso, de ojos azules. Lo m√°ximo. Pero de tan lindo, por dentro era un veneno. Era como Chucky, el mu√Īeco diab√≥lico.

Farah se fue a vivir con Vladimir "La Muerte" a un llega-y-pon que alquilaron en las afueras de San Miguel del Padrón. Se adaptó al aislamiento de la periferia. Rápidamente se convirtió en la criada del lugar. Fregaba, limpiaba, ordenaba, bailaba en la zona para conseguir dinero y comprar comida.

-Todo era color de rosa hasta que comenzó a robarme el dinero. Cuando quería dejarlo me caía a golpes y me amenazaba.

Para salir de Vladimir "La Muerte" Farah se busc√≥ otro chulo. Con Amed Negro Trujillo durar√≠a cinco a√Īos.

Se conocieron una noche en el Parque de la Fraternidad. Amed le preguntó si ella era Farah, la famosa. Ella respondió que sí. Ese día, después de hacerse de rogar -asegura-, se fueron juntos al cuarto de San Leopoldo.

-Le hice una "comidita de puta": platanitos, tomates, arroz y huevo frito. Hicimos el sexo. Nos compenetramos, etcétera, etcétera.

Amed era epil√©ptico y pastillero. Cuando se juntaban las dos cosas Farah ten√≠a que huir lejos, porque la tunda era segura. Fue preso varias veces por golpear a su abuela de crianza, por desorden p√ļblico y por amenaza con arma blanca. La misma Farah lo denunciaba a veces por robo o por agresi√≥n f√≠sica, para retirar la denuncia unas horas m√°s tarde.

Cada vez que Amed caía, allá iba Farah, -tacones de brillo, vestido atrincado, motonetas- cargada de jabas con comida, a ver a su marido a la prisión. Cuando Amed salía de pase, se quedaba en la casa de ella.

Y ella proveía.

En una de las visitas a Amed, otro preso comenzó a ficharla. Andrés Bravo Cardenal alias "El Diente", que estaba en la cárcel por robo con fuerza, salió de pase un día y se tropezó con Farah en un kiosco de fritangas.

-Hab√≠a fr√≠o. Yo me estaba comiendo un pan con minuta y √©l me pidi√≥ que le comprara uno. Se lo compr√©. Empezamos a conversar y le dije que estaba cansada de Amed, que me daba muchos golpes. √Čl quiso acompa√Īarme hasta el barrio, me iba a dejar en la esquina, porque Amed estaba en mi casa, de pase tambi√©n. El final de la historia es que Andr√©s termin√≥ entrando a la casa. Yo dije que √©l era un primo m√≠o. Y Amed dijo: "¬°Qu√© primo de qu√©, si √©l est√° en la prisi√≥n conmigo!". Entonces plant√©: "Pues mira, a partir de ahora √©l es mi marido". Ni√Īo, cinco de la madrugada y ellos se fueron a los golpes por m√≠. Tuvo que venir la polic√≠a.

Farah se enamor√≥ r√°pido, como se enamora ella cuando le muestran un m√≠nimo de simpat√≠a. Se hizo tatuar en la espalda las iniciales de Andr√©s Bravo Cardenal: "ABC", con tinta azulada, escrito r√ļsticamente. √Čl, por su parte, se tatu√≥ "Farah" en el antebrazo. En alguna ocasi√≥n le escribi√≥ un par de cartas desde la c√°rcel. En un cuadernillo donde Farah anota n√ļmeros de tel√©fono y cosas importantes, conserva este pedazo qui√©n sabe por qu√© raz√≥n:

"(...) es bueno que de vez en cuando salgas para la discoteca para que puedas divertirte un rato, porque t√ļ eres merecedora de muchas cosas, pero tambi√©n recuerda que la calle est√° mala cantidad, y no puedes llegar tarde a tu casa. Te amo mucho, Farah. De tu amor, Andr√©s".

Las visitas a la prisión y las jabas de comida eran ahora para Andrés "El Diente", un muchacho que en la calle parecía hermético, de carácter frío, duro e impenetrable. Pero que entre las cuatro angostas paredes del cuarto de San Leopoldo lo que le pedía a Farah era que lo penetrase. Así copulaban la mayoría de las veces.

