El mundo Mundial: La vieja América, la nueva Europa
Por: Martín Caparrós/ The New York Times
Julio 2018
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Fotografia: Roman Kruchinin/Agence France-Presse ‚ÄĒ Getty Images

Por una vez nos pusimos de acuerdo. No es f√°cil: Latinoam√©rica es una entidad m√°s o menos imaginaria que no suele encontrar puntos comunes -a menudo porque no los busca-. Pero esta vez los sudacas conseguimos acordar en una idea: fracasamos. Quien m√°s, quien menos, tambi√©n en esto fracasamos. Es notorio: el f√ļtbol latinoamericano es el gran ausente de esta fase decisiva del Mundial; ahora muchos nos preguntamos por qu√©.

Cualquier explicaci√≥n general es un abuso: para intentarla hay que limar brutas diferencias entre, digamos, Brasil y M√©xico, Argentina y Colombia, Uruguay y Per√ļ. A√ļn as√≠, vale la pena arriesgar un par de ideas.

Se suele hablar de la improvisaci√≥n latina, pero hay equipos cuyos procesos, honestos y ordenados, llevan a√Īos: P√©kerman en Colombia y Tab√°rez en Uruguay repitieron Mundial; Tite era, hasta hace unos d√≠as, el salvador de Brasil con su organizaci√≥n y su sapiencia t√©cnica.

Se suele hablar de la corrupción de nuestros dirigentes y el caos de nuestros campeonatos, pero siempre fueron así y las selecciones ganaban.

Se suele hablar de diferencias f√≠sicas, pero la mayor√≠a de los jugadores trabaja en las mismas ligas europeas y tiene la misma preparaci√≥n que sus rivales. Aunque es cierto -¬Ņmala suerte?- que, por lesiones, Uruguay se qued√≥ sin Cavani y Colombia sin James en sus partidos decisivos.

Se suele hablar del m√©todo y el mimo con que los europeos preparan a sus j√≥venes, y es probable que influyan. Y se puede hablar de estilos: varios equipos sudamericanos tienden a jugar el f√ļtbol que est√° perdiendo en este Mundial. Los intentos de tener la pelota y manejar el juego y sostener la ofensiva fueron derrotados casi siempre por equipos que prefieren amontonarse atr√°s, defender como mastines y contraatacar como galgos. Pero Uruguay y M√©xico lo intentaron y tambi√©n perdieron.

Por eso creo que, m√°s que fracaso latinoamericano, lo que hubo fue un triunfo europeo: no es que los equipos sudacas fueran menos que otras veces; es que los europeos fueron mucho m√°s.

Hace tiempo que se acab√≥ el monopolio regional del f√ļtbol bueno: ese reparto de roles seg√ļn el cual los americanos jugaban bonito y los europeos, en√©rgico. La televisi√≥n cambi√≥ las formas de aprender a jugar: hasta hace unos a√Īos un chico de Bremen o Dakar o S√£o Paulo solo pod√≠a copiar lo que le ve√≠a hacer a su hermano y sus vecinos; por eso, los pa√≠ses con buena escuela futbol√≠stica tend√≠an a conservarla y los que no la ten√≠an no la consegu√≠an. Ahora esos chicos de Brno o Uagadug√ļ pueden ver en sus teles e imitar lo mismo que ven e imitan los de Rosario o R√≠o de Janeiro. Ya no hay razones para que no sean parejamente buenos.

Pero creo que la causa central es -como suele- cuestión de economía política. Sabemos que América Latina se convirtió, hace dos o tres décadas, en gran exportador de carne de futbolista. El proceso, que venía de lejos, se precipitó con la apertura del mercado futbolero europeo y el aporte de fortunas de la televisión y los jeques y otros mafiosos rusos.

As√≠ que ahora el f√ļtbol tiene su centro indiscutido en cinco pa√≠ses de Europa occidental: Inglaterra, Espa√Īa, Italia, Alemania, Francia. Cuando el mundo quiere ver f√ļtbol ve al Madrid, el Barcelona, la Juve, el Bayern, el PSG o los Manchester; los mejores quieren jugar all√≠. Y eso, por supuesto, crea escuela.

Pero hasta ahora ese proceso de concentraci√≥n de la riqueza futbol√≠stica se daba en los privados. Eran los clubes los que pod√≠an comprarse a los futbolistas que despuntaban en el sur e incorporarlos y sacarles el jugo, pero el sector p√ļblico -las selecciones nacionales- segu√≠a manteniendo sus jugadores de siempre. Esto tambi√©n est√° cambiando. Por distintos medios, las selecciones europeas ya hacen lo mismo que sus clubes: concentrar la riqueza.

El m√©todo m√°s brutal es la cooptaci√≥n directa: Sterling, el delantero de Inglaterra, naci√≥ en Jamaica; Umtiti, el defensor de Francia, en Camer√ļn. Pero el m√°s com√ļn es la migraci√≥n de los padres. Diecisiete de los 23 jugadores de la selecci√≥n francesa descienden de inmigrantes africanos. En Francia los migrantes no llegan al 7 por ciento: hay diez veces m√°s en la selecci√≥n que en el pa√≠s. En la belga, son casi el 48 por ciento de la selecci√≥n y 12 por ciento del pa√≠s: cuatro veces m√°s. En la inglesa, el 48 y 9 por ciento: m√°s de cinco veces m√°s.

Parece claro que esta sangre nueva ha renovado sus equipos. Una mezcla feliz: la capacidad f√≠sica de muchos africanos pobres -cuyas selecciones nunca ganan- con la posibilidad de comer y educarse y prepararse de los pa√≠ses ricos. Y una ventaja comparativa: los que emigran suelen ser los m√°s activos, los m√°s decididos de sus lugares de origen. Ya emigrados, mantienen ese impulso para progresar en sus lugares de destino -y el f√ļtbol es, para muchos, la √ļnica chance de cambio de clase-.

Sus presencias renovaron sus equipos y renovaron, también, la idea de patria. La patria se ha vuelto más maleable, un absoluto relativo: "Cuando todo va bien me llaman Romelu Lukaku, el artillero belga. Cuando no va tan bien me llaman Romelu Lukaku, el artillero belga de origen congolés", sintetizó el artillero belga etcétera. Es, para muchos, una patria incómoda: pocas cosas me dan más placer en estos días mundialistas, que ya no ofrecen muchos, que imaginar a ciertos cerdos racistas gritando goles de Mbappé. Pardon my french: c'est bien fait pour vos gueules.

No est√° claro que esto vaya a producir m√°s tolerancia en un momento de extrema intolerancia. En 1998, cuando empezaba la tendencia y Francia gan√≥ su Mundial gracias a su equipo "arco iris", muchos imaginaron que la integraci√≥n racial hab√≠a llegado; cuatro a√Īos despu√©s, un partido racista consigui√≥ casi cinco millones de votos.

Pero este Mundial consolida a estos futbolistas europeos que contribuyen a redefinir la idea de europeo. Hay cambios, sacudidas. Así debían sentirse los habitantes de Lutecia, los viejos galorromanos de toda la vida, en el 389 o el 407 después de Cristo, cuando cada vez más germanos y francos y otros salvajes seguían llegando a su ciudad, que acabarían por llamar, para su horror, París. Así, supongo, tantos ingleses o franceses o belgas desbordados por el miedo a lo nuevo.

La noticia no es que los equipos latinoamericanos fracasaron y triunfaron los equipos europeos. La noticia es que Europa ya no quiere decir lo mismo que hace treinta a√Īos. Y eso, mal que le pese a quien le pesa, va mucho m√°s all√° que el f√ļtbol.

 

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