El mundo (post)mundial: la muerte del gol
Por: Martín Caparrós / The New York Times
Octubre 2018
Fotografia: Gabriel Bouys/Agence France-Presse ‚ÄĒ Getty Images

Fue hace unos d√≠as: era s√°bado, todav√≠a sol en Barcelona y el Camp Nou rebosaba. El partido estaba por empezar; miles hab√≠an venido para ver a uno, un muchacho ya treinta√Īero llamado Lionel Messi. Por eso, un suspiro de decepci√≥n recorri√≥ las tribunas ante el anuncio de que no jugar√≠a. √Čl, que nunca paraba, el Deportivo Jugar Siempre, mirar√≠a desde el banco en un partido importante para su equipo, el Barcelona, que ven√≠a de perder con el √ļltimo y buscaba revancha. Era raro, inesperado; esa tarde, en el Camp Nou, algo se deshac√≠a. Mientras, en otro campo, el Real Madrid, gran ca√Īonero, completaba tres partidos sin meter un gol.

La Liga espa√Īola est√° rara, pero no fue lo √ļnico que cambi√≥ tras esos d√≠as del verano ruso: quiz√°s alguna vez digamos que el Mundial 2018 marc√≥ el fin de una √©poca. Se acabaron, para empezar, los tiempos dorad√≠simos en que dos jugadores como hubo pocos en la historia se disputaban el trono global. Nunca antes hab√≠a habido -y quiz√° nunca haya- esa coincidencia y competencia de dos estrellas que hicieron, durante a√Īos, casi un gol por partido en los partidos m√°s dif√≠ciles, jugando con y contra los mejores. Messi y Cristiano siguen vivos y coleando, pero sus caminos se separaron y ya iniciaron el descenso. Messi empieza a cuidarse; Cristiano lo intenta en una Liga m√°s f√°cil y por primera vez en diez a√Īos ninguno de los dos fue elegido el Mejor.

Los remplaz√≥ el croata Luka Modri?, y es otro efecto del Mundial de Rusia. All√≠, cuando los viejos dioses se volvieron terrenos, los interesados -grandes cadenas de tev√©, grandes marcas de todo, la FIFA, tantos m√°s- se apuraron a buscarles remplazantes: el mercado debe continuar. El candidato m√°s claro era Neymar -para eso se hab√≠a ido a Par√≠s por m√°s de 250 millones de d√≥lares- pero no funcion√≥: all√≠ mismo, en Rusia, sus zambullidas histri√≥nicas lo llevaron a un rid√≠culo del que no se ha repuesto. La opci√≥n fue su compa√Īero Mbapp√©: puede que lo consiga -es joven, apuesto, amable, atl√©tico, tan vano- pero le falta todav√≠a. As√≠ que, este a√Īo, los interesados se resignaron a una transici√≥n: Modri?, un se√Īor de 33 que siempre fue fino pero nunca decisivo y que, dos d√≠as despu√©s de su consagraci√≥n, no consigui√≥ evitar una derrota de su Real Madrid por 3 a 0.

El Mundial ruso tambi√©n mostr√≥, como ninguno antes, crudo, bruto, los efectos del mercado en el planeta f√ļtbol. La divisi√≥n internacional del trabajo entre pa√≠ses productores y pa√≠ses consumidores de carne de futbolista ha llegado a tal punto que los productores -Brasil, Uruguay, Argentina, Colombia- no consiguieron nada en esa cita donde sol√≠an conseguirlo todo. Y que los consumidores, a fuerza de consumir, han aprendido a producir: imitando al gran imitador, Europa se nos volvi√≥ china y ya sabe fabricar copias conforme, futbolistas tan habilidosa y p√≠caramente sudacas como los sudacas originales.

