Espa√Īa: La grieta avanza
Por: Martín Caparrós/ The New York Times
Octubre 2017
Fotografia: Jack Taylor/Getty Images

Catalu√Īa est√° conmocionada, los catalanes est√°n conmocionados. Nadie parece quedar del todo al margen. Hay personas que se quejan porque sus vidas est√°n lastradas por la incertidumbre, personas que se emocionan porque sienten en la cara el viento de la Historia, personas que se molestan porque quieren desentenderse y no lo logran, personas que se angustian porque no saben qu√© pensar, de qu√© lado ponerse. Algo pasa cuando la pol√≠tica se convierte en emoci√≥n: a veces es bueno, a veces menos.

Corren tiempos fuertes: en las casas, las calles, los campos, los trabajos, nadie duda de que vive una situaci√≥n extraordinaria. Una situaci√≥n se vuelve extraordinaria cuando te acostumbra a esperar lo inesperado. Y lo inesperado ha sucedido tanto, √ļltimamente, que todos creen que podr√≠a volver a suceder. Si no sucede, si las cosas siguen su curso actual, en los pr√≥ximos d√≠as el gobierno espa√Īol suspender√° las instituciones de la democracia catalana -su gobierno, su hacienda, su polic√≠a, su televisi√≥n- y gobernar√° Catalu√Īa en su lugar.

Se apoyará en el artículo 155 de la Constitución de 1978, que permite que el gobierno central intervenga si una región lo desconoce. El artículo es tan rebuscadamente vago y breve que consiente casi cualquier cosa. Nunca nadie lo usó, pero ahora el Partido Popular está dispuesto a aprovecharlo -con la ayuda de su leal oposición, ese partido que todavía llaman Socialista Obrero-.

El presidente Mariano Rajoy dijo el viernes pasado que la situación "no le deja más remedio". Desde su punto de vista tiene razón: si una región quiere separarse, el gobierno central debe impedirlo. Lo que no dijo fue que había hecho todo lo imaginable para que la voluntad de separarse fuera la respuesta más ajustada a sus desprecios y agresiones. Tampoco justificó la paradoja de suspender el sistema constitucional en nombre de la defensa de la Constitución, los organismos democráticos en nombre de la Democracia. Otra vez, el camino del infierno es asfaltado con buenas intenciones, y ya no parece camino sino grieta, un diálogo imposible.

La grieta es el resultado del enfrentamiento entre dos l√≥gicas nacionalistas contrapuestas. Parecen oponerse en todo pero no: est√°n de acuerdo, entre otras cosas, en enfrentarse y revolear banderas y aliarse con quien sea en nombre de la patria. Ahora, por ejemplo, buena parte de la izquierda catalana est√° en la calle apoyando a Carles Puigdemont, jefe del partido que recort√≥ las prestaciones sociales como ninguno antes, que protagoniz√≥ corruptelas magn√≠ficas, contra el que manifestaron una y otra vez antes de que los uniera una bandera patria. Y ese partido ahora se enfrenta audaz a su aliado en aquellos recortes, aquellas corruptelas -el Partido Popular espa√Īol-, porque los separan dos banderas patrias.

Pero la grieta tambi√©n enfrenta diferencias; entre lo legal y lo leg√≠timo, por ejemplo. En todo este proceso el gobierno de la derecha espa√Īola se ha parapetado tras la ley: sus argumentos la enarbolan, sus intervenciones se usaron como punta de lanza al Tribunal Constitucional. La legalidad est√° de su lado, dicen, y los catalanistas contraatacan con la legitimidad: que sus demandas son justas, que si la ley no las contempla hay que cambiarla. No, la ley est√° hecha para cumplirse, dicen unos; s√≠, pero si siempre se hubiera cumplido ciegamente seguir√≠a habiendo esclavos, les contestan, o mujeres sin derecho al voto. A veces la ley deja de tener el consenso que la fund√≥, y hay movimientos que tratan de cambiarla.

La grieta tambi√©n lleg√≥ al sal√≥n del trono. Los espa√Īoles, cuando hablan de Catalu√Īa, intentan soslayarlo, pero el "factor Rep√ļblica" es central. Los independentistas no solo quieren armar otro pa√≠s; quieren, adem√°s, que ese pa√≠s no tenga reyes. Eso explica, tambi√©n, la violencia con que los enfrenta el gobierno de Madrid y la corte de Felipe VI. Quien, en lugar de poner pa√Īos fr√≠os, los calienta. Su discurso del jueves pasado no busc√≥ acercar a sus millones de s√ļbditos catalanes disconformes sino decirles que su conducta es inaceptable.

