El mundo mundial: Una noche de copas en el VAR
Por: Martín Caparrós/ The New York Times
Junio 2018
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Fotografia: The Indian Express

Espa√Īa jugaba contra Portugal: muchos anunciaban un empate y, oh sorpresa, sucedi√≥. Nada de lo que sucede en Espa√Īa en estos d√≠as era lo anunciado: cay√≥ un gobierno, el nuevo tiene dos tercios de mujeres y acoge refugiados, el presidente echa en doce horas a un ministro por un fraude fiscal, el seleccionador huye al Real Madrid. Todo en Espa√Īa es muy distinto de lo que iba a ser, salvo esto: su equipo empat√≥ con Portugal.

Aunque, para lograrlo, jug√≥ un partido caprichoso. Es cierto que hizo todo lo posible por perderlo, pero al fin no lo consigui√≥. Cometi√≥ errores, se confi√≥, se relaj√≥ y arm√≥ un relato extra√Īo: el juego iba por un lado, los goles por otro. El juego era claro: Espa√Īa dominaba sin amenaza, Portugal amenazaba sin dominio; la pelota era espa√Īola, las corridas portuguesas; la parsimonia hispana contra la urgencia lusa. Pero los goles llegaron por errores.

Fue la noche del VAR, ese aparato que ya despierta tantas pesadillas. Significa Video Assistant Referee y permite confirmar con videos lo que el √°rbitro cree ver en la cancha. Este partido, en esa cancha rusa, fue una noche de copas en el VAR.

Porque en el primer gol de Portugal -minuto 3, Cristiano Ronaldo- el √°rbitro y el VAR cobraron un penal a Cristiano que no fue y en el primero de Espa√Īa -minuto 20, Diego Costa- el √°rbitro y el VAR no cobraron una falta de Costa que s√≠ fue. La fe contempor√°nea en el progreso t√©cnico olvida que, a menudo, las m√°quinas solo sirven para que un hombre decida con un poco m√°s de datos. Y los hombres no decepcionan la fe que les tenemos: se equivocan siempre que los dejan.

Pero si el hombre siempre se equivoca, el √°rbitro se equivoca mucho m√°s. Quiz√°s el f√ļtbol se invent√≥ para mostrarnos lo falibles que somos, nuestra incapacidad para juzgar y gobernar. Si as√≠ fue, es un √©xito.

Entre errores, el partido languidec√≠a; Espa√Īa dominaba sin peligro: la toqueteaba, se floreaba. Ya terminaba el primer tiempo cuando lleg√≥ el segundo de Ronaldo. Fue otro error: esta vez, de De Gea. El uno de Espa√Īa quiso seguir la moda de los arqueros alemanes, que cuando ven a Cristiano se declaran mancos. De Gea hizo, as√≠, la Gran Torwart y puso el 2 a 1.

R√°pido en el segundo tiempo, Espa√Īa -Diego Costa- empat√≥ con una jugada de pelota parada, muy coqueta, y pronto, en el mejor pelotazo del partido, Nacho hizo el tercero. Espa√Īa controlaba. Alguna vez habr√° que terminar de entender c√≥mo fue que un pa√≠s cuyo juego se defin√≠a con la palabra furia pas√≥ a ser la escuela del toque y la elegancia. En el f√ļtbol, es obvio, todo depende del resultado: el juego de control espa√Īol, que era irritante e inocuo cuando estaba perdiendo, pas√≥ a ser brillante y eficiente cuando empezaron a ganar.

Espa√Īa estaba c√≥moda, tanto que se dej√≥ estar, se regode√≥ en sus toqueteos y termin√≥ pag√°ndolo. En una jugada sin ning√ļn peligro, el charlat√°n Piqu√© le peg√≥ al gesticulador Cristiano y el portugu√©s, espl√©ndido, meti√≥ un tiro libre como nunca le salen: 3 a 3, tres goles del Segundo Mejor. Y el juego de control hispano se volvi√≥ otra vez un despilfarro: "Si en lugar de tocar tanto hubieran ido a buscar el resultado, podr√≠an haber ganado f√°cil", dir√≠a la tribuna.

El que gan√≥ sin dudas fue Cristiano. Particip√≥ muy poco, mucho menos que en el Real Madrid, pero le alcanz√≥ para hacer tres goles y para dar, incluso, tres o cuatro pases. Se ve que sufre el Efecto Patria y hace con su pa√≠s lo que no hace nunca con su equipo: colabora con sus compa√Īeros. Aunque era un d√≠a dif√≠cil: esta ma√Īana hab√≠a ofrecido a las autoridades espa√Īolas aceptar dos a√Īos de c√°rcel -que no tendr√° que cumplir- y pagar unos 21,8 millones de d√≥lares para compensar sus fraudes fiscales. No est√° claro que estos tres goles, que ahora lo ponen como figura de un campeonato que acaba de empezar, sean su venganza contra ese Estado que insiste en que le pague impuestos.

As√≠ Espa√Īa y Portugal empataron, Espa√Īa se apen√≥, Portugal festejaba. Mientras, en la concentraci√≥n del N√ļmero Uno, los argentinos se preparaban para enfrentar a su enemigo m√°s temible: ellos mismos. Porque no hay ninguna posibilidad de que Islandia, sin su ayuda, sea un rival -y, sin embargo, tantos temen-. La Argentina, una de las potencias futbol√≠sticas del mundo, la cuna de tres de los cinco jugadores m√°s ensalzados de la historia, uno de los cinco pa√≠ses que ha ganado m√°s de un Mundial, juega ma√Īana contra un equipo que nunca estuvo en uno, y tiene miedo.

Yo creo que nos gusta. A los argentinos, ahora, nos gusta creernos que vivimos todo el tiempo al borde del abismo. Por varias razones: una de ellas es que vivimos todo el tiempo al borde del abismo. Pero es, sobre todo, porque nos atrae cada vez m√°s esa sensaci√≥n de que somos el mejor desastre, el fracaso m√°s bruto, y sin embargo nos vamos a salvar porque tenemos "aguante" o, si acaso, "un dios aparte". Y que hacemos todo tipo de tonter√≠as pero al fin zafamos, y que nos merecemos casi todo, pero somos incapaces de conseguirlo y que no hay enemigo peque√Īo cuando est√° dentro de nosotros. O algo as√≠, vaya uno a saber, tan distinto y distante de la zurda de Messi, que es todo lo que importa.

 

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