-Me enganché con él, porque me trabajó la línea de fuego. Cuando nos enredábamos éramos Shakira con Beyoncé. ¡Ayyyyy! ¡Perra! ¡Dura! Andrés era una "salá" en la cama.

Cuando quedó en libertad y estuvo a tiempo completo en el cuarto de Farah, las golpizas comenzaron de nuevo.

-Era muy materialista. Al principio yo le puse los colmillos de oro, que me salieron en sesenta dólares cada uno. A plazos le terminé de pagar una cadena y después un reloj. Pero cuando no tenía dinero se ponía mal.

En una de las golpizas más fuertes que Andrés le atizó a Farah, Teresa tuvo que asomarse al balcón con un palo en la mano:

-Lo amenac√© con caerle a palos si segu√≠a maltrat√°ndola. A Farah aqu√≠ la quiere todo el mundo. √Čl me dijo que ella lo sacaba de paso. Yo le respond√≠ que si lo sacaba de paso, que recogiera sus cosas y se fuera. Que si se quer√≠a comprar unos zapatos o lo que fuese, que trabajara. Farah es muy indefensa. Es poquita cosa. Anda siempre arreglada, sale para la calle y regresa con sus cuatro pesos, es la reina de la Habana Vieja. Pero no oye consejos.

Elio Medina, su padrino, fue una vez testigo de una escena similar en su casa.

-Vino un día a visitarme con Andrés, y él la ofendió delante de mí, la humilló. Lo agarré por el cuello y lo boté de mi casa. Farah no es muy inteligente que digamos, y cuando la ofenden y tiene lucidez, se demora mucho en dar una respuesta.

A principios de 2016, despu√©s de casi tres a√Īos aguantando golpes, bailando en la calle para mantenerlo, le cambi√≥ la cerradura a la puerta y se deshizo de Andr√©s.

-Yo soy el tipo de homosexual al que le gusta llamar la atenci√≥n. Mientras m√°s extravagante me visto, m√°s segura estoy de m√≠. Cuando me gritan en la calle "!Farah, perra, dura, diva, t√ļ s√≠!", me siento realizada. En una revista dijeron que yo s√≠ ten√≠a cojones y timbales, por haberme lanzado a las calles vestida de mujer sin importarme nada. Yo cuando joven fui un homosexual precioso. F√≠jate que tengo cincuenta a√Īos y todav√≠a me veo despampanante.

He llegado a tener sesenta pelucas, y cuando se ponen feas las regalo o las boto. Cuando bailo en la cervecera, el que me quiere regalar dinero me lo tiene que poner adentro de la blusa. Le digo a todo el mundo que ese dinero es para ponerme las tetas de silicona. Eso sí quisiera. Cambiarme de sexo no. Yo he tomado anticonceptivos y hormonas, y me han salido mis teticas, pero las he dejado de tomar porque me dan nauseas y mareos.

Soy virgo. Los virgos somos alegres, tenemos suerte para el dinero. Somos muy queridos. Gente sencilla y natural.

Yo soy tan famosa que cuando Beyonce vino a La Habana, fue a la cervecera a conocerme. Del nerviosismo me mand√© a correr y me escond√≠ en el ba√Īo. Al final me pidi√≥ que bailara algo. Mand√© a la orquesta a tocar "El cuarto de Tula". Beyonce me regal√≥ quinientos d√≥lares y un vestido. Eso lo sabe todo el mundo. Con el dinero me fui para Varadero y me llev√© seis "pepillos" y dos amigas m√≠as travestis. Yo era la poderosa. Los "pepillos" me llov√≠an y yo ten√≠a para escoger.

En marzo de 2016 la casa de Farah es el mismo cajón de cuatro por cuatro que heredó de Jorge "La Reglana" en el barrio de San Leopoldo. El olor, en cuanto cruzas el umbral, te conecta con la miseria y la marginalidad en que transcurre su vida. El vaho nauseabundo de un sitio poco ventilado y que se limpia con escasa frecuencia y con escaso rigor.

