Agust铆n Edwards, el magnate chileno de las sombras
Por: Juan Crist贸bal Pe帽a / The New York Times
Mayo 2017

El lunes pasado, el mismo d铆a en que se anunci贸 la muerte del magnate de la prensa chilena Agust铆n Edwards, la tierra cruji贸 como no lo hac铆a en a帽os por estos lados. El temblor de magnitud 6,9 que sacudi贸 la mitad del territorio chileno no pas贸 a mayores, pero de inmediato las redes sociales se poblaron de comentarios, en tono de broma, aunque tampoco tanto, que vincularon un hecho con otro.

Nada m谩s acertado que un sismo de alta magnitud para representar a uno de los hombres m谩s controvertidos y poderosos del pa铆s, heredero de un imperio de medios que ha gravitado por casi dos siglos en la historia chilena.

Agust铆n Edwards Eastman muri贸 a los 89 a帽os, dejando un pasado de claroscuros en el que las oscuridades pesan mucho m谩s que los claros. El obituario que public贸 El Mercurio, diario insignia del consorcio de medios de su propiedad, admiti贸 que las circunstancias pol铆ticas de las d茅cadas de los 60 y 70 "lo arrastraron a una figuraci贸n no buscada" que le granje贸 "odiosidades" y "el mito que sus detractores se esforzaron en construir".

Si se construy贸 un mito en torno a su figura, fue a costa de hechos ampliamente documentados.

El cuarto Agust铆n en la dinast铆a Edwards jam谩s hizo un mea culpa por el papel de sus diarios en la dictadura, que fueron incondicionales a un r茅gimen de terror. Menos reconoci贸 su papel en el golpe militar que termin贸 con el gobierno socialista de Salvador Allende, derrocado en 1973. Edwards fue un producto de la Guerra Fr铆a que manej贸 el poder desde las sombras, sin necesidad de rendir cuentas a nadie. M谩s bien era 茅l quien acostumbraba pedirlas desde sus diarios.

Deja un consorcio medi谩tico mucho m谩s influyente, macizo y moderno que el que hered贸 en 1958, cuando ten铆a 29 a帽os, y el peso de una impronta familiar que hab铆a sido decisiva en la historia pol铆tica y econ贸mica de Chile. No en vano la edici贸n de El Mercurio de Valpara铆so es la m谩s antigua de habla hispana, con 189 a帽os; la de Santiago tiene 116 a帽os.

Como dice su obituario, era personalidad "de gran formato". Es cierto: no fue un director de escritorio ni tampoco un magnate que se sintiera c贸modo ostentando en p煤blico su poder y riqueza. Fiel representante de la vieja aristocracia chilena, endog谩mica, cat贸lica, acostumbrada a la sobriedad, tuvo en claro que la tradici贸n familiar dictaba influir y marcar pautas en las altas esferas del poder, sin necesidad de gastarse en la primera l铆nea.

En estos d铆as, las p谩ginas de El Mercurio se han llenado de elogios pero nada han dicho de sus v铆nculos con la CIA, de la ventaja que sac贸 de la dictadura ni de su habilidad para coronar su poder en democracia. En definitiva, no han dicho nada de su papel m谩s relevante en la historia reciente del pa铆s.

Tras el derrocamiento de Allende, apel贸 a sus contactos en la Armada para ubicar en el gobierno militar a economistas de su confianza que terminaron desmantelando a un Estado fuerte. En ese sentido, fue padre y guardi谩n de un modelo neoliberal a ultranza. Claro que en 1983, cuando estaba en la quiebra, no tuvo problemas en gestionar ante la banca estatal un pr茅stamo por 50 millones de d贸lares de la 茅poca, que le fue otorgado (y luego renegociado) en condiciones muy favorables para 茅l. Ese pr茅stamo fue una vuelta de mano a los favores prestados.

A trav茅s de las p谩ginas de El Mercurio y de su creciente cadena de diarios, Agust铆n Edwards se convirti贸 en uno de los soportes de la dictadura. Se habitu贸 a reproducir las versiones oficiales del gobierno militar, lo que equivale a la renuncia del periodismo, y fue c贸mplice de las violaciones a los derechos humanos, si es que no las neg贸 de plano o se hizo parte de montajes para encubrirlas.

