Uruguay 0 - Argentina 0: La victoria es de los valientes
Por: Martín Caparrós/ The New York Times
Septiembre 2017
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Fotografia: Dante Fernandez/Agence France-Presse ‚ÄĒ Getty Images

Alguien se para y grita: "Oh, tradici√≥n, cu√°ntos bodrios se cometen en tu nombre". Alguien le dice que claro, que la tradici√≥n es el recuerdo de lo que ya no ser√°: pura melancol√≠a. Entonces alguien m√°s, casi pragm√°tico, le contesta que la tradici√≥n es eso a lo que recurrimos cuando el presente no resulta. No hay partido en Am√©rica que tenga m√°s tradici√≥n que Uruguay-Argentina; 115 a√Īos de historia, amor, favores mutuos, odios tempestuosos, aquella final tan memorable.

El famoso estadio Centenario de Montevideo, el reducto yorugua donde se juega este partido, se llama Centenario porque se construy√≥ en 1930, primer centenario de la invenci√≥n de Uruguay, para el primer mundial de f√ļtbol. All√≠ se jug√≥ la primera final: Uruguay-Argentina. Cuando termin√≥ el primer tiempo los argentinos ganaban 2 a 1, c√≥modos, sobrados. Y cuentan las malas lenguas que fue entonces cuando un s√©quito de uruguayos grandotes visit√≥ su vestuario y les propuso que eligieran: o ganaban o sal√≠an vivos del estadio. Los argentinos, prudentes, prefirieron vivir, y el partido termin√≥ 4 a 2 para los uruguayos, primeros campeones del mundo, patoteros perfectos.

Ese fue el principio del mito de la garra charr√ļa, esa forma de explicar lo inexplicable: que un pa√≠s con tres millones de habitantes haya ganado dos mundiales y tenga la mayor producci√≥n mundial de futbolistas por persona. Ese fue el principio de cierto complejo argentino: pese a haber criado a tres de los cinco grandes jugadores de la historia, nunca est√° c√≥modo contra Uruguay.

Hoy, además, era el primer partido oficial de su técnico nuevo, Jorge Sampaoli, y era, además, una urgencia: Argentina necesitaba ganar si quería asegurarse un lugar en el Mundial 2018. Así que su equipo se paró adelantado, con tres defensores, cinco mediocampistas, dos delanteros y Leo Messi. Uruguay, en cambio, se atrincheró en su campo.

Fue la receta perfecta para el bodrio: uno que no podía, otro que no quería. Los argentinos intentaban circular la pelota a un toque, solo que en general le daban dos o tres y, sobre todo, no parecían entender la condición básica de ese tipo de juego: que los jugadores roten, corran, se muevan todo el tiempo para crear los espacios donde esos toques paguen. Así que tocaban y tocaban, generalmente parados, generalmente para atrás, a la espera de que Messi los salvara a todos.

No era f√°cil: Argentina ten√≠a un mediocampo triste y unos delanteros desconectados, zombis. La mayor√≠a de las pelotas argentinas pasaban por Biglia y se perd√≠an o se atontaban. Que el cinco de Argentina sea Lucas Biglia es otra demostraci√≥n -junto con la inmortalidad del cangrejo y la Sant√≠sima Trinidad- de que los designios del Se√Īor son inescrutables: un pa√≠s donde sobrevive Fernando Gago no puede hacer eso.

M√°s adelante, Dybala no sab√≠a d√≥nde ponerse: ni armaba juego ni se acercaba al √°rea; m√°s adelante todav√≠a, Mauro Icardi, solo, triste, contaba musara√Īas. El nuevo nueve de Argentina tard√≥ a√Īos en llegar a la selecci√≥n porque, hace tres o cuatro, le quit√≥¬†la esposa modelo -pero no tanto- a su amigo y tambi√©n jugador Maxi L√≥pez y el resto de los jugadores le hizo la cruz por traidor y mal amigo. Ahora dicen que lo perdonaron, pero quien sabe no: no le pasaron ni una pelota limpia.

La √ļnica opci√≥n de ataque argentino eran los pases cruzados profundos de Messi para Di Mar√≠a que quedaba m√°s o menos solo y tiraba un centro a cualquier lado. Lo repitieron tres o cuatro veces: Di Mar√≠a consegu√≠a tirar su centro cada vez peor. La √ļnica opci√≥n de ataque uruguayo era esperar alguna distracci√≥n de los defensas argentinos -las hab√≠a, por supuesto- para ver si Su√°rez o Cavani, siempre garra, bruta garra, aprovechaban el barullo.

Casi lo consiguen. Sergio Romero, el arquero argentino, es un milagro -que sea el arquero argentino es un milagro- y a los 37 produjo la jugada más peligrosa del primer tiempo: Rodríguez le pateó de lejos y él dio un rebote tan preciso, justo al medio de su área, ideal para la arremetida de Cavani, que no consiguió terminar de meterla.

Cinco minutos después, el primer encuentro entre los dos que deberían saber, Messi y Dybala, terminó con Messi pateando desde cerca y Muslera, el arquero centenario del Centenario, desviándola apenas. Parecía que el segundo tiempo podía desatarse, traer algo, pero fue un error más. Fueron 45 minutos sin nada que mirar, salvo alguna arremetida de Leo Messi.

Fue m√°s de lo mismo: uno que no pod√≠a, otro que no quer√≠a. Dicen que la victoria es de los valientes: por eso no fue de ninguno de estos dos. Fue, en s√≠ntesis, una clase maestra¬†de f√ļtbol amarrete: termin√≥ con el local tirado atr√°s para defender el cero a cero, el visitante reteniendo la pelota en la mitad para defender el cero a cero. La defensa fue f√©rrea, y el cero a cero lo logr√≥: nos aburri√≥ a todos, consigui√≥ que cada equipo se llevara un puntito, no conden√≥ a ninguno, dej√≥ las puertas entornadas. La Argentina sigue en zona de repechaje: va a tener que sudar para clasificarse. Y Messi sufre, sufre, sufre.

Messi est√° por empezar su a√Īo definitorio. Es probable que pueda jugar unos a√Īos m√°s; es probable que, despu√©s de este, ninguno sea importante. Leo Messi es, seguramente, el mejor jugador que pis√≥ nunca una cancha de f√ļtbol; su monumento nunca estar√° completo si no gana un mundial. Si no gana un mundial, Leo Messi ser√°, curiosamente, un perdedor. Y este, el de Rusia, parece ser su √ļltima chance. Primero va a tener que conseguir que su equipo por fin se clasifique; despu√©s, qui√©n sabe c√≥mo, va a tener que conseguir que se transforme en un equipo. No un grupo de muchachos que lo miran con los ojos llenos de esperanza. Le espera un trabajo muy dif√≠cil; si no fuera porque es Messi parecer√≠a imposible.

 

 

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