As√≠ que √ļltimamente se venden m√°s franceses que argentinos, aunque no siempre valgan lo que cuestan. Porque, m√°s all√° de variaciones y carencias, ya sabemos: el mercado debe continuar y, para eso, todos hacen como si. Hay que comprar, hay que vender, aunque no haya realmente qu√©. Este verano, por ejemplo, este Barcelona compr√≥ jugadores por 150 millones de d√≥lares -que no juegan en el primer equipo-. Sus nuevos reclutas -los brasile√Īos Arthur y Malcom, el chileno Vidal, el franc√©s Lenglet, los recuperados Rafinha y Munir- intentan remplazar a los viejos titulares y son remplazados cada vez. Lo mismo suele pasarle al Real Madrid y otros compradores sempiternos.

Pero -nobleza obliga- nada de lo ruso hizo tanto ruido como un show de la televisi√≥n: el videoarbitraje (VAR), que all√≠ se hizo famoso, se est√° difundiendo por el mundo y ya empieza a cambiar la forma en que vemos el f√ļtbol. Todo consiste, nos explican, en conseguir m√°s y mejor justicia: que los errores humanos no condicionen resultados que cada vez influyen m√°s en m√°s humanos.

Dejemos de lado el hecho obvio de que para conseguir esa justicia se necesita un equipamiento que solo tendrán los poderosos: que la justicia será, una vez más, privilegio de los ricos. No insistamos en que el VAR propagandiza el poder de la técnica: la idea de que los hombres se equivocan y la máquina corrige, y que entonces los hombres deben entregarle su poder de decisión.

Olvidemos, tambi√©n, que una buena parte del placer del f√ļtbol estaba en discutir y ahora se pretende que no haya discusi√≥n sino una m√°quina que sabe. Todo eso, dir√° cualquier fan√°tico, son pamplinas, tetrapiloctom√≠a para intelectuales fastidiosos. Pero ninguno negar√° que el VAR plantea un problema serio: la indefinici√≥n, el triunfo de la duda. La duda est√° muy bien en muchos campos, pero uno va a un campo de f√ļtbol para encontrar certezas. En cada cancha se establec√≠a una unidad de tiempo y de lugar: todo lo que era pasaba all√≠, en ese cuadrado verde, ante los ojos del espectador -y lo que ves es lo que es-. Ya no.

Ahora, cuando 80.000 personas en una cancha y millones en millones de televisores ven que una pelota entra en un arco, puede que sea pero puede que no. El tiempo no es ahora: hay que esperar la decisión unos minutos. El lugar no es aquí: la decisión se toma en una cueva, lejos de las miradas.

Es un cambio radical, y est√° matando al gol. La justicia conspira contra la emoci√≥n, la burocracia contra el cl√≠max. El gol es la gran ventaja del f√ļtbol sobre todos esos deportes -b√°squet, tenis, rugby- donde lograr un punto es casi rutinario. El f√ļtbol es lo que es porque el gol es lo que es: ese momento de estallido, ese momento extraordinario en que todo cambia y todo se vuelve algarab√≠a. Ese momento est√°, ahora, amenazado por el VAR. La pelota entra al arco, se queda all√≠, y los jugadores se miran sin saber si deben festejar, los relatores tosen, el p√ļblico reprime unos gritos que podr√≠an ser rid√≠culos si el VAR dice que esa pelota que entr√≥ al arco no existi√≥.

El gol, ese rayo de explosi√≥n y regocijo, se ha transformado en un momento de la duda, y es horrible. Aquel d√≠a, en el Camp Nou, hubo una de esas: los jugadores abortaron abrazos, el p√ļblico ahog√≥ gritos, hasta los relatores de la tele se callaron la boca. El √°rbitro, al fin, tras dos minutos infinitos, dijo que s√≠ hab√≠a sido gol, y algunos intentaron compensarlo. Los jugadores y el p√ļblico hicieron como que festejaban pero no funcion√≥: era un remedo, una caricatura. La justicia, si tarda, no es justicia, dicen los leguleyos. Quiz√° los due√Īos del deporte deban preguntarse si, en un espect√°culo, importa m√°s esa forma lenta, torpe de la dizque justicia o la emoci√≥n.

Si es mejor no equivocarse o acertar.

 

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