'Carne y arena': el arte del futuro
Por: Martín Caparrós/ The New York Times
Enero 2018
Fotografia: el p
Fotografia: Chachi Ramírez / The New York Times

Todo consiste en que seas otro. Todo, digo: lo mejor de la literatura, el teatro, el cine intentan ponerte en otra piel, hacerte ver las cosas como las ven otros, convertirte -por un momento- en otro. Aquí, ahora, entras a un cuarto frío, puro cemento y luces de neón, vacío, regado de zapatos viejos rotos; unos carteles dicen que los han encontrado en el desierto; otros carteles te dicen que te saques los tuyos y los dejes en ese armario y esperes a escuchar la alarma. Esperas, tienes frío, te impacientas; después la alarma suena.

Entonces abres una puerta y entras en un espacio de quince metros por quince, techo y paredes negros, muy oscuro, el suelo de piedritas que se te clavan en las plantas. Hace más frío; dos chicas abrigadas te ponen una mochila y unos anteojos y unos cascos de realidad virtual y te dicen que, pase lo que pase, no corras, por favor, no corras. Y que si necesitas algo, ellas están allí para ayudarte... y que ya empieza.

Entonces el mundo se transforma en lo que ves, en lo que oyes: est√°s en un desierto, la luz incierta, sucia, y ves unos arbustos en el viento y oyes ruidos. Notas que son palabras; un grupo de desarrapados -ocho, diez desarrapados, hombres, mujeres, ni√Īos- avanzan por lo oscuro. Te acercas: se est√°n quejando, dudan, se preguntan si no estar√°n perdidos, dicen que deber√≠an volver pero no saben d√≥nde. Tienes ganas de decirles que no se preocupen, que es un sue√Īo, pero no est√°s seguro. Todo parece tan real... aterrador. Y lo hace m√°s aterrador -m√°s realista- esa extra√Īeza de mirar hacia abajo, ver el suelo y no verte, no ver tus propios pies, tus propios pasos: estar en un mundo donde no est√°s es el horror m√°s bruto, una preview optimista de la muerte.

Y entonces, de pronto, suena un estruendo y estalla una luz: un helic√≥ptero acaba de encontrarnos. Todos nos quedamos quietos, como paralizados; el coraz√≥n te late fuerte. Todav√≠a deslumbrado y aterrado oyes m√°s gritos y ves que todos miran para all√° y miras t√ļ tambi√©n y hay dos camiones de la patrulla fronteriza y varios agentes que se bajan, gritan, nos est√°n apuntando con fusiles. Ya eres uno m√°s y obedeces las √≥rdenes: te arrodillas, respiras apenas. De pronto, tienes miedo, mucho miedo.

Carne y arena es una instalaci√≥n del cineasta mexicano Alejandro Gonz√°lez I√Ī√°rritu. La present√≥ en mayo pasado en el Festival de Cannes; despu√©s se exhibi√≥ aqu√≠, en la Fundaci√≥n Prada de Mil√°n -que fue quien la pag√≥-, y en dos museos m√°s: el Museo de Arte de Los √Āngeles y el Centro Cultural Universitario Tlatelolco en Ciudad de M√©xico. Gonz√°lez I√Ī√°rritu pas√≥ varios a√Īos prepar√°ndola: habl√≥ con migrantes ilegales centroamericanos que quisieron entrar o entraron a Estados Unidos, prepar√≥ la secuencia, la rod√≥ en el desierto. Y al fin la convirti√≥ en una experiencia: en esa realidad que todav√≠a llamamos virtual porque consiste en que seas otro.

Siempre lo intentaron, de distintas formas, el teatro, el cine, ciertos libros y, desde hace un par de d√©cadas, los mejores museos. Recuerdo mi primera experiencia: en el Museo del Holocausto de Washington, a unos a√Īos de su inauguraci√≥n, te daban un pasaporte con un nombre para que fueras esa persona y siguieras tu destino a trav√©s de las vicisitudes que el museo te mostraba. Termin√© exhausto, sacudido, lo escrib√≠ impresionado. Pero nada de aquello se compara, por supuesto, a la experiencia brutal de sumergirse en el espacio donde suceden esas cosas, verlas, o√≠rlas: que esas cosas "realmente" te sucedan en tu carne, en la arena.

