Dios no es argentino
Por: Martín Caparrós/ The New York Times
Enero 2018
Fotografia: Max Rossi / The New York Times

Son expertos en cielos. As√≠ que habr√≠a que ver si, para el dogma cristiano, el cielo de un pa√≠s es ese pa√≠s. Si as√≠ fuera, el papa Jorge Bergoglio ha vuelto por fin al suyo; lo hizo, si acaso, de una forma et√©rea, fugitiva: lo sobrevol√≥ en su avi√≥n papal en viaje hacia Chile y Per√ļ. Si no, si el cielo no cuenta, en unos d√≠as cumplir√° sus cinco a√Īos como papa sin ir a la Argentina. En ese lapso viaj√≥ a todos los pa√≠ses sudamericanos menos Uruguay, Venezuela, las Guyanas y el suyo.

Hace casi cinco a√Īos, cuando la noticia de su elecci√≥n sorprendi√≥ al mundo, publiqu√© aqu√≠ mismo una columna que dec√≠a que me preocupaba que Habemus papam se hubiera vuelto una frase argentina: tenemos un papa. "Para una sociedad que empez√≥ a jugar al tenis porque Guillermo Vilas gan√≥ Roland Garros, que empez√≥ a mirar b√°squet cuando Manu Ginobili irrumpi√≥ en la NBA, que siempre dud√≥ del verdadero valor de Borges porque nunca le dieron un Nobel y que ahora se entusiasma con las monarqu√≠as porque una argentina reina en Holanda, el hecho de que 'uno de nosotros' se vaya a sentar en el trono de Pedro puede tener un gran efecto multiplicador sobre el peso del catolicismo en nuestras vidas: temo que nos volvamos m√°s papistas que el papa". Tuve raz√≥n y estaba equivocado.

Es difícil medirlo, pero parece claro que el nivel de religiosidad pampeana no ha cambiado mucho en este lustro. La Argentina es un país bastante pagano; fue, por ejemplo, uno de los primeros del mundo en aceptar los matrimonios igualitarios, en abierta pelea con el dogma de la Iglesia encabezada entonces por el cardenal Bergoglio, que llegó a escribir que esa ley era una "movida del demonio" y que combatirla era "una guerra de Dios".

Lo que s√≠ cambi√≥ fue el peso de la instituci√≥n y su cabeza: si la Iglesia cat√≥lica siempre tuvo una influencia desproporcionada en la vida p√ļblica argentina, ahora Bergoglio se ha transformado en su polo decisivo. Todas sus corrientes lo buscan para que las legitime y ha habido incluso episodios picarescos de pol√≠ticos que, so pretexto de visita p√≠a, tratan de robarle una foto para usarla en sus campa√Īas. Tambi√©n por eso no ha vuelto a su pa√≠s: all√≠ cada uno de sus movimientos se lee con tanta atenci√≥n, con tantas vueltas, con tantos sentidos, que su visita ser√≠a un parto.

Sus alianzas, además, son confusas. Cuando era arzobispo de Buenos Aires estaba tan peleado con el gobierno kirchnerista que Cristina Fernández sacó de su jurisdicción ciertos actos religiosos oficiales para no tener que compartirlos con él; cuando lo paparon se reconciliaron y, desde entonces, se han visto varias veces. En cambio no trató bien al presidente Macri en su visita y no parece tener diálogo con él. Ahora, curiosamente, las clases medias antiperonistas que lo apoyaban -porque son la clientela natural de su iglesia y porque se peleaba con el kirchnerismo- le critican esas políticas. Bergoglio está sufriendo los límites del populismo: por más que lo intentes, es difícil quedar bien con Dios y con el diablo.

Pero lo sigue intentando. Sus primeros a√Īos fueron extraordinarios: con su sonrisa t√≠mida y sus palabras precisas y sus gestos de humildad consigui√≥ recuperar el prestigio de una organizaci√≥n que lo ten√≠a por los suelos, convertir lo que se ve√≠a como un nido de ped√≥filos y especuladores en una instituci√≥n cuya opini√≥n debe ser escuchada en los foros del mundo. Su puesta en escena fue impecable: "Hace gestos que no son casuales, no es espont√°neo, es extremadamente calculador. Una de sus im√°genes t√≠picas es cuando sube al avi√≥n llevando una maleta negra. La maleta la toma al pie de la escalera y la entrega en la puerta del avi√≥n. La tiene solo para subir la escalera. Es un papa de una habilidad extraordinaria para manejar el funcionamiento de los medios", dijo hace poco a La Tercera Sandro Magister, vaticanista del semanario L'Espresso.

