El m√°rtir que no era
Por: Martín Caparrós/ The New York Times
Febrero 2018
Fotografia: Alec Wainman ©The Estate of Alexander Wheeler Wainman, John Alexander Wainman (Serge Alternês)
Se cre√≠a que una fotograf√≠a de Hans Gutmann retrataba al sacerdote Mart√≠n Mart√≠nez Pascual antes de su ejecuci√≥n. Pero esta fotograf√≠a de Alec Wainman, publicada en "Almas vivas. La Guerra Civil espa√Īola en im√°genes", desminti√≥ que ese joven fuera Mart√≠nez Pascual.

Si alguna vez -un dios no lo permita- tuviera que escribir sobre los peligros de la creencia, contar√≠a la historia del beato Mart√≠n. Su vida fue tristemente breve: "En el pueblo de Valdealgorfa, provincia de Teruel, naci√≥ el d√≠a 11 de noviembre de 1910 el ni√Īo Mart√≠n Mart√≠nez Pascual. Sus padres eran un matrimonio muy trabajador y cristiano. Don Mart√≠n Mart√≠nez Callao era un conocido carpintero de la localidad y do√Īa Francisca Pascual Amposta era ama de casa. El matrimonio se esforz√≥ en inculcar muchos y buenos valores a sus tres hijos, los educaron en la fe cristiana desde una religiosidad sencilla...", dice, con su habitual intrepidez, la gacetilla cat√≥lica. Que tambi√©n cuenta que era un ni√Īo "travieso y alegre como todos" pero especialmente devoto del Sant√≠simo Sacramento y que en alg√ļn momento, tras a√Īos de monaguillo, decidi√≥ que desobedecer√≠a a su pap√°: que ser√≠a cura, no guardia civil.

En esos a√Īos el sacerdocio todav√≠a era un destino razonable: una salida laboral que muchos contemplaban. Al fin, el peque√Īo Mart√≠n consigui√≥ que lo mandaran al seminario de Belchite, Zaragoza: all√≠ estudi√≥, se recibi√≥, fue ordenado en 1932. Poco despu√©s entr√≥ en la orden de los Sacerdotes Operarios Diocesanos: curas que actuaban en el mundo del trabajo, que all√≠ se disputaban las conciencias. En esos d√≠as dos religiones -una m√°s atea que la otra- se enfrentaban, y las jerarqu√≠as cat√≥licas no quer√≠an perder a los obreros y otros pobres a manos de esos militantes que se presentaban como sus verdaderos salvadores, que hab√≠an reemplazado la verdad revelada por la marcha ineluctable de la historia. El padre don Mart√≠n, con 24 a√Īos, entendi√≥ su papel y sali√≥ a misionar. Era, dicen, un santo, y adem√°s era rubio, tan apuesto.

Pero poco despu√©s, en Espa√Īa, esa pelea estall√≥ en guerra; que fue, como todas las guerras, muy atroz. Los dos bandos estaban convencidos de que no bastaba con matar soldados. Matar civiles fue para los nacionalistas un mecanismo de control: cre√≠an que necesitaban el terror para imponerse. Para los republicanos fue puro descontrol: milicianos comunistas y anarquistas persegu√≠an a los "enemigos de clase", ricos, curas, polic√≠as. Muchos huyeron; otros no pudieron o, incluso, no quisieron.

Tras el estallido, el cura Mart√≠n Mart√≠nez Pascual se volvi√≥, preocupado, a su pueblo; le dijeron que unos milicianos lo rondaban y se escondi√≥ en una cueva de los alrededores. All√≠ dud√≥ durante tres semanas: las gacetillas cristianas dicen que "ese fue su viacrucis". Al fin, el 18 de agosto de 1936, los milicianos detuvieron a su padre y le mandaron decir que lo matar√≠an si no se presentaba. El cura, dicen, corri√≥ -literalmente- al pueblo. Dos o tres vecinos se lo cruzaron en el camino y le dijeron que no se entregara, que los rojos no eran tan brutos y que igual no matar√≠an al viejo Mart√≠nez; el joven les contest√≥ que qui√©n sabe y que no importaba, que √©l estaba dispuesto al sacrificio y al martirio. Se entreg√≥: esa misma tarde lo fusilaron junto a otros ocho sacerdotes. Ten√≠a 25 a√Īos.

