Catalu√Īa: el viejo truco de la patria
Por: Martín Caparrós/ The New York Times
Septiembre 2017
Fotografia: Susana Vera/Reuters

Nada nunca empieza, todo sigue, pero si esto fuera un cuento se podr√≠a decir que empez√≥ hacia 2010, cuando la crisis econ√≥mica global se ensa√Ī√≥ con Espa√Īa. Ese a√Īo el Partido Popular consigui√≥ que el Tribunal Constitucional anulara el Estatuto de Autonom√≠a que los catalanes hab√≠an votado cuatro a√Īos antes. Gobernaba Catalu√Īa el mismo partido de la derecha catalanista que ya lo hab√≠a hecho durante m√°s de dos d√©cadas y nunca hab√≠a hablado de independencia para su regi√≥n. Tampoco lo hizo entonces.

Pero la crisis arreciaba, y el Govern catal√°n decidi√≥ cortar por lo m√°s d√©bil. Entre 2010 y 2015 redujo los presupuestos de vivienda, educaci√≥n y salud p√ļblicas m√°s del 15 por ciento. En ninguna otra comunidad espa√Īola los recortes fueron tan brutales.

Hubo protestas, miles, en las calles. El Govern se asust√≥: deb√≠a hacer algo. Freud -cu√°nto hace que no cit√°bamos a Freud- habl√≥ de los recuerdos pantalla, esos que sirven para tapar lo que no soportamos recordar. M√°s universales a√ļn son los proyectos pantalla: los que sirven para tapar lo que no soportamos prever, las amenazas del futuro. Cualquier religi√≥n, muchos discursos pol√≠ticos son buenos ejemplos. El partido de la derecha catalana recurri√≥ al m√°s cl√°sico: el viejo truco de la patria.

Toda la culpa, dijeron, era de Madrid. Y all√≠ el gobierno de la derecha espa√Īola, tambi√©n golpeado por la crisis, vio la oportunidad y salt√≥ sobre ella: ¬Ņqu√© mejor que imitar a sus correligionarios catalanes y agitar el mismo espantajo? Fue una curiosa coincidencia: Artur Mas en Barcelona y Mariano Rajoy en Madrid pensaron que los fantasmas patrios les servir√≠an para disimular otros fantasmas, y los llamaron a los gritos. "El patriotismo es el √ļltimo refugio de los canallas", repite el doctor Samuel Johnson. A estos dos les conven√≠a pelearse, revolear banderas: as√≠ empez√≥ esta carrera de provocaciones, bravatas y tonter√≠as que amenaza con crear nuevas fronteras.

La patria es una idea paranoica -funciona en referencia a una amenaza externa- y la paranoia siempre vende bien. Es fácil entusiasmarse con la patria. Es fácil imaginarnos distintos de los otros; es fácil imaginarnos mejores que los otros. Es fácil suponer que todos los males vienen de los que están más lejos, los que no son nuestros parientes, nuestros vecinos, los nuestros. Es más cómodo, más tranquilizador: evita ciertos roces y evita, sobre todo, el esfuerzo de pensar.

El mayor efecto de la patria es aplastar las diferencias, los matices: hace que cualquier consideraci√≥n desaparezca ante la fuerza de esa banda de -supuestos- iguales. Frente al aumento de la desigualdad en la sociedad catalana -como en el resto de la sociedad espa√Īola- en los √ļltimos a√Īos por la concentraci√≥n de la riqueza y la p√©rdida de empleo y los errores econ√≥micos, lo m√°s f√°cil para muchos catalanes es decir "Espanya ens roba" (Espa√Īa nos roba). Es lo mismo que hicieron los brit√°nicos que votaron el brexit, los estadounidenses que votaron a Trump, y siguen los √©xitos.

As√≠ que la gran derecha catalana, extra√Īamente aliada con la izquierda republicana, con mayor√≠a en el Parlament auton√≥mico, convoc√≥ un refer√©ndum para que los catalanes voten si quieren o no la independencia. Lo anunciaron para el domingo 1 de octubre y la ley que lo prev√© dice que si gana el s√≠ -por mayor√≠a simple de votos, sin m√≠nimo de participaci√≥n-, el Parlament debe declarar, en menos de 48 horas, la independencia.

