Daniel Ortega. El guerrillero convertido en autócrata
Por: El País
Julio 2019
Fotografia: AFP

Managua, 30 de mayo de 2018. La Carretera a Masaya, larga arteria que pretende ser el centro de negocios de la capital de Nicaragua, que la conecta con la ciudad que ha sido siempre el epicentro de la rebeld√≠a nicarag√ľense, bull√≠a al comp√°s de chicheros -m√ļsicos tradicionales-, escandalosas vuvuzelas y m√ļsica contestataria. En un entarimado se escuchaba la melodiosa voz de Carlos Mej√≠a Godoy, el cantador de la revoluci√≥n sandinista. Encima, un cielo de azul intenso, el despejado cielo tropical nicarag√ľense. A la orden del maestro, el silencio se impuso para escucharlo entonar "Ay, Nicaragua, Nicarag√ľita", el himno revolucionario que canta a un pa√≠s libre de dinast√≠as familiares. Hab√≠a decenas de mujeres vestidas de blanco, con lazos negros en sus pechos. Eran las "madres de abril" que perdieron a sus hijos un mes antes en la represi√≥n desatada por el presidente Daniel Ortega contra quienes -en su mayor√≠a j√≥venes universitarios- exig√≠an el fin de su r√©gimen. A ellas les cantaba Mej√≠a Godoy. "Pero ahora que ya sos libre, Nicarag√ľita, yo te quiero mucho m√°s". Era el D√≠a de la Madre en el pa√≠s centroamericano y decenas de miles de nicarag√ľenses llenaban esta avenida para conmemorar a las v√≠ctimas. "¬°Daniel y Somoza son la misma cosa!", gritaba la masa. La marcha avanzaba entre el festejo y la solemnidad hasta que el ¬°pum! ¬°pum! de las balas la revent√≥. Sobre el asfalto ardiente cayeron los j√≥venes asesinados por francotiradores -seg√ļn determinaron organismos de derechos humanos-, mientras que unas cuadras m√°s all√°, arropado por miles de seguidores, Daniel Ortega decret√≥: "Nicaragua nos pertenece a todos ¬°y aqu√≠ nos quedamos todos!".

Aquella escena ilustra la fractura que sufre el pa√≠s que celebra esta semana el 40 aniversario de la revoluci√≥n sandinista, y que fue la fantas√≠a de la izquierda latinoamericana cuando un grupo de rebeldes j√≥venes idealistas derrotara a la dinast√≠a somocista. Daniel Ortega (La Libertad, Chontales, 1945) hoy ya no viste traje militar verde olivo ni sale de Nicaragua para denunciar al "imperialismo yanqui". El mito del joven que se sum√≥ al clandestino Frente Sandinista a finales de los sesenta, que asalt√≥ bancos y particip√≥ en conspiraciones contra la guardia de Somoza, que estuvo encarcelado y fue torturado por la dictadura, y m√°s tarde regres√≥ triunfante del exilio para forjar la "Nueva Nicaragua", dio paso a un hombre envejecido, encorvado, con el rostro mustio, que pasa la mayor parte de sus d√≠as encerrado en su b√ļnker, una fortaleza militarmente resguardada, desde donde encaja el golpe que signific√≥ la rebeli√≥n de abril en 2018, cuando miles de nicarag√ľenses -la mayor√≠a j√≥venes idealistas como alguna vez lo fue √©l- retaron su poder tomando el control de las calles. Ortega ahora gobierna al lado de su esposa, Rosario Murillo, a quien ha bautizado como la Eternamente Leal, y de sus hijos, quienes controlan un poderoso aparato medi√°tico, convertidos en ricos empresarios, mientras cumplen con sus caprichos. Uno form√≥ una banda de rock; otro se hace llevar el Festival Pucciniano a la tropical Managua para lucirse como tenor en el drama de Turandot; y otra monta un desfile de moda para imitar las pasarelas de Nueva York. Todo un derroche en el pa√≠s m√°s pobre de Am√©rica despu√©s de Hait√≠.

Desde abril de 2018, Ortega se ha dedicado a masacrar a su pueblo a trav√©s de ataques a las manifestaciones y bastiones rebeldes en la denominada Operaci√≥n Limpieza, caravanas de hombres armados que han dejado al menos 325 muertos seg√ļn organismos internacionales de derechos humanos. Intenta mantener por las armas el control de un poder forjado desde 2006 -cuando regres√≥ a la presidencia- con una alianza con las fortunas de Nicaragua que, aunque lo despreciaban, vieron en el comandante a un hombre fuerte capaz de mantener la estabilidad en este pa√≠s volc√°nico, siempre al borde de la erupci√≥n, tan violentamente dulce, como dijo Julio Cort√°zar.

La ayuda petrolera que llegaba desde Caracas permiti√≥ a Ortega mantener un sistema de d√°divas para los m√°s pobres mientras amasaba una gran fortuna, pero con su aliado en plena crisis, el l√≠der sandinista se ve cada vez m√°s aislado. Su alianza con la c√ļpula del Ej√©rcito -a cambio de jugosos negocios- es uno de los pilares que sostiene al r√©gimen. Pero los militares ven con nerviosismo las sanciones de EE UU y Canad√° y el aislamiento al que lo han sometido la mayor√≠a de naciones latinoamericanas. Ortega es un viejo zorro de la pol√≠tica, conoce los vicios de la √©lite nicarag√ľense y ha sabido sortear otras crisis, como el golpe dado por su hijastra, Zoilam√©rica Ortega Murillo, cuando lo acus√≥ por violaci√≥n en 1998.

Para evitar nuevas sanciones, ha demostrado apertura abri√©ndose a un incierto di√°logo con la oposici√≥n y liberando a decenas de presos pol√≠ticos, mientras que, al igual que el √ļltimo de los Somoza a finales de los setenta, intenta demostrar fuerza y estabilidad a sus bases. Como Somoza en sus √ļltimos d√≠as, el viejo guerrillero, devenido en aut√≥crata, asiste a m√≠tines en veh√≠culos blindados con un gran despliegue de seguridad para afirmar que en Nicaragua la "revoluci√≥n" contin√ļa y que √©l no tiene planes de dejar el poder. "¬°Aqu√≠ nos quedamos todos!", ha decretado.

 

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