Terriblemente, su historia fue una de tantas. En esa guerra los republicanos mataron a unos 70.000 civiles, los nacionalistas a m√°s de 150.000; cuando ganaron, el general Franco y los suyos asesinaron a muchos miles m√°s: las cifras, despu√©s de tanto tiempo, siguen siendo confusas. Pero los fascistas hab√≠an ganado su "Cruzada" y, para exaltarla, precisaban m√°rtires. El padre Mart√≠n fue uno de ellos: su historia se contaba en iglesias y colegios, se imprim√≠a en libros y folletos, se ilustraba en dibujos y pel√≠culas; en 1995, todav√≠a, el papa Wojtyła lo declar√≥ "beato", casi santo.

La adoraci√≥n crec√≠a: ya estaba sancionada por la ley de su dios. Y hab√≠a una imagen que ayudaba tanto: aquella foto, tomada por un reportero alem√°n, Hans Gutmann, lo mostraba, seg√ļn su leyenda, "tranquilo, minutos antes de enfrentar al pelot√≥n". El padre Mart√≠n ten√≠a pelos rizados y revueltos, barba tupida, el gesto decidido, los ojos claros limpios y optimistas: era la viva imagen de alguien a quien la muerte no asustaba; porque, claro, lo llevar√≠a con su Creador. Su foto se volvi√≥ un √≠cono de aquel catolicismo perseguido por la canalla atea; fue, de alg√ļn modo, el reverso de la famosa imagen de Robert Capa del miliciano que cae herido con los brazos abiertos. De la foto se hicieron estampitas, sus fieles la adoraron: cu√°ntas cosas le habr√°n pedido se√Īoras y se√Īores, se√Īoritas, ni√Īos; cu√°ntos amores, fortunas, c√°nceres, ex√°menes, empates, venganzas y favores le ser√≠an suplicados.

Hasta que, hace unos a√Īos, la noticia: el hombre de la foto ni era cura ni estaba por morirse. Se supo cuando apareci√≥ un libro -Almas vivas. La Guerra Civil espa√Īola en im√°genes- con las fotos tomadas por un miembro de la ayuda m√©dica brit√°nica, el ingl√©s Alec Wainman, destacado en Arag√≥n en esos primeros d√≠as de la guerra. All√≠, en una imagen datada con certeza el 23 de septiembre, aparece el supuesto cura supuestamente fusilado un mes antes, vivo y sonriente y vestido de miliciano comunista, la cartuchera al cinto. El fot√≥grafo alem√°n, dicen ahora, se habr√≠a equivocado en la leyenda de su foto.

Debe ser raro descubrir de pronto que uno ha adorado al enemigo, a un combatiente ateo. Si yo le hubiera rezado, si yo le hubiera pedido alguna cosa me sentir√≠a, supongo, defraudado. Pero quiz√° sea un error m√≠o. Me dir√°n que, con la misma fe, millones desde hace dos mil a√Īos han adorado im√°genes de un muchacho rubio que deber√≠a ser un campesino palestino que resucit√≥ y de unos beb√©s con alas que lo cuidan y de una se√Īora que lo dio a luz tan virgen: que as√≠ es la fe y que, frente a esas cosas, un santo que en realidad era un demonio es muy poquita cosa.

Es una tradici√≥n, la nuestra, la cultura que nos ha formado. Y despu√©s hay quienes se sorprenden del espacio que tienen, en ella, minucias como la posverdad, las fake news, los enga√Īos menores. Nos ense√Īaron a creer sin preguntar, aprendimos, lo hacemos.

 

 

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