Palmira y el imaginario occidental
Por: Javier Arce - ABC
Mayo 2015

He visitado varias veces Palmira. He dormido, obviamente, en el hotel Zenobia, que se encuentra (o se encontraba) casi en medio mismo de las ruinas de la ciudad. En Palmira uno de los hechos que más impresionan son los amaneceres y las puestas de sol, que dan a las columnas, templos, arcos y monumentos un color rosáceo y anaranjado inolvidable. Esto para los amantes del paisaje.

En cuanto a la ciudad y sus ruinas, basta recordar al gran arqueólogo e historiador ruso Michael Rostouzeff - que acabó sus días siendo profesor en la Universidad de Yale-, que, en su libro Ciudades caravaneras (1932), dice de las ruinas de Palmira cuando las visita en 1928 que « son, indudablemente, las más románticas del mundo antiguo».

Aunque solo sea por estas dos cosas, las ruinas de Palmira deben seguir existiendo: paisaje y evocación romántica del pasado, grandeza y declive de una ciudad en medio del desierto.

Pero Palmira, en Siria, ciudad antiguamente llamada Tadmor, es mucho más que eso. Al paisaje y a la evocación que suscitan sus restos, hay que añadir su historia, que, en el caso de Palmira, se focaliza en su famosa reina Zenobia (Septimia Zenobia), que desafió al imperio Romano a finales del siglo III d. C., y que se proclamaba «la reina de Oriente», y conquistó un territorio clave para Roma, Egipto (Zenobia reivindicaba ser la «nueva Cleopatra»), hasta que fue capturada por las tropas del emperador Aureliano, y luego llevada a Roma -porque el emperador consideró «indigno matar a una mujer»- y se le asignó como residencia nada menos que Tibur (Tivoli), donde estaba la espectacular villa de Adriano, y allí acabó sus días.

Fue la historia de esta mujer, Zenobia, la que despertó la atención de Palmira a los ojos de Occidente, además de las ruinas y del paisaje romántico.

Los aduladores franceses que rodeaban a Catalina la Grande de Rusia llamaron a su capital, San Petersburgo, «La Palmira del Norte», porque en ella residía otra Zenobia llena de ímpetu y personalidad como ella. Viajeros y comerciantes, militares o científicos, dieron a conocer Palmira al mundo a partir del siglo XVIII, y especialmente el inglés H. Wood, que con H. Dawskins, en 1753, publicó una serie de volúmenes con dibujos y planchas de las ruinas de la ciudad que impactaron al mundo entero. Otros viajeros y dibujantes, como el francés Louis François Cassas, difundieron las ruinas de Palmira por toda Europa. El pintor Tiépolo decoró el «palazzo» Zenobio de Venecia con escenas de la vida de Zenobia. En muchos teatros y salas de conciertos se estrenaron óperas con el tema de la historia de Zenobia y Palmira, entre ellos Paisiello, Anfossi y Rossini, cuya obra «Aureliano in Palmira » tenía un fastuoso decorado inspirado en los dibujos de Wood. Luego comenzaron las expediciones arqueológicas o de epigrafistas, franceses, rusos, alemanes, que iban a copiar los textos grabados en las columnas, los altares, o en los pedestales que cubren la ciudad, proporcionando una información preciosa para reconstruir la historia y la sociedad de Palmira en época romana. Comenzó entonces la época del «saqueo», subrayado ya por Rostouzeff. No hay museo importante en Europa que no tenga su colección de antigüedades de Palmira - retratos funerarios, relieves, objetos varios: el Louvre de París, los museos de Londres, Boston, Viena, Copenhague, New York, Estambul, Tokio, Roma, San Petersburgo...-. Podríamos justificar este «saqueo» porque fue, al menos, un saqueo respetuoso, destinado a mostrar al público los restos y los logros de la cultura palmirena, y que conserva y preserva los retratos, bustos o relieves. Frente a ello, el inadmisible y brutal y sin sentido saqueo y destrucción de las milicias yihadistas en nombre de un pretendido rigorismo religioso.

Las inscripciones y retratos o relieves de Palmira nos proporcionan una visión de una sociedad lujosa, rica, exuberante, que vestía con adornos personales llamativos, que amaba los banquetes y que se iba enriqueciendo con el comercio que transitaba por la ciudad en dirección a Arabia y luego al Oriente lejano o a la China en busca de productos exóticos, especias, sedas, piedras preciosas. La llamada «tarifa de Palmira », conservada en una inscripción, muestra claramente una parte del origen de esa riqueza debido a las tasas impuestas a los comerciantes o a las caravanas. Esta riqueza de sus habitantes privilegiados explica la magnificencia de su urbanismo, la grandeza de sus monumentos, templos, teatro, termas, avenidas, tumbas, senado, arcos. El urbanismo de la ciudad se caracteriza por la existencia de las grandes avenidas bordeadas por columnas (la gran calle principal tenía, en origen, 350 columnas, actualmente solo quedan in situ 150), un hecho que no es solo patrimonio de Palmira, sino de otras ciudades de Oriente en época romana, como Gerasa (en la actual Jordania), Bosra (también en Siria), Amman, Afrodisias, Éfeso (ambas en la actual Turquía), Jerusalén y posteriormente la gran calle principal de Constantinopla, fundada por Constantino, conocida como «La Mese», aunque hoy no se conserve ningún resto de ella. Estas avenidas estaban cubiertas con grandes toldos para procurarse sombra y en cada columna había un busto o una estatua que representaba diversos personajes de la ciudad identificados por las inscripciones que están debajo de la base que las sustenta. La propia calle columnada era un verdadero mercado a derecha e izquierda, ya que el tránsito de las caravanas se efectuaba por el exterior de la ciudad. Palmira era una ciudad abigarrada, con población árabe, griega, romana y «oriental », que hablaba y escribía el arameo, el griego y menos el latín. Era una ciudad romana y no romana al mismo tiempo.

Palmira ha pasado a formar parte del imaginario occidental y forma parte también, en cierto sentido, del «orientalismo» creado por Occidente en el sentido en que lo analiza Edward Said. Su destrucción es intolerable y nos priva de una parte de nosotros. Pero mucho más reprobables son, sin embargo, el sufrimiento, la violencia, los asesinatos de su población actual en nombre del fanatismo y la intolerancia.

Javier Arce, profesor emérito de Arqueología Romana de la Universidad Lille 3 (Francia)

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