La fascinaci贸n latinoamericana por los l铆deres hegem贸nicos
Por: Leo Felipe Campos / The New York Times
Junio 2018
Fotografia: Jorge Silva/Reuters

Desde que Ch谩vez, Uribe y Lula fueron presidentes de Venezuela, Colombia y Brasil, respectivamente, estos pa铆ses han recorrido caminos dis铆miles, pero la sombra descomunal de sus figuras, bien sea a trav茅s de la memoria o de una presencia incesante, ha determinado el devenir pol铆tico de sus rep煤blicas.

Ser un hombre controvertido al extremo, venerado hasta las l谩grimas por sus seguidores, odiado con ferocidad por sus adversarios: esa es la estrategia. Y, por lo visto, rinde frutos. Si no, que le pregunten a Donald Trump.

El candidato del centro en las recientes elecciones presidenciales de Colombia, Sergio Fajardo, qued贸 tercero y a menos de dos puntos de pasar a segunda vuelta. La mayor cr铆tica que le hacen es que parece "tibio". En el perverso juego electoral las mayor铆as desprecian la moderaci贸n y la cortes铆a. Nada de posturas ambivalentes, atrae m谩s la polarizaci贸n. El discurso habr谩 de ser altisonante o no ser谩.

Ch谩vez, Uribe y Lula aprendieron no solo a imponer sus reglas entre chistes y amenazas, sino a dominar a trav茅s de terceros. Instauraron sus hegemon铆as a partir de una obscena concentraci贸n de poder, lograron fanatizar a sus seguidores a partir del odio a un enemigo -tangible o abstracto- y construyeron una direcci贸n suprema, elevada casi a un plano metaf铆sico.

Luiz In谩cio Lula da Silva, figura del Partido de los Trabajadores (PT), s铆mbolo del movimiento sindicalista y la izquierda en Brasil, fue presidente desde 2003 hasta 2011. Culmin贸 su segundo mandato con 铆ndices de popularidad cercanos al 80 por ciento y le levant贸 la mano a quien fuera una ministra eficiente, la exguerrillera Dilma Rousseff. Ella gan贸 las siguientes elecciones, pero desde 2013 se desataron protestas en decenas de ciudades, entre muchas razones porque Dilma nunca fue Lula. Le faltaba su carisma, su simpat铆a, esa capacidad de despertar un cari帽o casi gratuito.

Si bien las protestas no impidieron que Dilma fuera reelecta, en agosto de 2016 el Senado la destituy贸. Lo peor para el PT es que en abril el聽Supremo Tribunal Federal conden贸 a Lula a doce a帽os de prisi贸n por corrupci贸n. Sin embargo, el exsindicalista a煤n lidera sondeos de intenci贸n de voto para los comicios presidenciales de octubre, seg煤n las encuestas m谩s recientes de Datafolha. Est谩 en la c谩rcel, pero nadie le hace sombra y los petistas lo inscribieron como su precandidato. No tienen plan B, dicen, pero hay una pregunta que se hacen sus electores: si en definitiva Lula no puede optar al cargo, 驴 a qui茅n apoyar谩?

Del lado opuesto, la opci贸n con m谩s peso es el diputado y exmilitar de ultraderecha Jair Bolsonaro, miembro del Partido Social Liberal. Este hombre enfrenta una acusaci贸n formal por racismo e incitaci贸n al odio. Sus declaraciones son una oda a la pol茅mica, el desprecio y la falta de 茅tica.

Las hegemon铆as se han convertido en un problema grave para buena parte de estos pa铆ses, pero las soluciones no est谩n a la vista. 驴Por qu茅 el centro pol铆tico flaquea, ni siquiera como ant铆doto ideal, sino como f贸rmula convincente que garantice m铆nimamente la supervivencia de la democracia?

Hugo Ch谩vez gobern贸 Venezuela casi a su antojo desde 1999 hasta 2013. Sustentado en un discurso anticapitalista de reivindicaciones sociales, supo explotar el desprestigio de los partidos tradicionales y los altos precios del petr贸leo para alimentar la borrachera del patriotismo con medidas asistencialistas. Se apropi贸 de los poderes p煤blicos y logr贸 un apoyo incuestionable. Cambi贸 la constituci贸n: ampli贸 el periodo presidencial y aprob贸 la reelecci贸n inmediata; luego la reelecci贸n indefinida. Gan贸 todas las elecciones y referendos, menos uno. En su 煤ltima campa帽a, mortalmente enfermo y rodeado de una nutrida marea roja, grit贸 emocionado: "隆Viva el pueblo, carajo! 隆Y viva Ch谩vez!". Solo 茅l, en tercera persona, pod铆a encarnar la Revoluci贸n bolivariana.

