El fantasma de la corrupci贸n
Por: MART脥N CAPARR脫S / The New York Times
Enero 2017
Fotografia: jeJefferson Bernardes - Agence France Presse - GETTY IMAGES

Un fantasma recorre Am茅rica: el fantasma de la corrupci贸n. La expresidenta de Brasil, Dilma Rousseff, fue destituida en agosto pasado tras un juicio pol铆tico por la corrupci贸n de su gobierno. El expresidente de Guatemala, Otto P茅rez Molina, tambi茅n cay贸 y sigue preso por delitos de corrupci贸n; su ministro de Finanzas se suicid贸 para no enfrentarlos. La expresidenta de Argentina, Cristina Fern谩ndez, sufre varios juicios por corruptelas varias. El presidente de Bolivia, Evo Morales, perdi贸 el refer茅ndum por la reelecci贸n cuando se le supo una historia de posible corrupci贸n con una novia rubia. El presidente de Paraguay, Horacio Cartes, lo es porque su antecesor, Fernando Lugo, fue derrocado so pretexto de corrupci贸n. La presidenta de Chile, Michelle Bachelet, se dej贸 buena parte de su popularidad cuando su hijo y su nuera aparecieron en una historia de corrupci贸n. El expresidente de Panam谩, Ricardo Martinelli, resiste en Miami los pedidos de extradici贸n de su pa铆s por cargos de corrupci贸n.

Los tres 煤ltimos expresidentes de El Salvador fueron acusados de corrupci贸n: uno est谩 preso, uno se exili贸, uno muri贸 durante el juicio. En Colombia todos los candidatos para las pr贸ximas elecciones presidenciales prometen sobre todo lucha a muerte contra la corrupci贸n. En Ecuador el candidato oficialista a la presidencia, Lenin Moreno, puede perder por los esc谩ndalos de corrupci贸n del gobierno de su jefe, Rafael Correa. En Venezuela la corrupci贸n oficial es la consigna que m谩s une a su oposici贸n: estudios internacionales lo definen como uno de los pa铆ses m谩s corruptos del mundo. En M茅xico la corrupci贸n es central en la disputa pol铆tica; hace unos meses el gobernador del estado de Veracruz, Javier Duarte, huy贸 para no enfrentar sus cargos. En Estados Unidos las acusaciones de Donald J. Trump sobre la supuesta corrupci贸n de los Clinton fueron un argumento decisivo de su campa帽a. Para Transparency International, que acaba de presentar sus 铆ndices de "percepci贸n de la corrupci贸n", los 煤nicos pa铆ses de la regi贸n cuyos habitantes creen que sus instituciones podr铆an llegar a controlarla son Uruguay, Chile y Costa Rica.

El delito no es nuevo: siempre ha habido gobernantes que se llenaron los bolsillos, o cuentas en Suiza y otros para铆sos fiscales. Lo -relativamente- nuevo es que la corrupci贸n p煤blica se haya transformado en el tema central del debate pol铆tico.

Hace unos a帽os un escritor argentino acu帽贸, para definir esa situaci贸n, un t茅rmino que todav铆a circula por all铆: llam贸 honestismo a "esa convicci贸n de que -casi- todos los males de un pa铆s son producto de la corrupci贸n en general y de la corrupci贸n de los pol铆ticos en particular". Y escribi贸 que, a menudo, esa convicci贸n reemplaza la discusi贸n sobre las estructuras sociales y econ贸micas que causan muchos de esos males, y sobre los cambios estructurales que deber铆an remediarlos.

El -tan justo- reclamo por la honestidad parece la expresi贸n m谩s evidente de una 茅poca que no consigue debatir proyectos, programas. Cuando millones de ciudadanos dudan sobre sus elecciones -o las evitan-, la centralidad de la corrupci贸n convierte el debate pol铆tico en un asunto policial.

La corrupci贸n tiene una gran ventaja sobre cualquier otro argumento: est谩 definida por la ley, no es opinable. Podemos discutir si un pa铆s debe garantizar a todos sus ciudadanos su salud o su educaci贸n o su vivienda, podemos preguntarnos qu茅 grados de desigualdad debe aceptar una sociedad o cu谩nto debe entregar el Estado a unos bancos, pero sabemos sin vacilaci贸n que ciertas apropiaciones de los bienes p煤blicos constituyen delito.

"Fulano roba" no es una opini贸n; es un hecho y una descalificaci贸n en la que todos acordamos. (O casi todos: en la Argentina un portavoz kirchnerista, Hern谩n Brienza, escribi贸 hace poco que聽"la corrupci贸n democratiza la pol铆tica" porque permite que todos participen. "Sin la corrupci贸n pueden llegar a las funciones p煤blicas aquellos que cuentan de antemano con recursos para hacer sus campa帽as pol铆ticas. No hay que ser ingenuos. S贸lo son decentes los que pueden 'darse el lujo' de ser decentes. Sin el financiamiento espurio s贸lo podr铆an hacer pol铆tica los ricos, los poderosos, los mercenarios, los que cuentan con recursos o donaciones de empresas privadas u ONG de Estados Unidos". La idea corresponde a ciertos movimientos que se proclaman populares y renovadores pero creen que la 煤nica forma de hacer pol铆tica es pagar por ello).

