El mundo Mundial: Los extremos no se tocan
Por: Martín Caparrós/ The New York Times
Julio 2018
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Fotografia: Credit Richard Heathcote/Getty Images

Nada les gusta m√°s a los timoratos que manejan el mundo -mientras los bravos y los justos se distraen- que proclamar que los extremos se tocan. Les sirve, por supuesto, para mostrarse impolutos en el medio, alejados de esos toqueteos tan asquito. Pero los extremos, habitualmente, no se tocan: se extreman, se separan, se distancian, se enfrentan. Ma√Īana, por ejemplo, los dos extremos de Sudam√©rica, Brasil y Uruguay, saldr√°n a canchas rusas para ganar el derecho de enfrentarse.

Son, está claro, extremos sociales y políticos: el más poblado y el más vacío de Sudamérica, el más silvestre y el más ordenado, el más cristiano y el más ateo, el más dinámico y el más tranqui, el más corruptor y el menos corrupto. Pero son, también, extremos futboleros: la prepotencia de la facilidad, la humildad del esfuerzo.

Brasil, sabemos, ha ganado cinco mundiales pero, sobre todo, es el estandarte del jogo bonito. Se diría que sus jugadores tienen una capacidad innata para hacerle hacer a una pelota esas cosas raras que, en general, solemos considerar belleza: la supuesta belleza.

Siempre quise saber cómo se construyó la idea de belleza futbolística: cómo fue que empezamos a creer que hacer pasar la pelota entre las piernas del contrario era más bello que hacerla pasar por un costado, que pegarle con la parte de atrás del pie era más bello que con la parte de afuera que era más que con la parte del costado que era más que con la parte de la punta, cómo decidimos que simular que uno sale hacia un lado pero va hacia el otro era más bello que correr para adelante.

Vivimos regidos por ideas est√©ticas que se vienen formando desde hace milenios, con or√≠genes imposibles de rastrear. La est√©tica del f√ļtbol, en cambio, tiene un siglo y est√° documentada: ser√≠a f√°cil reconstruirla, ver c√≥mo se fue armando -y eso nos permitir√≠a, supongo, aprender mucho sobre c√≥mo se crean, en general, los c√°nones est√©ticos-. Ser√≠a curioso ver, por ejemplo, c√≥mo en el R√≠o de la Plata aquel juego ingl√©s hecho de pases largos y cabezazos y corridas se fue transformando en un laberinto de fintas y de enga√Īos: "De por s√≠ solo, aquel f√ļtbol ingl√©s muy t√©cnico pero mon√≥tono no habr√≠a logrado ejercer la influencia requerida por el esp√≠ritu de nuestras multitudes", dir√≠a en los a√Īos cincuenta un escritor futbolero decisivo, Borocot√≥. "Carec√≠a de ese algo t√≠pico que nos llega a lo hondo, que nos enronquece la voz en un grito que surge del coraz√≥n cuando la pelota es recogida por la red temblorosa, y tuvimos que adornarlo con el dribbling que encandila las pupilas, que es patrimonio de estas tierras".

Alguna vez habr√≠a que rastrear esa invenci√≥n en su detalle. Por ahora, es obvio que Brasil la simboliza. Y, en el otro extremo, Uruguay representa la garra. Manuel V√°zquez Montalb√°n, gran cronista, dijo hace a√Īos que Jorge Valdano le hab√≠a hablado de un f√ļtbol de izquierda y un f√ļtbol de derecha: "Seg√ļn me revel√≥ Valdano, el futbol creativo es de izquierdas y el meramente de fuerza, marruller√≠a y patad√≥n es de derechas", escribi√≥ entonces V√°zquez y m√°s veces lo dijo Valdano y el concepto qued√≥ fijado, establecido y se repite como se repiten esas cosas.

En esa divisi√≥n, Brasil ser√≠a el f√ļtbol de izquierda en todo su esplendor: un f√ļtbol millonario, lujoso, que puede permitirse cualquier vicio. El uruguayo, en cambio, ser√≠a de derecha: trabajador, humilde, esperanzado. M√°s extremos en la divisi√≥n m√°s injusta: para ser de izquierda hay que ser rico y llevarse a los mejores jugadores; la derecha queda para los pobres que, como no pueden tenerlos para crear con elegancia, no tienen m√°s remedio que pelearla. Algo huele a podrido en esta lucha de clases.

Si Brasil y Uruguay ganaran sus partidos esas dos maneras chocarían. No es pura ilusión: los dos sudacas vienen mejor que sus rivales europeos. Francia es un equipo que ha tenido muchos problemas para hacer goles -salvo contra Argentina, por supuesto, tan bueno para mejorar a sus contrarios- y Bélgica estuvo a unos minutos de perder con Japón.

Mbappé se interpone en ese plan. No solo es muy buen jugador; es, además, el gran invento de estos días. El aparato mediático mundial necesita producir su nueva estrella, y su gran candidato es el hijo de un senegalés y una argelina nacido en un suburbio pobre de París que, por ahora, ha hecho en este Mundial los mismos goles que Yerry Mina, defensor colombiano.

Pero si despega muchos ganar√°n mucho. Las grandes marcas, que tanto han hecho por el "f√ļtbol de izquierda", que tanto facturan con √©l, dar√≠an fortunas por un duelo Neymar-Mbapp√©, el aspirante y el subaspirante, los dos posibles reemplazos de uno de los mayores negocios de la historia del f√ļtbol, el dizque duelo Messi-Cristiano, que dio de comer a tantos durante los √ļltimos diez a√Īos.

Para eso necesitan que Uruguay se quede afuera. El problema es que hay doce o trece muchachos dispuestos a -casi- todo para que eso no pase. Muchachos que quieren volver a ese punto m√≠tico en que basaron, durante tantas d√©cadas, su mejor imagen de s√≠ mismos: el 16 de julio de 1950, Maracan√° de R√≠o de Janeiro, cuando Uruguay le gan√≥ ese partido que Brasil no pod√≠a perder. Ojal√° ma√Īana los dos sudacas dejen en el camino a la vieja alianza franco-belga y nos den, en unos d√≠as, ese choque de extremos. Podr√≠a ser el partido m√°s emotivo de un Mundial que, por ahora, no ofrece mucha m√°s emoci√≥n que los fracasos de las viejas glorias.

 

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