Se aprovecha, adem√°s, de que son muchos los que quieren creer: los que le escuchan lo que querr√≠an escuchar. Lo muestra su frase m√°s citada: cuando supuestamente dijo que qui√©n era √©l para juzgar a los homosexuales. Nadie le contest√≥ que es el jefe de una organizaci√≥n que siempre los consider√≥ pervertidos enfermos y los conden√≥ a las llamas del infierno. Pero, adem√°s, la cita era incompleta, ama√Īada. Ese d√≠a, en su conferencia de prensa, Bergoglio puso sus condiciones para ser tolerante:¬†"Si una persona que es gay busca a Dios y tiene buena voluntad, ¬Ņqui√©n soy yo para juzgarla?". Seg√ļn su doctrina, "buscar a Dios y tener buena voluntad" supone que dicho homosexual renuncie a sus "impulsos diab√≥licos": hacer de su condici√≥n un enemigo. Es comprensible que un papa peronista intente adaptar lo que dice a lo que cree que otros querr√≠an escuchar; lo curioso es que tantos intenten adaptar lo que √©l dice a lo que ellos querr√≠an.

Son muchos, as√≠, los que no escuchan lo que no querr√≠an. Como, por ejemplo, tras el atentado contra Charlie Hebdo, cuando se dej√≥ llevar y dijo lo que siempre dijeron sus antecesores: que "en la libertad de expresi√≥n hay l√≠mites" y que "mucha gente habla mal de otras religiones, se burla y provoca y entonces podr√≠a ocurrir lo mismo que le pasar√≠a al doctor Gasbarri si llega a decir algo contra mi madre". Bergoglio lo hab√≠a explicado justo antes: "Si √©l, un gran amigo, dice una mala palabra sobre mi madre, puede esperar un pu√Īetazo". La paz tambi√©n tiene sus l√≠mites, ven√≠a a decir el jefe de una organizaci√≥n que legitim√≥ cientos de guerras.

Hablar, aprovechar la desmemoria; Bergoglio es un se√Īor que entiende la raz√≥n demag√≥gica, el arte de decir sin hacer. Y nadie se lo dice. Gracias a esa complicidad, por activa y por pasiva, Jorge Bergoglio puede seguir cumpliendo con su misi√≥n, la que el peronismo comparte con el gatopardismo: cambiar apariencias para que nada cambie. Bergoglio ya lleva cinco a√Īos manejando la Iglesia de Roma en el mundo y los ejemplos podr√≠an multiplicarse; tomemos, para seguir el aire de los tiempos, la cuesti√≥n de las mujeres.

Imag√≠nense al director general de un gran banco anunciando que va a hacer un anuncio decisivo. Llegado el momento, dice, con esa sencillez que siempre lo caracteriz√≥, que en esta empresa, donde hasta ahora solo trabajaban hombres, han entendido que las mujeres existen y van a permitirles empezar a trabajar: podr√°n atender los tel√©fonos, limpiar los ba√Īos, con el tiempo, ser secretarias de alg√ļn jefe.

Algo as√≠ dijo Bergoglio hace dos a√Īos: que le interesar√≠a estudiar si las mujeres, que no tienen acceso a ning√ļn puesto de responsabilidad en su organizaci√≥n, pueden llegar a ser diaconisas -el puesto m√°s bajo de su jerarqu√≠a- y muchos lo celebraron como una muestra de su progresismo. Aunque aclar√≥, ese mismo d√≠a, que su Iglesia siempre ha dicho que las mujeres no pueden ser sacerdotes y que "esa puerta est√° cerrada". Hablemos de discriminaciones. Por mucho menos cualquier organizaci√≥n o empresa o grupo ser√≠a duramente sancionado por nuestras leyes y nuestras opiniones, pero la Iglesia de Roma tiene bula para ser la instituci√≥n m√°s discriminatoria y reaccionaria sin que se lo reprochen. Todo gracias a un papa peronista, que no quiere o no se atreve a volver a su pa√≠s. Dios, despu√©s, de todo, quiz√° no sea argentino.

 

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