Son poco m√°s de seis minutos: breve, tan violento. La realidad virtual es una t√©cnica que ser√° com√ļn dentro de diez o veinte a√Īos pero ahora resulta nueva, poderosa. Es el futuro del entretenimiento y de qui√©n sabe qu√© m√°s cosas. La distancia entre mirar una pantalla y sumergirse en un espacio es tan grande como la que hay entre una foto y una televisi√≥n 4K-HD-TRJSuperChuchi. Y el resultado tambi√©n es extraordinario: te convierte, por un momento, en otro; se dir√≠a que no hay forma de acercarte m√°s a la experiencia de esos hombres y mujeres.

Yo me he pasado la vida intent√°ndolo: contando historias que nos permitan ver de m√°s cerca a otras mujeres, otros hombres. El mejor periodismo parte de esa premisa. Y es evidente que esta forma nos acerca m√°s. Pero, al mismo tiempo, me incomoda, me deja con preguntas. Para empezar, la m√°s acuciante: ¬Ņes necesario sentirse otro para entender lo que les pasa a otros? ¬ŅSentir es la mejor manera de entender? ¬ŅNo podemos pensar, averiguar, conocer sin "meternos en la piel del otro"?

Después, en otra sala oscura, las caras filmadas de una decena de migrantes te cuentan sus espantos. Hay historias de drama y heroísmo, pero me impresiona sobre todo la determinación de Lina, que tuvo que dejar en Guatemala a sus cinco hijos cuando alguien asesinó a su marido y ella no conseguía alimentarlos. Lina cuenta -letras sobre su cara en la pantalla- lo difícil que se le hizo cruzar esas fronteras, lo que sufrió en ese recorrido, y que por fin llegó; entonces, cuando parecía que ya lo había conseguido, empezó su verdadero viaje.

Lina se emple√≥ en una casa de familia; tras siete a√Īos de trabajo diario consigui√≥ juntar la plata para pagar la entrada a Estados Unidos de su hija mayor; sigui√≥ trabajando y, poco a poco, llev√≥ al resto. Lina tard√≥ veinte a√Īos en llevar a la √ļltima, que ten√≠a veintitr√©s cuando por fin la vio de nuevo. Y dice que a menudo, mientras serv√≠a la mesa de sus patrones, le ped√≠a a Dios que la dejara tener alguna vez alrededor de una mesa a su propia familia. Lina es una mujer que se pas√≥ la mitad de su vida trabajando con una meta que no es, para cualquiera de nosotros, meta sino costumbre: no consigo imaginar desigualdad m√°s bestial. Lina cuenta su historia con palabras simples y le da sentido y explicaci√≥n al miedo y a los gritos y al desierto: los sentidos pueden colaborar en dar sentido; el problema es cuando tratan de remplazarlo.

Salgo al sol, la realidad virtual se acaba; vuelve la realidad real. La Fundación Prada es un dechado de riqueza: un edificio espléndido de una ciudad espléndida, entre las ropas más fashion y los relojes más suizos y los coches más caros. Como si la realidad material de esas ropas y esos relojes y esos coches no tuviera nada que ver con las historias que se cuentan en Carne y arena. Como si mostrar esas crueldades demostrara que no son culpa del sistema.

Y, aun sin tanto lujo, aun si Carne y arena sucediera "solo" en un museo de Madrid o Berl√≠n o Buenos Aires, seguir√≠a siendo un medio exclusivo -unas pocas decenas de visitas al d√≠a- pensado para quienes disponemos de todos los medios: libros, revistas, viajes, cursos, amigos, redes. Una forma de fomentar la pereza mental: yo, que podr√≠a pensar en esos pobres pobres pero no suelo hacerlo, ¬Ņvoy a pensar en ellos porque me los ofrecen en la forma m√°s chic, m√°s inventiva?

Podemos hacerlo y no lo hacemos: si no sabemos es porque no queremos. Y ahora que "sabemos", ahora que "sentimos", ¬Ņqu√©? ¬ŅTiene sentido trabajar con tantos medios y tanta inventiva para contarles estas cosas a quienes eligen ignorarlas cada d√≠a? ¬ŅSe puede creer que quienes eligen no escucharlas las van a escuchar si se las cuentan de este modo? ¬ŅVale la pena? ¬ŅSe puede creer que har√°n algo con eso, que entonces s√≠ les va a importar?

Son dudas: de verdad son dudas. Gonz√°lez I√Ī√°rritu ya gan√≥ tres √≥scares por sus pel√≠culas y la Academia de Hollywood acaba de darle uno especial por Carne y arena. Lo merece. Es, sin duda, una obra de arte que prefigura las formas que tomar√° el arte de contar en unos a√Īos. Como tal, es dif√≠cil saber por qu√©, para qu√© est√°, para qu√© sirve, a qui√©n. Como tal, pregunt√°rselo siempre vale la pena.

 

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