Antes de morir ungi贸 como su "heredero" a Nicol谩s Maduro, quien gan贸 la siguiente elecci贸n por un margen de apenas 1,4 por ciento, pese al evidente ventajismo que le otorg贸 el Consejo Nacional Electoral. Maduro tampoco fue Ch谩vez, por eso endureci贸 sus posturas. Ha sido h谩bil en el manejo de conflictos internos y logr贸 la reelecci贸n hace semanas en unos comicios carentes de legitimidad. Hoy, adversado por gobiernos de la regi贸n, es un tirano salpicado de esc谩ndalos y violaciones de derechos humanos, que se aferra al poder a como d茅 lugar. El chavismo hizo aguas como movimiento hegem贸nico, pero a煤n vive, y la oposici贸n en Venezuela no ha sabido elaborar un relato convincente capaz de desmontar todo su poder.

脕lvaro Uribe, quien ideol贸gicamente se ubica en la acera contraria, presidi贸 Colombia con mano firme desde 2002 hasta 2010. Su dominio, popularidad e influencia en los sectores conservadores de la pol铆tica colombiana son indiscutibles. Al igual que Ch谩vez, fungi贸 como caudillo, se apropi贸 de un discurso beligerante y construy贸 una imagen de hombre duro y administrador eficiente al que no le temblar铆a el pulso para doblegar a sus adversarios al costo que fuera; un redentor de derecha cuya premisa fue acabar con la guerra desde la misma guerra.

De este modo aglutin贸 el agradecimiento de una masa que en adelante lo ha respaldado sin importar las acusaciones que lo ubican como una ficha clave del poder paramilitar, un pol铆tico vinculado con el narcotr谩fico, responsable directo o indirecto de operaciones de espionaje y grabaciones ilegales -conocidas como chuzadas- e incluso de asesinatos a campesinos por parte del Ej茅rcito durante su mandato.

En 2004, logr贸 que se aprobara la reelecci贸n inmediata y antes de culminar un segundo periodo quiso modificar la constituci贸n para presentarse a una nueva reelecci贸n, pero la Corte Constitucional rechaz贸 su referendo. Obstinado en asegurar su supremac铆a, impuls贸 la candidatura de quien fuera su ministro de Defensa, Juan Manuel Santos. Este convenci贸 a los colombianos de que votar por 茅l equival铆a a votar por Uribe. Y gan贸, pero Santos nunca fue Uribe. Se distanci贸 tanto de su mentor que los uribistas se sintieron traicionados y hoy lo tildan de "castrochavista".

El uribismo, sin embargo, puede volver a gobernar si Iv谩n Duque, ganador de la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia, derrota el domingo 17 de junio al izquierdista Gustavo Petro.

Estos dos candidatos despertaban el mayor rechazo entre el electorado, seg煤n la encuesta de la firma YanHass. Duque se arropa con el manto de Uribe. Petro se vende como alguien capaz de implantar cambios casi imposibles en una sociedad dominada por profundas desigualdades y lo comparan con Ch谩vez.

En este siglo, en Venezuela, Colombia y Brasil solo triunfan propuestas lideradas por hombres carism谩ticos, fuertes y populistas que visibilizan un enemigo, sin importar que pongan en riesgo las instituciones democr谩ticas. La paradoja en el caso colombiano es que Duque y Petro dependen de los 4,6 millones de votos que obtuvo Sergio Fajardo en la primera vuelta. Esa parece, por ahora, la 煤nica opci贸n que le queda al centro: ser apenas la segunda fuerza de oposici贸n y determinar con sus votos cu谩les ser谩n las nuevas hegemon铆as en esta tradici贸n del poder latinoamericano.

Leo Felipe Campos es cronista y editor. Ha publicado dos libros de relatos y ha escrito para medios de Colombia, Brasil y Venezuela.

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