Independencia es un concepto vaporoso. Creo que muchos catalanes no se imaginaban el esfuerzo, el costo, la voluntad que requiere poner en marcha un pa√≠s nuevo. No se ve√≠a -viv√≠ all√≠ varios a√Īos- en la sociedad catalana esa energ√≠a y esa urgencia necesarias para inventar un pa√≠s, para construir la realidad de una idea. Parec√≠a que se imaginaban la independencia como un estado id√≠lico, de amor y tradici√≥n, de retorno a un pasado que nunca existi√≥. Que no consideraban que los obligar√≠a a crear un gran aparato de Estado, a salir de la Comunidad Europea, a perder por un tiempo su mercado principal -Espa√Īa-, a resignar nivel de vida. Y que el Bar√ßa tendr√≠a que jugar un campeonato de segunda.

Por eso, hace unos meses no habr√≠a sido dif√≠cil contener ese impulso o, por lo menos, encauzarlo. El gobierno central podr√≠a haber buscado las maneras: informar sobre las complicaciones de una separaci√≥n, insistir en que Espa√Īa quiere y necesita a Catalu√Īa, discutir mejores t√©rminos de convivencia. Y, en √ļltima instancia, organizar un ref√©rendum legal, consensuado, que aceptara que para plantear su secesi√≥n la poblaci√≥n de una regi√≥n necesita dos tercios o tres cuartos de los votos, con un m√≠nimo de participaci√≥n. Al fin y al cabo, todas las encuestas dicen que tres de cada cuatro catalanes quieren votar y decidir, pero menos de la mitad elegir√≠a la independencia. Votar y votar por la independencia son dos cosas radicalmente distintas; la testarudez de Rajoy y los suyos las ligaron.

 

Ten√≠an muchas opciones y las despreciaron: se creen que para complacer a su p√ļblico les conviene mantener la imagen de caballeros altivos inflexibles -que tan bien sirvi√≥ a sus ancestros para construir la famosa leyenda negra-. Y ahora insisten en su exquisita mezcla de sordera y agresi√≥n: siguen neg√°ndose a cualquier di√°logo, secuestraron millones de boletas y carteles electorales, mandaron fuerzas de intervenci√≥n policial con helic√≥pteros y barcos, acusaron a m√°s de 700 alcaldes, detuvieron a una docena de dirigentes, crearon un clima de ocupaci√≥n que solo favorece a los otros nacionalistas. La imagen de la Guardia Civil espa√Īola impidiendo votar a los ciudadanos de Catalu√Īa es de esas que pueden durar d√©cadas.

El gobierno del Partido Popular insiste en que el refer√©ndum es inconstitucional. Lo es, seg√ļn la ley, pero el texto de la ley no siempre traduce su esp√≠ritu. Es dif√≠cil, en una democracia, sostener que un pueblo no tiene derecho a expresarse en las urnas. Y es m√°s dif√≠cil todav√≠a reprimirlo por intentarlo. El refer√©ndum puede ser ilegal; con su violencia, el Estado central lo est√° legitimando.

Siempre se dijo que la principal caracter√≠stica de los catalanes era el seny -el sentido com√ļn, la raz√≥n serena-; en este caso, la intolerancia centralista est√° acabando con √©l. M√°s y m√°s catalanes se deciden por un independentismo que, hace unas semanas, los asustaba o no les interesaba. M√°s y m√°s personas dicen que ya no importa lo que les cueste; que no quieren seguir tolerando los agravios y ataques espa√Īoles. Si alguna vez queremos saber c√≥mo se llega a situaciones que parec√≠an imposibles, el caso catal√°n ser√° objeto de estudio: de c√≥mo dos bandos que creyeron que podr√≠an mantener controlada una pelea de baja intensidad rodaron al abismo.

El viernes Mariano Rajoy anunció que su intervención policial y judicial ya había logrado desarmar el referéndum. Es probable que el Govern, acorralado, no consiga realizarlo. La votación será remplazada por los intentos de votar: el próximo domingo esos intentos se convertirán en marchas, acampes, ocupaciones varias -como la que ya empezó en la Universidad de Barcelona-.

As√≠ que nunca se sabr√° qu√© habr√≠an votado los catalanes. No habr√° datos ni hechos ciertos sino nuevas ilusiones: lo que podr√≠an haber logrado si no los hubieran reprimido. Los hechos se pueden discutir; las ilusiones no. Y nadie descarta que el lunes 2 el president Puigdemont declare la independencia de Catalu√Īa y que Espa√Īa intervenga manu militari y que catalanes resistan y que qui√©n sabe qu√©. Mariano Rajoy pasar√° a la historia como ese necio que de tanto escalar una suave colina la convirti√≥ en el Everest: gracias a sus esfuerzos los independentistas est√°n ganando esa legitimidad que solo consiguen, en nuestras sociedades, las v√≠ctimas. Nada le sirve tanto al viejo truco de la patria.

 

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