Como los típicos cuartos de usufructo en la superpoblada y ruinosa Centro Habana, el de Farah también queda fraccionado en planta baja y planta alta, con una división de madera llamada barbacoa. Arriba, el cuarto, con una camita personal de sábanas calamitosas y un escaparate viejo. Magullados zapatos de mujer en el suelo de tablas. Ropa vieja de colores chillones que le van regalando. Algunas figurillas de barro y un arcaico ventilador de pie. Dos posters en las paredes: uno de Shakira (frente a la cama) y uno de mujeres y hombres en cueros (a la cabecera de la cama).

Abajo, una sala-comedor-ba√Īo-cocina. La entrada del ba√Īito no tiene puerta. Hay en el apretado espacio, con vista al inodoro blanco, dos muebles de una felpa cochambrosa color rojo vino. Las pertenencias de Farah son escasas. Si ha tenido algo de valor en alg√ļn momento de su vida, el marido de paso se lo ha robado. Nunca ha tenido, por ejemplo, un refrigerador. Los pocos alimentos que compra los cocina en el d√≠a. Cuando no tiene ganas de encender el fog√≥n (la mayor√≠a de las veces), lleva un pozuelo pl√°stico al comedor de ancianos y casos sociales de la calle Perseverancia, y all√≠ le dan algo.

Anclada a la pared de la salita, hay una complicada repisa de madera con varios compartimentos atiborrados de fotos y baratijas como peque√Īos mu√Īecos de cer√°mica y flores artificiales. Un comprobante de pago de Aguas de La Habana, colillas, una caja vac√≠a de cigarros Criollo.

En el resto de las paredes, un collage de desnudos masculinos que fueron arrancados de alguna revista erótica, y un afiche grande con la propaganda del perfume Le Male, de Jean Paul Gaultier, donde un imponente rubio muestra sus abdominales.

En otro destartalado estante de madera, hay un viejo equipo de m√ļsica y una larga colecci√≥n de discos llenos de polvo. De Roc√≠o Durcal y Roc√≠o Jurado, Un mano a mano de lujo; de Madonna, You can dance. El show Nuestra Belleza Latina, Donna Summer en concierto, la novela mexicana Amor por siempre. Una colecci√≥n de documentales de Discovery Channel con los programas Armas de alta tecnolog√≠a, Aliados de la II Guerra Mundial, Devoradores de Hombres, Trenes de alta velocidad y otros. Varios cassettes para VHS con filmes como H√©rcules y La m√°scara negra. Completa la colecci√≥n un video pornogr√°fico que tiene en la car√°tula fotos peque√Īas que adelantan a dos tipos calvos teniendo sexo al lado de una piscina.

-Yo soy una enferma sexual. Me gusta mucho hacer el sexo.

En 2012 a Farah la invitaron unos turistas griegos al hotel Habana Libre para filmar una película pornográfica que luego se distribuiría en Internet. Durante tres días de filmación, Farah visitaba el hotel en las madrugadas para penetrar a seis hombres y seis mujeres, todos juntos en una misma habitación.

Farah no es muy buena con los detalles, y hay que preguntarle treinta veces para que termine de hacer un cuento. Su coherencia existe solo dentro de su propia fantasía. Es difícil sacarle datos precisos, fechas exactas. Anécdotas estrictamente confiables. Como si su vida fuera una loca fábula, y no interesara realmente cuándo sucedió esto o aquello, o como si fuera demasiado excesivo para haber ocurrido en la vida real.

-Me pidieron hacerles sexo oral a todos, y uno de los días de filmación hicimos una pirámide, unos subidos arriba de los otros. No lo hice por prostitución. Yo no me prostituyo como el resto de las travestis.

Los extravagantes griegos le pagaron, sin embargo, alrededor de doscientos dólares.

En otra ocasión la llevaron a la Sierra Maestra -el escenario de la lucha armada contra Batista antes de 1959- para rodar otro filme pornográfico con tres chicas y dos hombres.

-Yo entraba a la orgía vestida de cabaretera.

Por lo dem√°s (y como cada vez que cuenta algo) hay pocos detalles.

En resumen: no conserva ni llegó a ver ninguna de esas películas. Pueden haber sucedido o no. En teoría, todas están colgadas en Internet, y hay que pagar por verlas.

Las pertenencias m√°s preciadas de Farah son sus pelucas, sus vestidos viejos y sus propias fotos: la huella documental de su carrera, que han ido dejando fot√≥grafos y periodistas extranjeros a trav√©s de los a√Īos.