La grieta tambi√©n fisura ideas sobre la democracia. ¬ŅQui√©n decide qu√©, c√≥mo, por qu√© medios? El argumento m√°s ponderado de los espa√Īolistas contra los "indepes" consiste en que no representan a la mayor√≠a de sus ciudadanos. Es cierto que solo los votaron 2 millones, el 36 por ciento del censo catal√°n, pero tambi√©n lo es que el Partido Popular gobierna el pa√≠s con los votos de 8 millones, el 22 por ciento del censo espa√Īol. Y tambi√©n es cierto que, cuando aplique el art√≠culo 155, sus dirigentes regir√°n -en nombre de la democracia- una regi√≥n donde no alcanzan a representar al 6 por ciento de sus ciudadanos.

Vivimos en democracias confusas, de baja intensidad, que se justifican por el mayor n√ļmero pero nunca involucran a las verdaderas mayor√≠as. No es azaroso que cada vez menos personas, en cada vez m√°s pa√≠ses, crean en ese sistema. Y que ese sistema sea cada vez menos capaz de solucionar los conflictos presentes.

En cualquier caso será esa legalidad democrática la que justifique la intervención del Estado central en las instituciones catalanas. Es posible que en estos días, justo antes de que Madrid lo destituya, el president Puigdemont declare la independencia. Sería una forma de decir que no hay retorno, pero hay miembros importantes de su partido que lo presionan para que no lo haga. Entre ellos, se dice, el expresident Artur Mas, el que le dio su cargo. Y, sobre todo, las grandes empresas catalanas que, con su abandono de Barcelona, votaron muy en contra.

A cada lado de la grieta las partes se atrincheran. Nadie sabe c√≥mo recibir√° Catalu√Īa la "invasi√≥n espa√Īola", pero el cari√Īo no est√° entre las opciones. Distintos grupos ya se entrenan para resistir -por ahora sin violencia- su llegada que, visto lo visto, podr√≠a ser violenta. Es probable que no consigan mucho: la fuerza de un Estado que despliega sus fuerzas es dif√≠cil de contrarrestar. Pero tambi√©n es dif√≠cil imaginar c√≥mo ese Estado podr√° convencer a los catalanes de aceptarlo, de reintegrarse a √©l. En un plazo impreciso -que deber√≠a medirse en meses-¬† el gobierno espa√Īol debe convocar elecciones auton√≥micas en Catalu√Īa: es probable que los partidos independentistas rentabilicen en votos el malestar por la intervenci√≥n, y no est√° claro que podr√≠a hacer Madrid para impedirlo -salvo prohibirles que se presenten y agrietar todav√≠a m√°s el sistema democr√°tico-.

Mientras, la grieta crece. Millones de catalanes identifican a Espa√Īa con el gobierno del Partido Popular y sienten que ese gobierno -ese pa√≠s- los priva de su libertad. Y millones de espa√Īoles sienten que Catalu√Īa -en lugar de acompa√Īarlos en la construcci√≥n de un pa√≠s mejor- solo quiere abandonarlos. Quiz√° por eso muchos espa√Īoles no consiguen identificarse con ellos: no entienden que su gobierno podr√≠a tratar a cualquier otro rebelde como trata a los rebeldes catalanes, que si manda a su Guardia Civil a impedir una votaci√≥n o si detiene por "sedici√≥n" a dirigentes catalanistas, podr√≠a hacer lo mismo con cualquier otro movimiento que le resulte amenazante.

La grieta est√° instalada. Mucho tendr√≠a que cambiar Espa√Īa para que millones de catalanes vuelvan a sentirse parte de ella; mucho tendr√≠a que cambiar Catalu√Īa para que millones de espa√Īoles vuelvan a sentirla suya. Pero la grieta crece tambi√©n entre los catalanes: despu√©s de todo, una mitad quiere la independencia y la otra no, y la convivencia se complica: amistades rotas, proyectos truncos, familias enfrentadas, reproches encendidos. Aun cuando el proceso pol√≠tico encuentre un cauce, la vida en Catalu√Īa no ser√° f√°cil durante muchos a√Īos. La grieta, parece, lleg√≥ para quedarse.

 

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