Mujeres al poder: ¬Ņnueva forma de pol√≠tica o concesi√≥n temporal masculina?
Por: Ra√ļl Fain Binda/BBC Mundo
Diciembre 2013

Este domingo Chile elegir√° una nueva presidenta, ya sea la socialista Michelle Bachelet o Evelyn Matthei, de la Alianza de centroderecha, que sumar√° su nombre al de otras tres mujeres que gobiernan en Am√©rica Latina: la brasile√Īa Dilma Rouseff, la argentina Cristina Fern√°ndez y la costarricense Laura Chinchilla.

Será un hecho inédito: cuatro mandatarias de forma simultánea, pero cabe preguntarse si esta presencia femenina representa una nueva época de avanzada madurez política o es, por el momento, una fase camaleónica de la tradicional hegemonía masculina, en la forma de concesión táctica a una mujer cuando le viene bien al sistema.

Estamos, sin duda, en una etapa hist√≥rica de gran descr√©dito de los pol√≠ticos tradicionales y en la imaginaci√≥n popular no son mujeres sino hombres los responsables de los dislates que perjudican al p√ļblico.

Si durante mucho tiempo se dio por sentado que el electorado femenino preferiría a un candidato varón y que el masculino rechazaría a una mujer, hoy las organizaciones políticas reconocen que una mujer puede tener mayor poder de captación de votos y menos resistencia que el hombre alfa típico.

De alguna manera, la participación de la mujer equivale a una renovación de la esperanza, el sentimiento más vigoroso en el plano electoral.

¬ŅPero es realmente diferente su aporte o se trata solamente de distinciones irrelevantes?

Las damas de hierro

Hasta hace relativamente poco, e incluso en las sociedades más democráticas, la madurez política aceptable de la mujer tipo, que pasaba buena parte del tiempo en su casa, se reducía a la acción benéfica o el debate en los salones.

Los políticos dominantes cedían a mujeres cuidadosamente seleccionadas algunos puestos acordes con sus "virtudes femeninas", pero sin poder real.

Cuando una mujer superaba ese obst√°culo y alcanzaba un cargo de gran responsabilidad p√ļblica, deb√≠a ofrecer en forma deliberada una imagen de energ√≠a intransigente y hasta falta de escr√ļpulos para "compensar" las virtudes t√≠picamente femeninas de solidaridad y compasi√≥n, que un sector considerable del electorado (incluso el femenino) consideraba muestras de debilidad.

Líderes de la estatura de Indira Gandhi, Golda Meir y Margaret Thatcher, "la Dama de Hierro", solían destacar la necesidad de mostrarse más enérgicas de lo que a veces consideraban prudente, para sofocar aquella desconfianza instintiva. Esto terminó por incorporarse definitivamente a su imagen personal.

Esa necesidad está desapareciendo y se multiplican los ejemplos de mujeres que facilitan la acción política, mientras sus colegas varones la entorpecen.

Ya es evidente que la mujer ha superado con creces la etapa de simple acceso al proceso p√ļblico y tiene credibilidad electoral y margen de acci√≥n en el √°mbito pol√≠tico, requisitos imprescindibles para ejercer el poder real.

Arranc√°ndose los ojos

Un caso elocuente en este sentido es el papel que jugaron 20 senadoras estadounidenses (16 demócratas y 4 republicanas) en la superación del llamado "cierre del gobierno federal", una grave crisis de gobernabilidad que afectó a Estados Unidos a mediados de octubre.

BBC Mundo habl√≥ de ellas en su momento y la revista¬†Time se√Īal√≥ que "las mujeres son las √ļltimas personas adultas en Washington".

¬ŅPor qu√© estas mujeres, adversarias, pod√≠an trabajar juntas mientras que tantos hombres se arrancaban mutuamente los ojos en el Congreso?

La senadora dem√≥crata Amy Klobuchar lo explic√≥ afirmando que "las mujeres somos una fuerza incre√≠blemente positiva porque nos gustamos mutuamente. Podemos trabajar juntas y encontrarnos en un terreno com√ļn".

Esta es una afirmaci√≥n muy com√ļn entre las feministas, pero que necesitaba un ejemplo concreto de esta dimensi√≥n para ser reconocida por los varones.

Es evidente que mujeres y hombres están expuestos presiones semejantes y no hay pruebas concretas de que tengan enfoques éticos diferentes, pero si la descripción de Klobuchar se afianza en el electorado, esto puede tener un efecto considerable.

Ciertamente, aunque sigue habiendo mujeres capaces de obstaculizar la maquinaria del Estado (como tantos hombres), muchas otras agilizan el accionar de los cuerpos colegiados.

Cada vez más hombres reconocen que la presencia de las mujeres no es necesariamente una competencia indeseable, sino un resorte más de la maquinaria política: a fin de cuentas, la mitad del electorado es femenino.

En el c√°lculo electoral llega un momento en que una mujer ofrece m√°s ventajas que desventajas: cuando el porcentaje de varones predispuestos en contra no es tan alto como para socavar la candidatura en otros sectores de la sociedad.

Esta impresión se está convirtiendo en certidumbre. Se abre paso en el electorado la noción de que la candidatura de una mujer puede sumar más de lo que resta; que el riesgo de corrupción, por ejemplo, es menor; que las camarillas tradicionales no encontrarán tanto espacio para hacer de las suyas.