 

Farah parando el transporte p√ļblico, en una rara especie de glamour.

Farah encaramada en una cerca.

Farah dándole declaraciones a un micrófono de Telesur.

Farah saludando a su fanaticada en los carnavales de La Habana, que no son carnavales hasta que ella llega.

Farah agarrada de la mano de Mariela Castro, directora del CENESEX e hija del presidente, durante la primera Jornada contra la Homofobia en Cuba, en mayo de 2008.

-Mariela Castro esperó a que yo llegara para comenzar la marcha del orgullo gay. Me dijo: "Dale para que desfiles al lado mío". Muy divina y fabulosa ella. Cuando se acabó la marcha, me dio un paquetico con cien dólares y me dijo: "Aquí tienes tu regalo".

Elio Medina tiene una teor√≠a interesante. Y seg√ļn esta teor√≠a, a Farah la protege algo sobrenatural.

-No es normal que siga viva con todas las cosas que le han pasado, dice.

En cuestiones de fe, Farah sigue el patr√≥n de la conveniencia. Si los testigos de Jehov√° est√°n haciendo donaciones, ella se convierte en seguidora de los Testigos de Jehov√°. Si los Adventistas del S√©ptimo D√≠a le regalan un folleto que explica las evidencias hist√≥ricas de que Jes√ļs existi√≥, puede que se haga seguidora suya. Si tiene la soga al cuello, le pide a Elio que interceda por ella ante Ogg√ļn o Eleggu√°, y se encomienda entonces a las deidades de la religi√≥n yoruba.

En un mismo a√Īo le dieron dos pu√Īaladas (fue en los 2000, pero no recuerda con exactitud la fecha y nadie cercano a ella la recuerda tampoco). La primera en una reyerta en un bar de la calle √Āguila, de donde sali√≥ con un punz√≥n clavado en la barriga. Los cirujanos tuvieron que abrirla como un cerdo para comprobar que el arma no le hab√≠a da√Īado ning√ļn √≥rgano.

La segunda pu√Īalada tiene varias versiones. Seg√ļn Farah, fue un tajo accidental, en otra reyerta de j√≥venes hom√≥fobos que la hab√≠an emprendido a cuchilladas contra los homosexuales reunidos en el Parque de la Fraternidad. Seg√ļn Elio Medina, estaba ella en el Barrio Chino, y la cortaron por interceder en una pelea. Seg√ļn Isabel Pulido, el tajo se lo larg√≥ un hombre con el que ella se hab√≠a propasado.

Cualquiera que sea la real, todas las versiones terminan en la misma escena:

Farah, con el filo de un machete hundido en el cuello. Farah engavetada en la morgue del hospital de emergencias de Carlos III.

La dieron por muerta. En la funeraria de la calle Zanja, sus vecinos y amigos (nunca sus familiares), esperaban el cadáver con el local lleno de coronas hechas de empalagosos gladiolos, envueltas en bandas de papel que decían cosas como "Descansa en paz, Farah".

Al llegar al hospital con el cuello abierto, Farah sufre catalepsia (un padecimiento que la acompa√Īar√° toda su vida) y que consiste en la p√©rdida temporal de los signos vitales, a un punto tal que los m√©dicos asumen el fallecimiento del paciente.

Investigaciones cient√≠ficas como la publicada en el British Journal of Medicine en 1876 definen a la catalepsia como un "episodio neurol√≥gico asociado a pacientes que sufren de esquizofrenia, histeria y hasta melancol√≠a". El relato de Edgar Allan Poe El entierro prematuro (The Premature Burial), rese√Īa aparentes casos de catalepsia de personas que fueron enterradas vivas.

Engavetada en la morgue, Farah yac√≠a con una etiqueta amarrada al dedo gordo del pie. La etiqueta dec√≠a Ra√ļl Pulido Pe√Īalver. Como la cordura de Farah existe fundamentalmente dentro de su propia imaginaci√≥n, historias como esta hay que corroborarlas.

Elio Medina no deja mentir a su amiga:

-La funeraria estaba repleta de gente. Ella apareció con un vendaje en el cuello, con el suero en la mano y vestida con una bata de hospital. Cuando llegó, la gente empezó a gritar, a desmayarse.

