Correr en Bolivia: lecciones para un brit√°nico
Por: Oliver Balch / The New York Times
Mayo 2019
Fotografia: Oliver Balch

La adolescente que corre a mi lado, Luz, no habla mucho. Est√° concentrada, con la cabeza bien derecha, sus pasos caen r√≠tmicamente en la carretera de asfalto. Luz forma parte del club de corredores El C√≥ndor de La Paz, que todos los s√°bados huye de la congesti√≥n de la ciudad para entrenar en el altiplano boliviano. Un peque√Īo grupo de este club se ha reunido para una carrera recreativa de 16 kil√≥metros y muy amablemente dejaron que los acompa√Īara.

Me asignaron al grupo m√°s lento. Mis esfuerzos por platicar no llegaron muy lejos. ¬ŅCu√°ntos a√Īos tienes? Quince, me responde Luz. ¬ŅD√≥nde vives? En El Alto, sobre La Paz. A unos minutos de nuestra carrera de 16 kil√≥metros, sus respuestas lac√≥nicas son una bendici√≥n, pues ahora platicar es lo √ļltimo que quiero hacer. Lo √ļnico que se me ocurre decir es: "Respira". Tres s√≠labas que se repiten: res-pi-ra.

Nunca hab√≠a corrido en altura. En altura de verdad. En colinas, s√≠, en monta√Īas un par de veces. Pero nunca, como ahora, a casi 4000 metros sobre el nivel del mar. Los estertores de mis pulmones y mis piernas de plomo me recuerdan que estoy en territorio extranjero en m√°s de un sentido. Las cimas coronadas de nieve de la cercana cordillera Real me lo dejan a√ļn m√°s claro. Mi ruta regular para correr, en las riberas de los estuarios del r√≠o Douro de Portugal, de repente me parece muy lejana.

Despu√©s de unos 5 kil√≥metros, la presi√≥n en mi pecho y el miedo de un colapso inminente comienzan a retroceder. Se han disipado m√°s que desaparecido. Estamos trotando al mismo paso. "Disfr√ļtalo", trato de decirme. Y s√≠ lo hago, en la medida de lo posible.

Llevaba en Bolivia cinco d√≠as. Mi hotel estaba en el distrito sur de La Paz, todo un kil√≥metro debajo de la casa de Luz en el colindante El Alto. La Casa Grande ten√≠a un gimnasio con una caminadora, que us√© durante un rato todas las ma√Īanas. Los reci√©n llegados a La Paz, una de las ciudades con mayor altitud del mundo, a menudo se quejan de que se sienten mareados y con n√°useas. Yo me sent√≠a bien.

Esto me hab√≠a motivado a buscar un club local de corredores. Siempre empaco mi equipo cuando voy a una ciudad nueva. En mi experiencia, gastarse la suela corriendo es una excelente manera de conocer un lugar. Solo que correr en La Paz tiene unos desaf√≠os muy particulares. Construida en un ca√Ī√≥n profundo en una parte elevada de los Andes, la ciudad es pura carretera vertiginosa y curvas de horquilla. Adem√°s, las aceras son un desastre. Solo vi tres corredores en toda la semana.

Mi b√ļsqueda me hab√≠a llevado a El C√≥ndor. El entrenador del club, conformado por una veintena de adultos y adolescentes, es Policarpio Calizaya, quien ha ido tres veces a los Juegos Ol√≠mpicos y es uno de los pocos corredores de alto nivel en la historia de Bolivia. A sus cincuenta y tantos, tiene un rostro redondo y alegre. Lo encuentro en la Puerta 9 del estadio Hernando Siles antes de una de las sesiones regulares de pista entre semana de El C√≥ndor. La mayor√≠a de los integrantes del club son mujeres. No sabe por qu√©. Supone que los hombres prefieren el futbol: "La verdad es que aqu√≠ en Bolivia correr es algo muy marginal".

Est√° claro que el estatus de las carreras en su pa√≠s le molesta. La situaci√≥n contrasta con el vecino Per√ļ, que en a√Īos recientes ha producido una buena cosecha de corredores de √©lite. Me dice que se debe al apoyo del gobierno: "En Per√ļ lo tienen; aqu√≠ no". Para pagar las cuentas, tiene un peque√Īo taller donde hace ropa deportiva. Sus corredores, la mayor√≠a provenientes de familias de bajos recursos, generalmente compran sus pantaloncillos y chalecos para correr en uno de los grandes mercados de El Alto. Muchas veces sus zapatos son de segunda mano.

Evo Morales, el carism√°tico presidente ind√≠gena de Bolivia ha ayudado a elevar el perfil de este deporte en a√Īos recientes. Desde 2013, La Paz es anfitriona en julio de la carrera Presidente Evo 10K. Cada a√Īo hay carreras parecidas en las otras ocho ciudades importantes de Bolivia. Aun as√≠, el premio solo es como de 2000 d√≥lares, dice Policarpio. No es mucho para un corredor profesional, sobre todo si se consideran los vi√°ticos (ning√ļn corredor boliviano recibe patrocinio). Su mejor corredora, Yessy Apaza, de 22 a√Īos, sobrevive gracias al dinero que le manda su madre, una trabajadora dom√©stica radicada en Espa√Īa.

La curiosidad tambi√©n me hab√≠a llevado a la puerta del club de corredores de Policarpio. En el excelente libro de Vybarr Cregan-Reid sobre correr,¬†Footnotes, hab√≠a le√≠do sobre epigen√©tica y los cambios fisiol√≥gicos producidos por el aire m√°s ligero que se encuentra a mayor altitud. Los efectos principales son dos, explica el autor brit√°nico: nuestro cuerpo comienza a producir m√°s c√©lulas sangu√≠neas portadoras de ox√≠geno y nuestros m√ļsculos aprenden a usar el ox√≠geno limitado de manera m√°s eficaz.

Procesar más oxígeno les da a los corredores una ventaja competitiva, es por eso que los mejores corredores del mundo se dan tiempo para entrenar en regiones de mayor altitud. En su época de corredor, Policarpio hacía lo mismo: visitaba esta misma franja de la carretera un poco más allá de El Alto. Ahora, a veces lleva a sus mejores corredores a entrenar en Chacaltaya, que, a más de 5000 metros, solía ser la estación de esquí con mayor altura en el mundo, hasta que se derritió toda la nieve.

De lo que no me había dado cuenta es de que se necesitan al menos diez días para sentir estos beneficios. Del mismo modo, pueden pasar semanas antes de que nuestro cuerpo se aclimate bien a los efectos negativos de la altura. La Federación Internacional de Futbol Asociación (FIFA) aconseja a los equipos visitantes que lleguen tres semanas antes de un partido en La Paz.

De vuelta en la pista, llegamos a la marca de los 13 kil√≥metros. Una anciana est√° parada en la carretera esperando su autob√ļs. Viste grandes enaguas y un sombrero de bomb√≠n o sombrero de chola pace√Īa, el atuendo tradicional de¬†las mujeres del altiplano. Me ve con una mirada inquisitiva. Trato de decir: "Hola", pero no puedo. Mi garganta est√° demasiado seca. Adem√°s, la cabeza me punza.

Con la meta a la vista, Luz y sus amigas adquieren velocidad. Intento darles alcance, pero no lo logro. "Respira", me digo. "Disfruta. No te mueras". Mientras estoy hablando solo, las jóvenes poco a poco y con elegancia comienzan a alejarse, hasta que, al poco tiempo y sin decir ni una palabra, ya no están.

 

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