La democracia seg√ļn L√≥pez Obrador
Por: Alberto Barrera /The New York Times
Noviembre 2018
Fotografia: Ramón Espinosa-Associated Press

La polarizaci√≥n es un m√©todo eficaz para la consolidaci√≥n de los caudillos modernos. Los medios de comunicaci√≥n y las redes sociales se convierten en plataformas inflamables, en extraordinarios combustibles para alimentar a quienes veneran y a quienes odian al l√≠der. M√°s all√° de la pasi√≥n narcisista, un ejercicio de repolarizaci√≥n constante permite suprimir los debates y promover la idea de que solo hay un √ļnico n√ļcleo, todopoderoso y omnipresente, en la sociedad. Pero, al igual que el carisma, el poder no reside solamente en una persona o en un espacio. El poder es un v√≠nculo, una relaci√≥n.

Aunque todavía no se ha juramentado, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) ya ha demostrado que no le gustan algunas reglas del juego, que el sistema que le permitió llegar a la presidencia no es suficientemente bueno. En el transcurso de estos meses, ha comenzado a asomarse lo que podría ser un nuevo Estado, con distintas maneras de participación, con otros procedimientos y con otras ceremonias. En el centro de todo está AMLO, como un eje que polariza cada vez más al país. Su idea de democracia es otra cosa. Es un asunto personal.

Todo populismo es un encantamiento. Por eso mismo, se trata de una experiencia tan tentadora como peligrosa. Supone que el hechizo del carisma puede sustituir a las formas. A medida que se acerca el 1 de diciembre, México parece hundirse más en una marea de este tipo. Es un proceso que puede detallarse con claridad en algunas de las recientes polémicas que tienen como centro al próximo presidente.

En el caso de la consulta popular sobre el nuevo aeropuerto, ante las críticas de diversos sectores de la sociedad, ante la denuncia de la ausencia de un organismo independiente que funcione como árbitro de la elección, ante el cuestionamiento de la manera sesgada en que se organizó la votación, la respuesta de AMLO fue AMLO mismo. Frente a cualquier debate o invitación al discernimiento, el poder propone un argumento emotivo: la fe, la lealtad. "Nosotros no somos corruptos, nunca hemos hecho un fraude, tenemos autoridad moral", dice López Obrador. Como si la sola presencia fuera una garantía insuperable. En el fondo, es una versión melodramática de la política: el corazón vale más que las instituciones.

Lo mismo podr√≠a se√Īalarse con respecto al caso de los "superdelegados", su plan para designar a coordinadores en cada estado y supervisar los programas de desarrollo. Visto desde una √≥ptica no partidaria, se trata de la conformaci√≥n de una suerte de Estado paralelo: la creaci√≥n de un cuerpo de funcionarios que mantienen relaci√≥n directa con el jefe de Estado y se encargar√°n de actividades de desarrollo en el mismo territorio que los gobernadores que fueron elegidos democr√°ticamente. Todos estos nuevos delegados son miembros del partido pol√≠tico de AMLO, Morena, o forman parte de su entorno cercano. Pero AMLO dice que no, que no est√° creando dualidades ni poderes alternos. Y para demostrarlo acude a la devoci√≥n, ofrece un razonamiento inapelable: la humildad. Los superdelegados, dijo, van a trabajar "sin protagonismos, con humildad. ¬ŅQu√© es el poder? El poder es humildad".

Es la misma l√≥gica m√°gica que empuja la certeza de que la simple llegada de AMLO al poder acabar√° con la corrupci√≥n en el pa√≠s. O la devoci√≥n ciega, capaz de defender que un presidente, cualquier presidente, pueda tener mando directo sobre una nueva fuerza militar y policial de cincuenta mil elementos. Remplazar la institucionalidad por una personalidad conlleva riesgos enormes. La sensatez y el poder ciudadanos pierden terreno. Por eso las se√Īales de alarma se encienden, las histerias se disparan. Cuando hace unos d√≠as, en Yucat√°n, AMLO dijo: "Yo ya no me pertenezco, estoy al servicio de la naci√≥n", por un momento pod√≠a pensarse que solo segu√≠a un guion, que estaba queriendo terminar en alto un espect√°culo, promoviendo √©l mismo ahora una asociaci√≥n con Hugo Ch√°vez, deseando ser percibido como una amenaza. Es una l√≠nea demasiado obvia y directa. Es, en cualquier caso, una fascinaci√≥n ya conocida. AMLO puede aspirar a ser un Mes√≠as Tropical. Pero no lo puede lograr solo. Necesita derrotar a la sociedad.

Ya se sabe c√≥mo es la democracia seg√ļn AMLO. Tambi√©n entonces es necesario que se comience a saber claramente c√≥mo es la democracia seg√ļn los ciudadanos, seg√ļn aquellos que no votaron por √©l o que, incluso habiendo votado por √©l, quieren y buscan un cambio, no un salvador.

Para eso, es necesario desactivar el esquema polarizante. Hay que evitar que solo los radicales tomen las calles y el lenguaje, pero tambi√©n hay que dejar de jugar a la defensiva, como si solo fuera posible pactar y someterse. Hay que salir de la rentabilidad medi√°tica y emocional que refuerza al l√≠der como √ļnico foco de la acci√≥n y de la decisi√≥n pol√≠tica. En un contexto de partidos pol√≠ticos derrotados y sin legitimidad, es aun m√°s urgente promover y desarrollar nuevos movimientos y espacios de liderazgo y de trabajo, no dedicados al rechazo irracional del l√≠der, sino articulados a las luchas concretas de la poblaci√≥n. El mejor enemigo del populismo es la pol√≠tica. El ejercicio real y plural de la pol√≠tica. Es el momento de demostrarle a AMLO que no es cierto, que realmente √©l solo se pertenece a s√≠ mismo. Que a partir del 1 de diciembre tiene un nuevo trabajo y que la naci√≥n estar√° ah√≠ para exigirle que lo haga bien. Para controlarlo.

 

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