Ella lo cuenta mucho mejor:

-La frialdad de las neveras me despert√≥. Arm√© una bulla tan grande que vinieron a sacarme. Se form√≥ tremendo corre-corre. Me dijeron que en la funeraria de Zanja estaban esperando mi cad√°ver. Me tir√© un trapo por arriba y me escap√©. Sal√≠ a la calle y un muchacho me llev√≥ en bici taxi hasta la funeraria. Llegu√© y empec√© a gritar: "Yo no estoy muerta. ¬ŅQu√© cosa es esto?!". Arranqu√© las coronas de las paredes y las tir√© para el piso. Despu√©s me volvieron a llevar para el hospital.

Algunos aseguran que el m√©dico que la sac√≥ de la morgue estuvo varios a√Īos bajo tratamiento siqui√°trico.

Alguien que no haya vivido en La Habana podr√≠a pensar que el barrio ha asumido a Farah con naturalidad, que los vecinos son amables, que todo el mundo la quiere, y ciertamente Farah no hace m√°s que salir del solar y todo el que se cruza con ella le grita frases que ella valora mucho como: "¬°Eres la √ļnica!", "¬°Est√°s espl√©ndida hoy!", etc√©tera, etc√©tera.

En cambio, alguien que conozca medianamente c√≥mo funcionan las cosas en estos barrios sabe que a Farah se le quiere, pero a cierta distancia, desde el otro lado de la acera, desde all√° arriba en el balc√≥n. Como se quiere a los leprosos, con ese indulgente cari√Īo. Esa repugnante hipocres√≠a.

Los vecinos más cercanos, eso sí, perdonan sus excesos y la ayudan en la medida de lo posible para personas que ya tienen suficiente con el peso de sus propias miserias.

La √ļltima vez que Farah se cruz√≥ con su padre, hab√≠a ido al edificio de la calle San Nicol√°s a visitar algunos vecinos.

-Me dijo: "¬ŅT√ļ qu√© haces aqu√≠?" Yo le respond√≠ que √©l no era el due√Īo del edificio. Fue muy malo. Ahora est√° enfermo con problemas de la presi√≥n o del coraz√≥n. No s√©. Paso por delante de √©l y es como si no existiera. Legalmente yo tengo derecho a esa casa, pero no quiero saber nada de ella.

-¬ŅQu√© har√≠as si tu padre necesitara de ti en alg√ļn momento?

Farah mueve la cabeza para decir que NO, sin tener que abrir la boca.

-Cuando a m√≠ me dieron las pu√Īaladas y por poco me muero, √©l nunca fue a verme. Con √©l no tengo sentimientos.

El martes primero de marzo, al mediodía, suena el teléfono de Teresa en la calle Lagunas del barrio San Leopoldo. Alguien descuelga.

-Hola Teresa, Farah me dio este n√ļmero en caso de que necesitara localizarla. ¬ŅSer√≠a posible hablar con ella?

-Farah est√° ingresada desde el doce de enero en el Sanatorio del SIDA, en Santiago de las Vegas.

Martes, primero de marzo de 2016. Primera visita.

Farah quiere atentar contra su vida. Promete que esta noche la encontrarán muerta, con un cóctel de pastillas en el estómago.

-Escucha lo que te estoy diciendo. De hoy no pasa.

Una enfermera (con ese condescendiente trato que aprenden a desarrollar en un sitio donde los pacientes est√°n cruzados por la irreversible fatalidad), le dice a Farah en una indulgente broma que no se suicide hoy, que hoy es su guardia y no quiere complicaciones.

Desde que en 2009 la diagnosticaron como positiva al VIH, nunca había necesitado más que un par de dosis diarias de Nevirapina, Lamivudina y Tenofovir, para seguir bailando en la calle y luchando los pesos.

El epidemi√≥logo que la atiende desde hace ocho a√Īos, el doctor Rolando Valdez Cruz, se impresiona de las pocas reca√≠das que ha tenido su paciente respecto a la vida que lleva, y a la que deber√≠a llevar quien sufre de una retrovirosis cr√≥nica.

