El narco llegó a las urnas
Por: Jorge Zepeda Patterson / El País
Junio 2018
Fotografia: AMPrensa.com

Pasamos tanto tiempo temiendo que el dinero de los c√°rteles de la droga financie campa√Īas electorales de los pol√≠ticos, que nunca vimos venir a lo sicarios que llegaron para ejecutarlos. Todo indica que los narcos decidieron que los funcionarios no son de fiar, incluso comprados; y que resulta mucho m√°s seguro tener los propios. ¬ŅO de qu√© otra manera entender el medio centenar de candidatos asesinados durante la presente campa√Īa electoral? (123 personas si se incluyen a funcionarios p√ļblicos).

Como en tantos otros renglones en materia de inseguridad p√ļblica en M√©xico, estamos ante un nuevo y sangriento r√©cord. La violencia siempre ha estado presente en los comicios de una u otra manera, pero por lo general sol√≠a tener un correlato esencialmente pol√≠tico, un exabrupto ocasional entre las corrientes que se disputan el poder. El asesinato del candidato presidencial Luis Donaldo Colosio en 1994 fue considerado una purga interna entre las filas priistas y la mayor parte de los incidentes y balaceras durante las campa√Īas han sido atribuidas a desencuentros entre fracciones pol√≠ticas rivales. Ahora se trata de otra cosa.

 

La mayor parte de los 49 candidatos asesinados en las √ļltimas semanas fueron ejecutados con usos y costumbres del crimen organizado. Pistoleros con cuernos de chivo que acribillan el auto en el que viaja por un camino regional el candidato y sus acompa√Īantes. Los menos han sido ejecutados por un solo sicario.

En todos los casos se trata de aspirantes a un cargo pol√≠tico local: alcald√≠as de poblaciones peque√Īas y medianas, por lo general. El √ļnico ataque en contra de un candidato a un puesto federal fue en contra de Fernando Pur√≥n Johnston, quien recibi√≥ un tiro en la nuca al t√©rmino de un mitin. Pur√≥n buscaba una curul en el congreso nacional, aunque se sab√≠a de sus fricciones con el narco durante su gesti√≥n como alcalde de Piedras Negras, Coahuila, de 2014 a 2017.

Se me dir√° que no es la primera vez que el narco interviene ostensiblemente en las elecciones. En 2010 un comando asesin√≥ a Rodolfo Torr√© Cant√ļ, candidato del PRI al gobierno de Tamaulipas. Claramente se trat√≥ de una medida extrema en un proceso de desencuentros entre la clase pol√≠tica y el poder criminal local. Lo que ahora vemos es de otra escala y refleja la manera en que los c√°rteles se han apropiado de regiones rurales completas. Ya no basta asegurar una alcald√≠a permisiva que les permita el trasiego de drogas; ahora el narco requiere el control absoluto de la polic√≠a municipal. Eso le permite blindar la plaza para impedir el arribo de bandas rivales y expandir sus actividades a muchos otros rubros delictivos: pirater√≠a, tala de bosques, robo de ganado, asalto a transportistas, extorsi√≥n generalizada a comercios y productores, prostituci√≥n, entre otros.

Podr√° decirse que 49 muertos son pocos en un pa√≠s en el que la cifra de asesinados superar√° las 25.000 personas este a√Īo. Pero por desgracia son suficientes para alterar el significado mismo de los procesos electorales en estas regiones. Por cada candidato sacrificado hay centenares que prefieren renunciar a la candidatura y seguramente son m√°s los que deciden de plano doblar las manos y ceder a las presiones de los capos locales (que normalmente comienzan por exigir la comandancia de polic√≠a para uno de los suyos). En ese sentido, el impacto es enorme, particularmente en las entidades de mayor incidencia como Puebla, Oaxaca y Guerrero.

Ciertamente el fenómeno es regional. No estamos hablando de la posibilidad de un narco presidente, ni mucho menos. Entre otras cosas porque los cárteles de la droga carecen de una estrategia política nacional como tal. Los liderazgos legendarios han sido derrumbados y los principales cárteles son más bien confederaciones de bandas salvajes y feudalizadas en parmente lucha entre sí. Lo suyo es el control del territorio local, por el momento.

Pero eso no hace menos preocupante la progresi√≥n del crimen organizado sobre la estructura pol√≠tica. As√≠ comenz√≥ la ola de inseguridad que termin√≥ por tragarse al pa√≠s entero. Hace diez o 15 a√Īos habl√°bamos de la violencia en la frontera o en Tierra Caliente como si se tratase de anomal√≠as o de un pa√≠s ex√≥tico y b√°rbaro, ajeno a las ciudades donde viven los cristianos. Hoy la delincuencia opera sin tapujos en los barrios acomodados de la capital. Algo similar est√° sucediendo con la intervenci√≥n del narco en las elecciones.

El problema con los elefantes rosas en la habitaci√≥n que pretendemos no ver es que tarde o temprano terminan aplast√°ndote. Hoy son presidentes municipales, ma√Īana gobernadores; al final, la barbarie.

 

 

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