El mundo Mundial: Liberté, Egalité, Mbappé
Por: Martín Caparrós/ The New York Times
Julio 2018
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Fotografia: Matthias Hangst-Getty Images

Fuimos m√°s de¬†mil millones. Dicen que en ese momento √©ramos m√°s de mil millones de personas en el mundo mir√°ndolo al un√≠sono: no hay, en la historia de la humanidad, ning√ļn momento registrado en el que m√°s de mil millones de personas hayan hecho lo mismo al mismo tiempo. Hace un rato lo hicimos -y, para perplejidad de la historia futura, lo que hicimos fue mirar ese partido-.

√Čramos mil millones y era el minuto 65, la final parec√≠a definida y el nuevo Joven Maravilla hizo su parte. Lucas Hern√°ndez -el lateral izquierdo suplente de Francia- subi√≥ la pelota gambeteando por su costado desde su √°rea hasta el √°rea croata y, a esa altura, se la pas√≥ al centro a Kylian Mbapp√©, quien la par√≥, la midi√≥ y la coloc√≥ a la derecha del arquero croata. Fue un gol fr√≠o, casi desde√Īoso: el gol de quien se cree muchas cosas. El gol que la industria precisaba para terminar de convertir al nuevo J. M. en su mejor producto de los pr√≥ximos a√Īos.

Hasta ah√≠, el partido hab√≠a tenido casi todo. Era una s√≠ntesis de este Mundial raro: los goles de pelota parada, el videoarbitraje (VAR), el penal, la posesi√≥n in√ļtil y el contragolpe lucrativo. Croacia hab√≠a salido a hacer honor a su fama de ardor, tes√≥n a toda prueba -"huevos", en argentino b√°sico-, y lo hizo mientras le dur√≥ el gas. Durante el primer tiempo los croatas tuvieron la pelota mucho m√°s, amenazaron mucho m√°s, arrinconaron al contrario -y terminaron perdiendo 2 a 1-.

Francia, en ese primer tiempo, fue un prodigio raro: lo ganó sin patear ni un solo tiro al arco. Su primer gol fue un foul que Mandzukic, el nueve croata, cabeceó hacia atrás. Su segundo -tras el empate breve de Croacia, otro efecto de la pelota parada- fue un penal que cobró, después de largo VAR, el argentino Pitana y que el casi uruguayo Griezmann convirtió tan tranquilo.

Pero el segundo tiempo se anunciaba re√Īido. Croacia deb√≠a echar el resto, solo que ya no ten√≠a resto. Sus ataques no llevaban peligro, Rakitic se enredaba, Modric no encontraba a qui√©n habilitar con esos pases de cachetada que, a partir de ma√Īana, imitar√°n millones de muchachos en √Āfrica y Am√©rica. Y tampoco consegu√≠a presionar y Francia aprovech√≥: entre Pogba -quien consigui√≥ patear dos veces en el √°rea croata, una con la derecha y la segunda con la izquierda- y Mbapp√©, pusieron a su equipo 4 a 1. Desde aquella final de M√©xico 1970 -para muchos, el mejor partido de la historia- que no pasaba nada semejante.

(Entonces, para amenizar, entraron al campo chicas de Pussy Riot vestidas de polic√≠as para protestar contra el r√©gimen de Putin y la verdadera polic√≠a las sac√≥ enseguida y la televisi√≥n logr√≥ no mostrar nada: que nadie supiera qu√© pasaba. Las Pussy ped√≠an, entre otras cosas, la liberaci√≥n de todos los presos pol√≠ticos. Pero el Mundial fue, tambi√©n, un gran √©xito de relaciones p√ļblicas putinistas: Rusia mostr√≥ una fachada sonriente y tolerante que muy pocos periodistas intentaron penetrar).

Despu√©s el partido sigui√≥ y el arquero franc√©s, Lloris, tambi√©n se crey√≥ algo: se quiso hacer el vivo y regal√≥ un gol tonto. Croacia se pon√≠a 2 a 4 y alentaba vanas esperanzas. Al final Francia gan√≥ c√≥moda, tranquila, como no hab√≠a ganado ning√ļn otro partido del torneo, y se qued√≥ con √©l. Lo merece: tiene un arquero -Lloris- que la salv√≥ m√°s de una vez, dos centrales extraordinarios -Varane, Umtiti- que devolvieron todo, dos laterales -Pavard, Hern√°ndez- que se anunciaban como su punto flaco y fueron impasables y, a veces, decisivos en ataque; Argentina es testigo.

También tiene un medio campo sostenido por un trabajador recalcitrante por el medio -Kanté- y un volante laborioso con llegada -Matuidi-, todo controlado por la mirada tranquila y el pase seguro de Pogba, que llegaba bajo y se fue alto. Arriba tuvo un par de fiascos: Giroud, su nueve, no pateó un tiro al arco en todo el campeonato; Dembelé, el chico de los 105 millones de euros, jugó menos de un partido. Pero tiene un artista incansable -Griezmann-, tan elegante como esforzado, y, claro, el Joven Maravilla.

El Mundial de Rusia fue un gran cementerio de elefantes. Los campeones y subcampeones anteriores -Alemania, Espa√Īa, Brasil, Argentina- llegaron barritando y salieron helados. Y se apagaron, sobre todo, los dos carteles de ne√≥n que iluminaron el negocio en la √ļltima d√©cada: para Cristiano y Messi, esta Copa ser√° el momento en que dejaron de ser due√Īos del mundo. As√≠ que era indispensable encontrar otro.

Fue, parece, Kylian Mbapp√©, el nuevo Joven Maravilla. Cuando empieza a galopar es incre√≠ble e imparable, pero termin√≥ m√°s intentos mal que bien y, por momentos, jugaba como si hubiera le√≠do todas las notas que dicen que es extraordinario. Tiene 19 a√Īos: reci√©n empieza a escribir su historia, y todo consistir√° en que consiga que no se la escriban los publicitarios.

Pero Mbappé también es, por supuesto, la mejor metáfora de este equipo de Francia sostenido por negros -y dirigido, claro, por un blanco-. Mbappé es hijo de una argelina y un senegalés, puro producto de esa migración que tantos europeos desprecian o combaten. Los 16 hijos de africanos o africanos que integran esta selección son el resultado más exitoso de ese movimiento. Hay otros. Durante este torneo más de 600 migrantes africanos -nunca se sabe la cantidad exacta- murieron ahogados en el Mediterráneo.

Hay triunfos que dicen mucho sobre las derrotas.

 

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