El ejemplo m谩s ignominioso de esto 煤ltimo data de julio de 1975, cuando el vespertino La Segunda anunci贸 el hallazgo de los cuerpos de 59 militantes de izquierda con el siguiente titular: "Exterminados como ratones". En rigor hab铆an sido asesinados por agentes del Estado, pero ese como otros diarios de Edwards presentaron los hechos como un ajuste de cuentas entre extremistas.

El engrandecimiento de El Mercurio a costa de los derechos y la vida de muchos chilenos tambi茅n signific贸 el fin de una tradici贸n period铆stica que hasta el golpe de Estado de 1973 se caracteriz贸 por una alta diversidad.

Los dos grandes consorcios de medios escritos que hay hoy en Chile son de derecha. Ambos fueron leales a la dictadura y en recompensa tuvieron su apoyo econ贸mico.

Tras el fin de la dictadura, en 1990, la 茅lite pol铆tica de centro izquierda en el poder valid贸 a El Mercurio y se valid贸 a s铆 misma a trav茅s de sus p谩ginas. Cuanto m谩s, en 2005 el presidente socialista Ricardo Lagos, contrariado por una serie de publicaciones del mismo diario al que antes hab铆a elogiado en su centenario, le envi贸 a Edwards una carta privada en la que se quej贸 de que El Mercurio era -adem谩s de "un resumidero de todos los infundios" con que se ataca al presidente- "la tribu de los que desean sembrar el odio".

En respuesta, como prueba de su poder y estilo, Agust铆n Edwards public贸 la misiva del presidente en la secci贸n Cartas de su diario.
Desde entonces ning煤n presidente ha juzgado conveniente enfrentarse a los diarios de la cadena, aun cuando han desempe帽ado una oposici贸n dura y casi sin contrapeso en la prensa escrita chilena.

Quiz谩s en solo dos momentos vio amenazado su poder. El primero, en 1970, cuando asumi贸 Salvador Allende y se autoexili贸 en Estados Unidos. El segundo fue en 1991, a poco del retorno de la democracia, cuando un comando subversivo secuestr贸 a su hijo Cristi谩n.

Ambos hechos est谩n ligados por una secuencia pol铆tica.

De acuerdo con documentos oficiales desclasificados en Estados Unidos, la CIA invirti贸 cerca de dos millones en El Mercurio. Primero, para evitar que Allende llegara al poder; luego para desestabilizarlo. Edwards fue un actor de primera l铆nea en la ca铆da de Allende, a trav茅s de sus contactos directos con la CIA y el gobierno de Nixon. En palabras de Peter Kornbluh, director de la secci贸n chilena de la National Security Archive, su intervenci贸n en Washington "dispar贸 la decisi贸n de Richard Nixon de apoyar un golpe de Estado en Chile".

Tres d茅cadas despu茅s, una fracci贸n del mismo grupo guerrillero que en 1986 hab铆a atentado sin 茅xito contra el general Pinochet secuestr贸 a Cristi谩n Edwards del R铆o, uno de los seis hijos del magnate y futuro presidente de la Divisi贸n de Servicios Noticiosos de The New York Times.

El padre no se someti贸 a las exigencias iniciales de los secuestradores, que ped铆an negociar directamente con 茅l y cuatro millones de d贸lares a cambio de la libertad de su hijo. Despu茅s de una negociaci贸n que se extendi贸 por cinco meses, realizada a trav茅s de ofertas publicadas en clave en las p谩ginas de avisos econ贸micos de El Mercurio, Edwards Eastman logr贸 bajar la cifra a un mill贸n de d贸lares y liberar a su hijo.

El despliegue de la figura de Agust铆n Edwards en El Mercurio, que se ha prolongado por toda la semana -lo mismo que los temblores -聽habla de un empresario, bibli贸filo, criador de caballos, navegante y filantr贸pico distinto al hombre que fue en las sombras.

De ser 煤nicamente as铆, debi茅ramos estar asistiendo a algo parecido a un funeral de Estado, con homenajes p煤blicos y procesiones populares. Pero nada de eso ha habido en estos d铆as. El Ciudadano Kane chileno, que acapar贸 un poder inusitado y muri贸 sin pedir perd贸n, fue despedido del mismo modo que Pinochet: en silencio, en la privacidad de su familia y amigos, lo que ya es indicador del lugar que tendr谩 en la historia.

Juan Crist贸bal Pe帽a es director de la Escuela de Periodismo de la Universidad Alberto Hurtado en Chile.

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