La Argentina otra vez de nuevo
Por: Mart铆n Caparr贸s/ The New York Times
Mayo 2018
Fotografia: Eitan Abramovich/Agence France-Presse 鈥 Getty Images

La Argentina otra vez en su tormenta. Crecen las olas, el viento ruge, el mar se encrespa y ahora, entre las olas, hay un monstruo, ese que los argentinos nos acostumbramos a pensar como la fuente de todas las desgracias: el Fondo Monetario Internacional (FMI). Despu茅s de doce a帽os sin Fondo, el FMI vuelve a la pol铆tica argentina llamado por un gobierno que muchos acusaban de trabajar para ese tipo de instituciones y que se pas贸 dos a帽os intentando desmentirlo, antes de caer en su propia caricatura.

El monstruo est谩 en la superficie. Lo bueno ser铆a saber qu茅 hay bajo del agua. O, dicho de otra manera: por qu茅 el gobierno de Mauricio Macri decidi贸 despilfarrar tanto capital pol铆tico聽pidiendo alrededor de 30.000 millones de d贸lares al FMI; por qu茅 supuso que no ten铆a otra salida.

Hace solo dos semanas parec铆a que la Argentina estaba bajo control, pero eso es una contradicci贸n en t茅rminos. En aquel pa铆s de abril los precios b谩sicos estaban altos, los servicios p煤blicos sub铆an, cada vez m谩s personas tem铆an no llegar a fin de mes y el gobierno insist铆a en que no hab铆a que preocuparse, que todo se iba arreglando hasta que, hace unos d铆as, estall贸. El d贸lar, el eterno refugio y amenaza de los argentinos, se sali贸 de control.

No hay muchos pa铆ses con moneda propia donde otra moneda sea tan importante. En la Argentina el d贸lar importa porque los montos decisivos -una casa, un coche, una deuda- siempre est谩n en d贸lares; importa porque nadie ahorra en pesos; importa porque cuando el d贸lar sube todo sube; importa porque, ante cualquier temor, los argentinos que pueden corren a comprarlos. Ya en 1962 un humorista genial, Tato Bores, lo burlaba en un sketch...

As铆 que cuando el d贸lar se escap贸 cundi贸 el p谩nico: millones de personas asustadas, hastiadas por la vuelta de siempre lo mismo. Cuando asumi贸, el presidente Macri decidi贸 no tener un ministro de Econom铆a que opacara su poder y reparti贸 el cargo entre varios funcionarios. Entre todos fueron anunciando, en estos d铆as, sus medidas: b谩sicamente, la reducci贸n del gasto p煤blico y el aumento de las tasas de inter茅s del Banco Central argentino al 40 por ciento. Las dos son pura recesi贸n: bajar el gasto p煤blico frena la econom铆a porque reduce las obras p煤blicas que proveen empleos y dineros; pagar semejantes intereses frena la econom铆a porque elimina toda tentaci贸n de invertir en cualquier cosa que no sea esa especulaci贸n tan rentable.

Las medidas no parecieron funcionar: el d贸lar sigui贸 subiendo, las acciones argentinas en Wall Street cayeron en picada, los porte帽os empezaron a retirar sus dep贸sitos bancarios.

Hoy a esta hora -la situaci贸n cambia por momentos- muchos creen que la caja de Pandora volvi贸 a abrirse: que otra vez de nuevo. Imagino a la Argentina como una caja de Pandora enorme, tan grande como el territorio nacional, y millones de personas sentadas encima, haciendo fuerza, presionando con pu帽os y gl煤teos para intentar que no se abra; al final, la caja siempre vuelve a abrirse y todos saltamos por los aires y despu茅s, tiempo despu茅s, con gran esfuerzo y renovadas esperanzas -alguien que nos convence- volvemos a subirnos, nos sentamos encima, hacemos fuerza, presionamos con pu帽os y...