-Se ha mantenido compensada por a√Īos y, sin embargo, sus rutinas tanto de vida como de alimentaci√≥n no son las adecuadas. Ella sale a la calle y se salta los turnos de desayuno, almuerzo o comida. Los pacientes con esta condici√≥n deber√≠an tener al menos seis comidas al d√≠a y no andar trasnochando, porque todo esto puede inmunodeprimirlos.

Teresa, que lleva m√°s de diez a√Īos asom√°ndose al balc√≥n para saber si Farah tiene qu√© comer, cuenta:

-A veces se pone a llorar. Dice que está enferma, que se siente decaída. Pero resulta que se ha pasado el día sin desayunar ni almorzar ni merendar. El dinero que hace no lo gasta en alimentarse. Lo gasta en ropa, en una peluca. En boberías.

Elio Medina expresa:

-Con el VIH ella no se cuida. No toma los medicamentos en hora, no se alimenta bien. Con una cajita de comida de una cafetería ya se conforma.

Farah evita hablar del asunto. Para ella, mientras menos piense en eso, tanto mejor. En 2009 se sometió a los exámenes después de una larga temporada sin subir de peso, padeciendo de frecuentes vómitos, fiebres y cuadros diarreicos. Desde el diagnóstico, muchos le achacan una presunta indiferencia ante la enfermedad.

Solo el que est√° enfermo sabe cu√°nto le duele su padecimiento.

La primera vez de Farah en el Sanatorio de Los Cocos es precisamente en una etapa de escasez. Cuando las cuotas de comida son demasiado magras para pacientes que necesitan una alimentación reforzada. Cuando la gestión interna y la administración fallan en sus tareas esenciales.

-Llegué aquí con doce CUC de mi lucha, pero ya no tengo un kilo. La comida es un sancocho y he tenido que gastarlo todo comiendo pan y refresco en una cafetería particular que hay allá afuera. No me puedo quedar mucho tiempo aquí, porque mi vida es otra cosa. Esto no tiene nada que ver conmigo y yo necesito salir a luchar mi dinero.

La prolongada estancia de Farah en el Sanatorio, sin embargo, se debe m√°s a su mala cabeza que a su condici√≥n de salud. Ingres√≥ voluntariamente para hacerse un chequeo m√°s o menos rutinario. La ubicaron en una habitaci√≥n compartida con un paciente de veintis√©is a√Īos cundido de sarna noruega y casi cuarenta diluciones (dil) de s√≠filis. Farah se enamor√≥ del paciente, se enred√≥ con √©l, se contagi√≥ de s√≠filis. Y lo que pudo haber sido una visita de rutina al m√©dico se convirti√≥ en una estancia de casi tres meses bajo observaci√≥n e inyecciones de penicilina.

-Empec√© a tener una fiebre muy alta y a convulsionar. Sab√≠a que algo no estaba bien. Menos mal que empezaron a ponerme el tratamiento r√°pido. √Čl no me habl√≥ claro. Pero a un gustazo, un trancazo. ¬ŅNo es verdad?

-¬ŅY lo dejaste?

-No. Seguimos juntos. Ayer se lo llevaron a un pabell√≥n de aislamiento, y como no me dejaban verlo plant√© con los m√©dicos. Fui a visitarlo y, ¬Ņsabes lo que me dijo?: "T√ļ me gustas mucho, pero yo todav√≠a no estoy enamorado de ti".

Farah luce m√°s descuidada que nunca. No usa maquillaje. Excepto en los momentos en los que habla del muchacho, se ve mustia y acorralada, con el rostro constantemente cruzado por expresiones de escepticismo. En el cuarto en que la ubicaron pasa el d√≠a observando sus propias fotos, que trajo de su casa y colg√≥ en las paredes. El resto del tiempo se le va conversando con otros pacientes o mirando en un televisor peque√Īo la novela mexicana Barreras de Amor.

Actualmente en Cuba hay más de veinte mil pacientes vivos diagnosticados con el virus del SIDA, y más de tres mil fallecidos. En el Sanatorio de Santiago de las Vegas, el más grande de los tres que quedan en la Isla (los dos restantes se localizan en las provincias de Sancti Spíritus y Holguín), casi todos los internos están bajo tratamientos que no pueden recibir en hospitales comunes, o se quedaron a vegetar ahí por falta de una casa a donde regresar o de familiares que quieran responder por ellos.