La corrupci贸n cuesta mucho dinero p煤blico -aunque menos que ciertas incapacidades generalizadas y ciertas decisiones perfectamente legales- y est谩 claro que debe desaparecer. Pero una cosa es querer que la honestidad sea el grado cero de cualquier pr谩ctica, y otra pretender que reemplace a la pol铆tica. "Lo que importa es que sean honestos, y la honestidad no es de izquierda ni de derecha", te repiten. La honestidad puede no serlo; los honestos, s铆. Un gobierno puede ser muy honestamente de izquierda o muy honestamente de derecha, y va a producir hechos completamente distintos.

Otro ejemplo argentino, con perd贸n: en 1999 su sociedad, harta de las corruptelas del menemismo, eligi贸 para el gobierno a una Alianza muy contranatura de conservadores y progresistas s贸lo porque proclamaban que eran honestos y acabar铆an con la corrupci贸n. La Alianza, encabezada por Fernando de la R煤a, no dur贸 m谩s de dos a帽os y se desintegr贸 en 2001, demostrando que se necesitan definiciones pol铆ticas que vayan m谩s all谩 de la supuesta honestidad.

La honestidad -y la voluntad y la capacidad y la eficacia-, cuando existen, act煤an, forzosamente, con determinadas intenciones, y son esas intenciones lo que vale la pena discutir. Pero el honestismo sirve para evitar -o postergar y postergar- ese debate.

El recurso al honestismo es caprichoso, estacional. Suele aumentar cuando un pa铆s vive momentos dif铆ciles: entonces, a menudo, resurge el c贸digo penal. En Brasil, mientras el Partido de los Trabajadores gobern贸 con bonanza y felicidad, nadie revis贸 sus entresijos. Cuando Rousseff aplic贸 un ajuste econ贸mico que perjudicaba a sus seguidores y no satisfac铆a a sus adversarios, el descontento general no quiso esperar plazos electorales; era m谩s f谩cil argumentar sus supuestos delitos para desalojarla.

Es caprichoso, estacional: las pr谩cticas confusas que una sociedad toler贸 en sus momentos de bonanza se le vuelven insoportables en los tiempos de crisis. Pero esos grandes principios que florecen en la estaci贸n de la sequ铆a suelen marchitarse en primavera. En Espa帽a, por ejemplo, el Partido Popular de Mariano Rajoy est谩 procesado por su manejo de dinero sucio y su extesorero, Luis B谩rcenas, lleva ocho a帽os en juicio por millones de euros no declarados con los que sosten铆a su estructura. Esto聽no impidi贸 que los espa帽oles volvieran a elegir a Rajoy una y otra vez, espoleados por cierta recuperaci贸n econ贸mica.

El fantasma, de todos modos, no se rinde. Algunos dicen que es bueno que la corrupci贸n se haya transformado en un tema central: que significa que nuestras sociedades est谩n madurando y quieren acabar con ella. Puede ser cierto; tambi茅n lo es que solemos vivir nuestras corrupciones cotidianas con bastante alegr铆a, que en nuestros pa铆ses son muy pocos los que prefieren pagar la multa a sobornar al polic铆a, que la difusi贸n de las grandes corruptelas ajenas nos sirve de excusa para justificar nuestras peque帽as: "S铆, ya s茅, pero si ellos se roban millones y millones...".

Y, sobre todo, que la miramos con curiosas anteojeras: que nos molesta mucho m谩s el chancho que quien le da de comer. Los pol铆ticos corrompidos son el gran enemigo; los empresarios corruptores son ciudadanos respetados, pilares de la comunidad. Quiz谩 sea porque sentimos que el pol铆tico se est谩 aprovechando del lugar donde "nosotros lo pusimos", mientras que el empresario, su complemento indispensable, todav铆a disfruta del prestigio de la iniciativa privada: al fin y al cabo es su dinero, dicen. Como quien dijera s铆, bueno, era su pistola.

En cualquier caso, la corrupci贸n es el mejor argumento para odiar a los pol铆ticos -y cantar y desear "que se vayan todos". Es justo, y quiz谩 necesario. El problema es que esos pol铆ticos nos convencieron de que la pol铆tica son sus tejemanejes y sus trampitas: que la pol铆tica es eso que ellos hacen. Entonces, al detestarlos, creemos que detestamos la pol铆tica, y no sabemos qu茅 hacer cuando queremos cambiar cosas. Se nos ocurre, si acaso, votar a alg煤n payaso que promete lo que jam谩s pens贸 cumplir, alg煤n machote que ofrece volver a esos buenos viejos tiempos que nunca existieron. El honestismo, cuando se desboca, puede ser el mejor precursor de ciertas epidemias: la enfermedad infantil del populismo.

El ant铆doto deber铆a buscarse en la pol铆tica: en la pol铆tica aut茅ntica, la discusi贸n de ideas, la movilizaci贸n de ciudadanos, la construcci贸n de mecanismos para mejorar las vidas de todos. No eso que hacen para sacar ventajas los que dicen que la hacen, no eso que hacen para sacar ventajas los que la denuncian, no eso que hacen los corruptos: algo nuevo, distinto, donde las corrupciones no tendr铆an lugar. S茅 que suena levemente imposible; hace cien a帽os, que una mujer votara era el delirio de unas pocas.

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