La candidata tambi√©n puede ser m√°s persuasiva que un var√≥n al prometer que prestar√° atenci√≥n a la educaci√≥n, la salud y los servicios sociales, rubros que en una campa√Īa electoral tienen cada vez m√°s peso.

Representa, en fin, la posibilidad de un cambio real, en vez de una nueva dosis de lo mismo. El cambio, como objetivo, anima a casi todos los procesos electorales; y una mujer como jefe de gobierno es un cambio concreto.

Son impresiones, a veces meras sombras (las personas políticas cambian con las circunstancias), y no hay suficiente experiencia acumulada, pero en política electoral las impresiones, incluso las fugaces, son las que cuentan.

Antecedentes

En los √ļltimos 40 a√Īos ha habido diez mujeres presidentas en Am√©rica Latina.

La primera de ellas hered√≥ el poder de su compa√Īero, a otras el sistema se√Īal√≥ por su papel institucional en determinado momento, y otras, como las tres actuales, labraron su propio destino pol√≠tico (ver recuadro en la parte inferior).

Michelle Bachelet y Evelyn Matthei han hecho carreras políticas independientes, pero el recuerdo de sus padres -ambos generales de la Fuerza Aérea de signos políticos opuestos- tiene una influencia innegable.

En pa√≠ses europeos, ya sea por herencia din√°stica (las reinas de Reino Unido y de Dinamarca, por ejemplo) o por acci√≥n pol√≠tica (Margaret Thatcher, Angela Merkel, las irlandesas Mary Robinson y Mary MacAleese), es m√°s com√ļn la plena presencia femenina en las jefaturas de gobierno o de Estado, con maridos que pasan casi inadvertidos, actores pasivos en la narraci√≥n pol√≠tica.

Pero aunque muchas regiones del mundo han dado pasos innegables hacia la plena integraci√≥n de las mujeres en los √°mbitos de poder, a√ļn no se puede hablar de una madurez definitiva.

Esta sólo llegará cuando el periodismo no encuentre "valor noticioso" en destacar que una mujer sea candidata o que haya ganado, así como no será preciso aclarar que el presidente saliente sea un hombre.

La mujer también deberá tener mayor participación en la tarea cotidiana en todos los niveles, ya que la política sigue siendo una actividad excluyente, concebida por hombres para hombres: las tertulias y debates en los cuerpos deliberativos de muchos países suelen animarse al anochecer y los proyectos pueden votarse a deshoras, para disgusto de legisladoras que son madres.

A esto se debe en parte que en algunos países, como Brasil, que tiene una mujer presidenta, el porcentaje femenino en el Congreso sea bastante bajo (9% en diputados y 16% en senadores).

El marco en otras naciones de vocación democrática también es desalentador en esto: 22% de presencia femenina en la Cámara de los Comunes británica; 17,9% en Representantes de Estados Unidos y 20% en el Senado.

La presión para que los proyectos legislativos se debatan y voten en horarios normales, sensatos, ha sido particularmente fuerte en los países escandinavos, por ejemplo, donde la participación política de la mujer es muy activa.

La evoluci√≥n se est√° acelerando y la plena igualdad est√° al alcance de la mano. Si alguien lo duda, le bastar√° repasar todo el camino recorrido en esta √ļltima etapa de un proceso que no admite las regresiones.

PRESIDENTAS LATINOAMERICANAS

  • Isabel Mart√≠nez de Per√≥n, compa√Īera de f√≥rmula de su marido, Juan Domingo Per√≥n, asumi√≥ la presidencia de Argentina a la muerte del viejo caudillo, en 1974. Fue derrocada por un golpe militar en 1976.
  • Lidia Gueiler Tejada, presidenta provisional de Bolivia, 1979-80. Hab√≠a sido presidenta de la C√°mara de Diputados. Fue destituida por un cruento golpe militar encabezado por su primo, el general Luis Garc√≠a Meza Tejada.
  • Ertha Pascal-Trouillot, presidenta provisional de Hait√≠, 1990-91, en la transici√≥n entre las presidencias de Herard Abraham y Jean-Bertrand Aristide.
  • Violeta Chamorro, presidenta de Nicaragua 1990-97. Fue la primera mujer elegida presidenta en forma directa en Am√©rica Latina.
  • Rosal√≠a Arteaga Serrano, presidenta provisional de Ecuador durante tres d√≠as de febrero de 1997. Se enfrent√≥ con Fabi√°n Alarc√≥n, presidente del Congreso, que la destituy√≥ con apoyo del ej√©rcito y gobern√≥ hasta agosto de 1998.
  • Mireya Moscoso, presidenta de Panam√° entre 1999 y 2004. Heredera pol√≠tica de su primer marido, Arnulfo Arias, tres veces presidente del pa√≠s, pero lleg√≥ al poder gracias a su propio esfuerzo, m√°s de una d√©cada despu√©s de enviudar.
  • Michelle Bachelet, presidenta de Chile 2006-2010.
  • Cristina Fern√°ndez de Kirchner, presidenta de Argentina desde 2007; reelegida en 2011.
  • Laura Chinchilla, presidenta de Costa Rica desde 2010.
  • Dilma Rouseff, presidenta de Brasil desde 2011.


 

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