Estados Unidos es el obst√°culo
Por: Joseph E. Stiglitz / El País
Agosto 2015

Recientemente se ha celebrado la Tercera Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo en la capital de Etiopía, Addis Abeba. La reunión se llevó a cabo en un momento en que los países en desarrollo y los mercados emergentes han demostrado su capacidad de absorber grandes cantidades de dinero de manera productiva. De hecho, las tareas que estos países están emprendiendo -como inversiones en infraestructura (carreteras, electricidad, puertos, y mucho más), la construcción de ciudades que un día van a llegar a ser el hogar de miles de millones de personas y el cambio hacia una economía verde- son realmente enormes.

Al mismo tiempo, no falta dinero a la espera de que se le d√© un uso productivo. Hace apenas unos a√Īos, Ben Bernanke, el entonces presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, habl√≥ de un exceso de ahorro mundial. Y, no obstante, los proyectos de inversi√≥n con alta rentabilidad social no sal√≠an adelante por falta de fondos. Eso sigue siendo cierto hoy en d√≠a. El problema, tanto entonces como ahora, fue y es que los mercados financieros globales, en vez de cumplir con su objetivo de realizar una intermediaci√≥n eficiente entre el ahorro y las oportunidades de inversi√≥n, asignan mal el capital y crean riesgo.

Hay otra ironía más. La mayoría de los proyectos de inversión que necesita el mundo emergente son a largo plazo, al igual que lo son gran parte de los ahorros disponibles -es decir, los billones de dólares y euros que se encuentran en cuentas de jubilación, fondos de pensiones y fondos soberanos- Pero nuestros mercados financieros, cada vez más miopes, se interponen.

Muchas cosas han cambiado en los 13 a√Īos transcurridos desde la Primera Conferencia Internacional sobre la Financiaci√≥n para el Desarrollo Internacional que se celebr√≥ en Monterrey (M√©xico) en 2002. En aquel entonces, el G-7 dominaba la formulaci√≥n de pol√≠ticas econ√≥micas a nivel mundial; hoy en d√≠a, China es la econom√≠a m√°s grande del mundo (en t√©rminos de paridad del poder adquisitivo), con una tasa de ahorro que supera en alrededor de un 50% al nivel de EE UU. En el a√Īo 2002, se pensaba que las instituciones financieras occidentales eran magos de la gesti√≥n del riesgo y la asignaci√≥n de capital; hoy en d√≠a, vemos que son brujos en manipular los mercados y otras pr√°cticas enga√Īosas.

Atr√°s han quedado los llamamientos que instaron a los pa√≠ses desarrollados a cumplir con su compromiso de dar al menos un 0,7% de su producto nacional bruto (PNB) en ayuda al desarrollo. Unos cuantos pa√≠ses del norte de Europa -Dinamarca, Luxemburgo, Noruega, Suecia y, sorprendente, el Reino Unido -en medio de su austeridad autoinfligida- cumplieron sus promesas en 2014. Sin embargo, Estados Unidos (con un 0,19% de su PNB ese mismo a√Īo) se queda muy, muy lejos.

Hoy en día, los países en desarrollo y los mercados emergentes dicen a EE UU y a los otros países: si no van a cumplir sus promesas, al menos no estorben y permítannos construir una arquitectura internacional para una economía mundial que también sirva a los pobres. No es sorprendente que las potencias hegemónicas existentes, con EE UU a la cabeza, estén haciendo todo lo posible por frustrar tales esfuerzos. Cuando China propuso la creación del Banco Asiático de Inversión en Infraestructuras para ayudar a redirigir algunos de los excesos de ahorro mundial hacia lugares donde la financiación es muy necesaria, Washington trató de torpedear el esfuerzo. Cuando finalmente el proyecto salió adelante, el Gobierno del presidente Barack Obama sufrió una dolorosa (y muy vergonzosa) derrota.