La sensaci贸n de d茅j脿 vu creci贸 cuando el gobierno anunci贸 que se hab铆a lanzado a los brazos del oso. No hay entidad m谩s odiada en la Argentina que el Fondo Monetario Internacional: la mayor铆a de los ciudadanos est谩 convencida -con buenos argumentos- de que tiene la culpa de las peores crisis. Uno de los grandes momentos del gobierno anterior lleg贸 el 3 de enero de 2006, cuando el presidente N茅stor Kirchner pag贸 los 9.810 millones de d贸lares que la Argentina le deb铆a al FMI "para construir nuestra autonom铆a"; y se los recibi贸, en nombre del Fondo, su entonces director Rodrigo Rato, espa帽ol procesado por diversos fraudes.

Ahora el gobierno arguye que la intervenci贸n del FMI lo respalda en los mercados internacionales y que su dinero es m谩s barato que cualquier otro. Lo es, quiz谩s, en t茅rminos econ贸micos, pero suele ser muy caro en t茅rminos pol铆ticos: impone decisiones al Estado. Y un rechazo interno brutal.

As铆 que los efectos pol铆ticos de la corrida del d贸lar y la llegada del Fondo son tan incalculables como sus efectos econ贸micos. Hace dos o tres semanas Mauricio Macri cre铆a que su reelecci贸n en 2019 era casi segura. Su partido,聽Propuesta Republicana, hizo una buena elecci贸n el a帽o pasado y, sobre todo, no tiene oposici贸n: grupos dispersos, descabezados, sin candidata/os, sin proyecto. Ahora, de pronto, le surgi贸 un enemigo feroz: la realidad. No hay ninguno mejor para alumbrar opciones, despertar l铆deres, acabar con tantos sue帽os de grandeza; que, en la Argentina, suelen volverse pesadillas chiquitas.

As铆 que es probable que, en poco tiempo, aparezca una oposici贸n m谩s consolidada. Esta crisis le ofrece lo m谩s dif铆cil: un eje discursivo. A partir de ahora el FMI y los que lo llamaron pasar谩n a ser la raz贸n de todos los males argentinos.

Y males tiene: la Argentina lleva d茅cadas de crisis peri贸dicas que la convirtieron en ese pa铆s calesita -o tiovivo o carrusel- que parece dar vueltas sobre s铆 mismo, volver siempre adonde estaba.

El tema de fondo son los fondos, o la falta de ellos. Lo llaman d茅ficit fiscal: el Estado argentino gasta mucho m谩s que lo que tiene y aun as铆 no cumple con sus obligaciones. No provee, como deber铆a, buena salud, educaci贸n, seguridad, infraestructuras. Los que pueden se las pagan privadas; los que no, sufren su calidad tan pobre. El Estado argentino solo funciona como un sistema de reparto de prebendas y limosnas. En 2001, los argentinos que viv铆an directamente del Estado -trabajando para 茅l o recibiendo sus subsidios- no llegaban al 20 por ciento de la poblaci贸n; en 2015, era el doble. Pero ese aumento estatal no consigui贸 ninguna mejora importante: poco m谩s de un cuarto de los argentinos sigue siendo pobre.

El sistema es perfectamente ineficaz para reducir en serio la pobreza, para integrar a los m谩s marginales y crear empleo para que los m谩s pobres dejen de serlo, se ganen la vida. El sistema es muy bueno, en cambio, para mantenerlos apenas a flote, pero siempre dependientes del poder pol铆tico de turno v铆a empleos in煤tiles o ayudas escasas: el perfecto sometimiento clientelar.

