Nadal, la tierra y París: el idilio perfecto
Por: El País
Junio 2019
Fotografia: JULIAN FINNEY (GETTY)

Llega mayo, y como si de una cuesti√≥n lit√ļrgica se tratase, el peregrinaje de Rafael Nadal a Par√≠s concluye una vez m√°s como el a√Īo anterior: elevando la Copa de los Mosqueteros y mordiendo el metal, proyectando su leyenda sobre la arcilla hacia el infinito. Nadal y Roland Garros, el maravilloso cuento de nunca acabar. Son ya 18 grandes, a solo dos de Roger Federer (20) y tres por encima de Novak Djokovic (15). Son ya 12 trofeos en la Ciudad de la Luz, este √ļltimo obtenido despu√©s de un paseo de principio a fin, sin mayor oposici√≥n en el trazado que la planteada por el te√≥rico sucesor, Dominic Thiem, en la final de este domingo: 6-3, 5-7, 6-1 y 6-1, en 3h 01m. A sus 33 a√Īos, Nadal contin√ļa desafiando a la l√≥gica. Parece dar igual c√≥mo llegue, qu√© haya podido hacer antes, qui√©n est√© enfrente: siempre acaba reboz√°ndose de tierra.

El reloj no alcanza las cuatro de la tarde, cuando a Thiem ya le ha ca√≠do encima una tonelada de hormig√≥n. Queda un mundo, pero solo el m√°s optimista contempla la posibilidad de escapatoria para el austriaco, que guerrea con todo y se rebela, levant√°ndose en armas contra el destino, hasta que la fina cornisa sobre la que se desarrolla el primer parcial se rompe. Van tensando la cuerda uno y otro, y, como suele ocurrir, m√°s todav√≠a en Par√≠s, Nadal se lleva el trozo m√°s grande. El rival pega, fuerza, aguanta y le exige, pero el mallorqu√≠n devuelve la rotura y despu√©s sortea un s√©ptimo juego dur√≠simo. Nadal es el mayor homenaje a Houdini. √Čl siempre mete una m√°s, pase lo que pase.

No hay rastro del viento y hace una agradable temperatura en Par√≠s, que ya no mira al cielo porque las nubes respetan y el p√ļblico chic de la Chatrier est√° ya solo pendiente de la pista. Ah√≠ abajo, Thiem mastica una barrita energ√©tica y se hidrata. Piensa, y mucho. Tremendo golpe para empezar. Nadal ya ha marcado m√ļsculo, el terreno se inclina y se le pone vertical; la tentaci√≥n de dejarse llevar puede estar ah√≠, pero el austriaco la olvida. Tiene mil excusas: es su cuarto d√≠a consecutivo jugando, lleva una paliza de a√ļpa y menos de 24 horas antes estaba rindiendo a Novak Djokovic; y enfrente, claro, est√° el todopoderoso Nadal. Sin embargo, lo digiere.

Hac√≠a mucho que el espa√Īol no se ve√≠a obligado a corretear as√≠, abarcando hasta el √ļltimo rinc√≥n de la pista porque Thiem as√≠ lo propone. Pocas derechas y pocos reveses como el suyo, violencia y angulaci√≥n al l√≠mite. De fondo se escucha moment√°neamente la cancioncilla de La Guerra de las Galaxias, entonada por la charanga que anima la fiesta en la Plaza de los Mosqueteros, y el austriaco se encarna durante el segundo set en una suerte de Obi-Wan Kenobi, porque tiene agallas el chico y es valiente, seguramente de lo mejorcito tras los tres colosos. Le arrebata la manga a Nadal -la √ļltima vez que alguien le hab√≠a birlado una en una final francesa fue en 2014, m√©rito de Djokovic- e iguala, cuando tal vez pocos lo esperaban.

Vuelta a empezar, te√≥rico equilibrio. Pero no es as√≠. La reprimenda que recibe Thiem es radical. El partido contin√ļa dirimi√©ndose todo el rato desde los fondos, porque ni uno ni otro abandonan la l√≠nea franca de percusi√≥n, sabedores los dos de que una y otra bola pesan como ninguna en el circuito, y obligan constantemente a recular. Los riesgos, ya se sabe, deben ser calculados. Las √ļnicas expediciones a la red son para cazar dejadas, poquitas pero buenas esta vez. Thiem, un todoterreno con caballos en las piernas, exhibe potencia y sigue afilando la mirada, pero se lleva un sopapo en toda regla.

Nadal se recompone como si nada y le endosa cuatro juegos consecutivos, cediendo uno de cortes√≠a y sellando el tercer parcial, con esa desorbitante confianza que solo √©l tiene y que en el Bois de Boulogne se multiplica por mil porque, precisa Carlos Moy√†, juega en casa. No hay en el tenis un escenario que se ajuste tanto a un personaje como la pugil√≠stica Chatrier al espa√Īol.

Vuelve a ir por delante Nadal, y Thiem no tiene ya solo ante s√≠ el desaf√≠o de los desaf√≠os, sino lo siguiente. Entonces pierde efervescencia el duelo, se agiganta Nadal y la resistencia del austriaco va menguando pese a que la grada tenga m√°s ganas de guerra y trate de reanimarlo a gritos: "¬°Do-mi-nic, Do-mi-nic, Do-mi-nic!". No se rinde Thiem, pero el segundo ba√Īo de cemento que le aplica el n√ļmero dos ya le hace demasiado da√Īo, y progresivamente cede. Todo comienza a hacerse m√°s previsible y Nadal empieza a divertirse como un ni√Īo, trazando paralelos, enroscando la pelota y gozando en direcci√≥n al duod√©cimo √©xito en Par√≠s.

 

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