Farah no tiene una familia que cuide de ella. Lleva más de dos meses ingresada y ninguno de sus hermanos ha hecho una sola llamada telefónica. Pero Farah sí tiene una casa. Más que una casa, tiene una carrera. Ella no llegó hasta aquí en la vida para tener un vulgar fin en semejante olvidado hospital.

Ella es una artista y tiene un p√ļblico, y ese p√ļblico est√° en la calle. Ese p√ļblico debe extra√Īarla.

Viernes, once de marzo de 2016. Segunda visita.

Farah recibió una llamada de Teresa y tuvo que salir de pase el fin de semana anterior, de sábado a martes. Amed, uno de sus ex, conservaba la llave de la casa y, al enterarse de que ella estaba ingresada en el Sanatorio, se tomó la libertad de alquilarla a un grupo de homosexuales que tuvieron por unos días el barrio revuelto.

-Cuando llegué a la casa aquello era un prostíbulo. Amed tenía metidos allí a una pila de homosexuales, que hacían el sexo el día entero y gritaban. Un vecino fue a llamarles la atención, y lo amenazaron con tirarle agua hirviendo. Al final llamamos a la policía y los pudimos sacar.

Farah evacuó sus pocos efectos personales y los guardó con los vecinos porque Amed, a falta de algo valioso que robarse, le había vendido dos maniquíes que ella tenía de adorno en la sala.

Después de ponerle un candado a la puerta y clausurarla con un par de listones de madera, ingresó nuevamente en el Sanatorio el martes ocho.

De vuelta al encierro y a la depresión. Mientras estuvo de pase, conoció a otro muchacho en la Habana Vieja.

-Yo tengo mucha suerte con los hombres. El fin de semana barr√≠. Me encontr√© con tremendo mulato y √©l me pidi√≥ mi direcci√≥n. Le dije que estaba presa, y hab√≠a salido de pase. "Estoy presa porque agred√≠ a un tipo y le met√≠ un cuchillo", le dije. T√ļ sabes que yo soy ocurrente.

En un peque√Īo paseo por el Sanatorio, les informa a varios pacientes con los que ha hecho empat√≠a que vinieron a verla de la calle.

-La que es dura, es dura-les dice.

Martes, quince de marzo de 2016. Tercera visita.

Hastiada de nuevo. Asegura que su vida es en la calle, bailando. Que está harta, que ya terminaron de ponerle la penicilina y la sífilis cedió.

-Llené dos maletines con todas mis cosas y me voy hoy mismo por la noche. A mi pareja me lo llevo para mi casa. Nos vamos juntos de este lugar horrible.

Una semana despu√©s de tenerlo viviendo en la casa, el veintea√Īero que la contagi√≥ de s√≠filis en el Sanatorio comienza a rechazar las caricias de Farah. En este punto de su vida, tan cansada de mendigar cari√Īo, no insiste.

Se harta de él, le recoge los bártulos y lo echa a la calle.

-A fin de cuentas me puedo dar el lujo de escoger, porque la artista soy yo.

En marzo de 2016 las principales fobias de Farah siguen siendo las alturas y la soledad. Tuvo un perro llamado Miseria, un perro fiel que muri√≥ bajo las ruedas de alg√ļn cami√≥n. Miseria fue sustituido por Canelo, igual de fam√©lico, porque Farah quiere tenerlos de compa√Ī√≠a pero raramente les da un plato de comida.

-Tienen que aprender a luchar en la calle. Si yo lo hago, cómo no lo van a hacer ellos.

En marzo de 2016 Farah pesa cincuenta kilos repartidos en un cuerpo que sobrepasa el metro ochenta.

Flaca y larga como un palo de escoba.

Ar√°cnida.

Un lunar falso tatuado entre las cejas.

En la boca, solo dos dientes son suyos: dos cascos medio prietos aferrados a la mandíbula de abajo. En la de arriba, las piezas alineadas y falsas de una prótesis.

En su fantasía de glamour y estrellato, una diva con solo dos dientes no deja de ser una diva.




*Este artículo fue publicado originalmente en el medio independiente cubano El Estornudo. BBC Mundo lo reproduce aquí con su autorización.

 

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