El hambre no importa
Por: Martín Caparrós / The New York Times
Septiembre 2018
Fotografia: vistazo.com

No es f√°cil saber cu√°ntos hombres y mujeres y chicos pasan hambre. Los hambrientos suelen vivir en pa√≠ses dif√≠ciles, con Estados que no solo son incapaces de asegurar su alimentaci√≥n; tampoco tienen los medios para contarlos. La Organizaci√≥n de las Naciones Unidas para la Alimentaci√≥n y la Agricultura (FAO) lo intenta: cada a√Īo debe anunciar cu√°ntos malnutridos hay en el mundo. Es toda una responsabilidad: en esa cifra se basan percepciones, pol√≠ticas, programas.

Este martes, la FAO anunci√≥ que hay 821 millones de hambrientos; el a√Īo pasado habl√≥ de 804 millones; en 2016, de 784 millones. Avanza sobre todo en √Āfrica, donde eran 212 millones en 2014 y este a√Īo se calculan 256 millones. Pero avanza tambi√©n en Am√©rica Latina, porque los precios de las materias primas que aumentaron la d√©cada pasada volvieron a bajar en los mercados globales y los que lo pagan son -casi- siempre los mismos. As√≠ que los 30.800.000 malnutridos de 2014 son ahora 32.300.000; parece una diferencia menor: es un mill√≥n y medio de personas.

Es el problema de los n√ļmeros: nos informan, nos alejan. Es f√°cil verlos y no mirarlos; es f√°cil no pensar que estos significan que una de cada nueve personas en el mundo no come suficiente porque casi nunca conocemos a esas personas. Por eso, probablemente, el hambre sigue siendo el horror solucionable que menos nos importa: mata m√°s que cualquier enfermedad pero siempre ataca a otros, a esos que no terminamos de pensar como "nosotros".

Es probable que el nuevo informe de la FAO suscite controversias: le suele suceder. Alguna vez las produjo por la forma en que actualizaba las cifras de la malnutrición; ahora se podría discutir cómo las justifica. La FAO no solo censa el hambre; también maneja programas para combatirlo.

El a√Īo pasado, cuando debi√≥ reconocer que hab√≠a vuelto a aumentar, dijo que la raz√≥n central fueron los "conflictos". Argument√≥ que m√°s del 60 por ciento de los malnutridos viv√≠a en pa√≠ses "en conflicto"; para eso, incluy√≥ como tales a la India, Rusia, Turqu√≠a o Tailandia -que no est√°n particularmente sacudidos por las guerras-.

El cambio clim√°tico era la otra causa fuerte. Pero, seg√ļn su propio informe, en 2016 hubo un 30 por ciento menos de desastres naturales que en 2006, cuando el hambre bajaba. Y, sobre todo: el cambio clim√°tico es un fen√≥meno global, pero en los pa√≠ses ricos el hambre sigue disminuyendo. Parece como si el clima, tan clasista, se encarnizara con los pobres.

Las causas principales del hambre no son esas emergencias, climáticas o bélicas. La inmensa mayoría de los hambrientos del mundo no lo son por males transitorios: llevan generaciones y generaciones de alimentarse poco. La mayoría no pasa hambre por una situación extraordinaria, coyuntural; lo pasa porque vive -como sus padres, sus abuelos- en un mundo organizado para que algunos tengan mucho y otros, por lo tanto, demasiado poco.

Hay 821 millones de pobres que no comen lo suficiente porque la producci√≥n global de alimentos est√° estructurada para satisfacer a los mercados desarrollados, para concentrar en ellos la riqueza alimentaria. Hace tres o cuatro d√©cadas sucedi√≥ el hecho hist√≥rico m√°s importante que la historia no registr√≥: por primera vez en miles y miles de a√Īos la humanidad fue capaz de producir comida suficiente para todos. Sigue si√©ndolo: este mundo produce comida que alcanzar√≠a para 12.000 millones de personas; tambi√©n produce casi mil millones de personas que no consiguen comprar esa comida. En este mundo no hay escasez de alimentos; hay escasez de dinero para comprarlos.

La concentración de la riqueza alimentaria se entiende mejor cuando se ve que un país como la Argentina, que se dedica a producir alimentos, que podría alimentar a 300 millones de personas, tiene más de dos millones de malnutridos -porque su enorme producción de granos está pensada para engordar chanchos chinos-. La fabricación de carne expone con claridad el mecanismo. Para producir un kilo de carne se necesitan diez kilos de cereal: cuando un productor tiene diez kilos de cereal -seamos esquemáticos- puede vendérselos a diez familias que comerán un kilo cada una o a un ganadero que se los dará a sus cerdos o vacas para producir un kilo de carne que venderá -más caro- a una o dos familias. Si se hace carne, muchos harán dinero en el proceso: el productor de granos, la cerealera que los exportará, la naviera que los transportará, el ganadero que se los dará a sus animales, el mayorista que le comprará la carne, el transportista que la distribuirá, el carnicero que la venderá. Y algunos, mientras, se quedarán sin comer.

El ejemplo de Níger lo explica de otro modo. Níger es uno de los países más pobres del mundo; algunos definen su situación como "hambre estructural" -para decir, sin decirlo, que es inevitable-. Y quien vea sus campos secos, pobres, lo creerá. Hasta que se entere de que Níger es, también, el segundo productor mundial de uranio. Con parte de ese mineral se podría montar la infraestructura -riegos, tractores, fertilizantes, depósitos, caminos- necesaria para mejorar los campos y conseguir que los nigerinos coman todos los días. Pero dos corporaciones, una china y una francesa, se llevan el uranio, así que en Niamey no queda plata para veleidades. Esa hambre estructural responde a otras estructuras: no la de la agricultura local, sino la del sistema económico global.

Son solo dos ejemplos. Los mecanismos de concentración de la riqueza alimentaria son numerosos, eficaces, y se confunden con la normalidad de nuestras sociedades. Por eso sus efectos son tan amplios, tan graves. Y por eso las soluciones asistenciales son parches sin futuro. Los cambios necesarios para que todos los hombres y mujeres y chicos del mundo coman lo que necesitan son varios y profundos, pero dependen de uno solo: que su hambre nos importe.

Cuando lo pienso, recuerdo a los ecologistas de mi facultad parisina hace ya m√°s de cuarenta a√Īos: eran pocos, nadie los escuchaba. Pero ellos y todos sus compa√Īeros siguieron insistiendo e impusieron la cuesti√≥n medioambiental como un punto central de las agendas p√ļblicas. La cuesti√≥n del hambre -el hecho intolerable de que una persona de cada nueve no coma suficiente- podr√≠a ocupar un lugar semejante. Para eso, la √ļnica condici√≥n ineludible es que queramos.

 

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