El Estado argentino tiene un d茅ficit sistem谩tico y dos respuestas cl谩sicas, repetidas d茅cada tras d茅cada: se endeuda y/o emite moneda. Es pan duro para hoy, hambre para ma帽ana: al cabo de unos a帽os, la deuda o la inflaci贸n, o ambas, terminan por provocar la en茅sima crisis. El d茅ficit no tiene que ver con que no cobre impuestos: la presi贸n fiscal argentina est谩 alrededor del 35 por ciento de los ingresos, muy por encima de los dem谩s pa铆ses latinoamericanos; al mismo nivel de los pa铆ses europeos, pero sin los servicios que ofrecen sus Estados.

Para enfrentar ese d茅ficit, los economistas cl谩sicos -los m谩s cercanos al gobierno actual- siempre proponen recortar el gasto p煤blico. Lo dice, literal, el Directorio del Fondo Monetario en su publicaci贸n m谩s reciente sobre Argentina: "Es esencial reducir el gasto p煤blico, sobre todo en los 谩mbitos en que dicho gasto ha aumentado r谩pidamente en los 煤ltimos a帽os, en particular: salarios, pensiones y transferencias sociales".

En cambio, no suelen proponer la opci贸n sim茅trica: aumentar los ingresos recaudando mejor. La estructura fiscal argentina es un antiguo error. Muchos impuestos son injustos -el Impuesto al Valor Agregado, el m谩s regresivo de todos, aporta casi un tercio de la recaudaci贸n- y, adem谩s, hay dos sectores decisivos que tributan poco: las grandes empresas, por supuesto, con sus batallones de abogados y contadores para evadir todo lo posible, y ese 30 por ciento de la econom铆a que sigue siendo informal.

As铆 que la Argentina es, todav铆a, un pa铆s rico lleno de pobres, un pa铆s pobre lleno de ricos, una sociedad fallida donde algunos viven por encima de nuestras posibilidades y tantos por debajo. Y donde ninguno de los partidos grandes se atreve a decir que es preciso hacer ciertos sacrificios y, sobre todo, qui茅n tiene que hacerlos, para qu茅.

Como escrib铆a hace unos d铆as un gran articulista, Alejandro Borensztein, el hijo de aquel humorista de la d茅cada de los sesenta, en su columna de supuesto humor del diario Clar铆n: "Alguien tiene que salir a explicar que nadie tiene derecho a pedir m谩s nada. Salvo el 30 por ciento de pobres. No es que ellos sean la prioridad. Son la 煤nica prioridad. A los dem谩s solo les cabe poner. Empresarios, sindicalistas, industriales, legisladores, gobernadores, jueces, ministros, constructores, agroganaderos, empleados, profesionales, monotributistas, exportadores, importadores, banqueros, periodistas, artesanos, textiles y funcionarios de todo tipo. Nadie m谩s pide m谩s nada. Todos ponen, en la medida de cada uno. Salvo el 30 por ciento al que hay que ir a rescatar".

Pero nadie puede pedir sacrificios si no ofrece un plan que le d茅 sentido. Y ese sentido -la idea de construcci贸n, el proyecto de un pa铆s- es lo que falta en la Argentina. Habr铆a que buscarlo: lanzar un gran debate nacional -por encima o el costado o detr谩s de los que ahora tienen el monopolio de la palabra, m谩s all谩 y m谩s ac谩 de pol铆ticos, periodistas, curas, cocineros, jueces, grandes empresarios- que permita conversar en serio, el tiempo que sea necesario, hasta encontrar una s铆ntesis que convenza a muchos sobre c贸mo empezar a construir un pa铆s. Lo que deber铆a hacer la pol铆tica si la pol铆tica no fuera esa tonter铆a que ahora hacen los pol铆ticos.

Porque si no nos decidimos a pensarnos de nuevo, a refundarnos, todo va a seguir igual. 驴Cu谩nto m谩s aceptaremos dar vueltas en esta calesita? 驴Cu谩nto m谩s soportaremos vivir sabiendo que nada se construye, que todo se deshace, que repetimos una y otra vez los mismos errores, que tropezamos una vez y otra con las mismas piedras, que seguimos fracasando una y mil veces?

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