EE UU también está bloqueando el camino hacia un derecho internacional para la deuda y las finanzas. Para que funcionen bien los mercados de bonos, por poner un ejemplo, se debe encontrar una forma ordenada para resolver los casos de insolvencia soberana. Sin embargo, hoy en día, no existe tal manera. Ucrania, Grecia y Argentina son ejemplos del fracaso de los acuerdos internacionales existentes. La gran mayoría de países ha pedido la creación de un marco para la reestructuración de la deuda soberana. EE UU sigue constituyéndose como el principal obstáculo.

Tambi√©n es importante la inversi√≥n privada. Pero las nuevas disposiciones incluidas en los acuerdos comerciales que el gobierno de Obama est√° negociando en ambos oc√©anos implican que cualquier inversi√≥n extranjera directa viene acompa√Īada por una marcada reducci√≥n en la capacidad de los Gobiernos para regular el medio ambiente, la salud, las condiciones de trabajo e incluso la econom√≠a.

La posici√≥n de Estados Unidos en relaci√≥n con el tema m√°s debatido en la conferencia de Addis Abeba fue particularmente decepcionante. A medida que los pa√≠ses en desarrollo y los mercados emergentes abren sus puertas a las multinacionales, se hace cada vez m√°s importante que puedan imponer impuestos a estos gigantes, gravando las ganancias generadas mediante la actividad empresarial que se produce dentro de sus fronteras. Apple, Google y General Electric han demostrado que a la hora de encontrar maneras de evadir impuestos son a√ļn m√°s geniales que cuando desarrollan productos innovadores.

Todos los pa√≠ses -tanto los desarrollados como los en desarrollo- han estado perdiendo miles de millones de d√≥lares en ingresos fiscales. El a√Īo pasado, el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigaci√≥n (ICIJ, en sus siglas en ingl√©s) dio a conocer informaci√≥n sobre las decisiones fiscales de Luxemburgo que expusieron la magnitud y la diversidad de las formas de evasi√≥n fiscal. Aunque un pa√≠s rico como EE.UU. pudiese soportar el comportamiento descrito en el denominado caso Luxleaks, un pa√≠s pobre no puede hacerlo.

He sido miembro de una comisión internacional, la Comisión Independiente para la Reforma de la Fiscalidad Internacional de Sociedades, cuya labor es examinar maneras de reformar el sistema tributario actual. En un informe que presentamos a la Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo, acordamos por unanimidad que el sistema actual está roto, y que no basta con un par de arreglos aquí y allá. Hemos propuesto una alternativa -similar a la manera en la que las empresas son gravadas en EE UU- asignando la recaudación que corresponde a cada Estado sobre la base de la actividad económica que ocurre dentro de las fronteras estatales.

EE UU y otros pa√≠ses desarrollados han presionado a favor de una serie de cambios mucho menores recomendados por la OCDE, que es el club de los pa√≠ses desarrollados. En otras palabras, los pa√≠ses de los que provienen los pol√≠ticamente poderosos evasores de impuestos son los pa√≠ses que, se supone, tienen que dise√Īar un sistema para reducir la evasi√≥n fiscal. Nuestra Comisi√≥n explica por qu√© las reformas de la OCDE han sido, en el mejor de los casos, peque√Īos ajustes a un sistema fundamentalmente defectuoso. Son, simplemente, inadecuadas.

Los países en desarrollo y los mercados emergentes, encabezados por India, han argumentado que el foro adecuado para debatir estos temas es un grupo ya establecido en Naciones Unidas, el Comité de Expertos sobre Cooperación Internacional en Asuntos Fiscales, del que es necesario mejorar su situación jurídica e incrementar su financiación. EE UU se ha opuesto de manera tenaz: quería mantener las cosas como en el pasado, de forma que la gobernanza mundial sea llevada a cabo por y para los países desarrollados.

Las nuevas realidades geopolíticas exigen nuevas formas de gobernanza mundial, en las que la voz de los países emergentes y en desarrollo resuene más alto y con mayor peso. EE UU impuso su parecer en Addis Abeba; sin embargo, también mostró que se encuentra en el lado equivocado, una postura que será juzgada por la historia.

 

Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de Economía, es profesor universitario en la Universidad de Columbia. Su libro más reciente esLa Gran Brecha: las sociedades desiguales y qué podemos hacer al respecto.

Traducido del inglés por Rocío L. Barrientos.

 

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