'Me calienta que seas tan pelotudo'
Por: Martín Caparrós/ The New York Times
Marzo 2018
Fotografia: David Fern√°ndez/European Pressphoto Agency

Es peligroso hablar en estos d√≠as: nos escuchan. Nos escuchan, y sobre todo los escuchan a ellos, a los que tienen peso. Dos historias paralelas, en Argentina y Espa√Īa, lo muestran: dos historias que se complacen en descubrir secretos y dibujar preguntas.

En Argentina un periodista, Luis Majul, lleva meses difundiendo grabaciones de las charlas telef√≥nicas entre Cristina Fern√°ndez viuda de Kirchner, expresidenta, ahora senadora, y su ladero Oscar Parrilli, exjefe de la inteligencia nacional, ahora su felpudo. En ellas, la se√Īora le ordena operaciones despiadadas: "Sal√≠ a matarla. Hay que empezar a pincharla para que explique de qu√© vive", dice, por ejemplo, sobre una diputada que la denunci√≥ en la justicia. Pero lo que m√°s impresiona es c√≥mo insulta y maltrata a su privado. La escucha m√°s reciente incluye una frase que permite incluso enso√Īaciones: "Me calienta que seas tan pelotudo; me calienta mucho que seas tan pelotudo", le lanza, entre otras flores, la se√Īora.

Mientras tanto, en Espa√Īa, una cadena de televisi√≥n, Antena 3, difundi√≥ en plena semana feminista una charla del a√Īo pasado entre Llu√≠s Salvad√≥, entonces secretario de Hacienda de la Generalidad de Catalu√Īa, ahora cesado y todav√≠a diputado regional, y un amigo ignoto. Hablaban de la necesidad de remplazar a la consejera de Educaci√≥n y de la dificultad de encontrar mujeres para cargos, y entonces de pronto el consejero: "Se lo das a la que tenga las tetas m√°s gordas y ya est√°".

Ambas hicieron ruido. En Argentina la senadora no dijo nada; en Espa√Īa el diputado sali√≥ a pedir disculpas. Ambas comparten, tambi√©n, un origen confuso: se supone que alg√ļn servicio de inteligencia del Estado las entreg√≥ para beneficiar a sus gobiernos. El beneficio es obvio en los dos casos: para el argentino al mostrar el verdadero car√°cter -malvadito, podrido- de su opositora principal; para el espa√Īol al descalificar -por machista primario- a uno de los l√≠deres del movimiento independentista catal√°n.

Ambas muestran, también, cómo suele funcionar buena parte del "periodismo de investigación": aprovechando reyertas y querellas del poder, personas del meollo que saben cosas que no dicen hasta que se pelean con alguien o quieren obtener cierta ventaja y entonces las cuentan a sus periodistas conocidos. Algunas veces no es así; muchas, sí.

Las escuchas suelen escuchar a los mismos de siempre: a esos que escuchamos sin parar. Los poderosos -políticos, sobre todo, pero también empresarios, periodistas, reyes, futbolistas- nos someten a tempestades de palabras cuya meta principal es disimular lo que saben y quieren. Nos pasamos la vida escuchándolos y nunca conseguimos saber qué buscan realmente, qué piensan cuando piensan. Y, muy de vez en cuando, escuchamos sus palabras desnudas: cuando alguien, ilegal, abusivamente, se las roba y las hace conocer.

Yo no sé qué pensar al respecto. Por eso escribo esto. Esa es la diferencia básica entre un intelectual -con perdón- y un político o cualquier otro predicador: el intelectual habla de sus dudas, el político de sus certezas.

Mi primera reacci√≥n es condenar cualquier intromisi√≥n en la vida privada de las personas, cualquier registro clandestino de sus palabras, cualquier violaci√≥n de sus espacios. Mi segunda es alegrarme de que tengamos alguna forma de saber qu√© dicen cuando no repiten frases hechas, cuando no simulan; entrever c√≥mo son realmente quienes viven de vendernos una imagen para que se la compremos con nuestros votos: quienes viven de enga√Īarnos.

Es un problema: ¬Ņdeber√≠a creer que la b√ļsqueda de un atisbo de verdad justifica esos abusos, esas intromisiones? ¬ŅPodr√≠a tranquilizarme postulando que esas escuchas son tolerables mientras se limiten a lo que dicen esas personas sobre temas p√ļblicos -como en estos dos casos- pero no a cuestiones privadas? ¬ŅQui√©n, entonces, deber√≠a o podr√≠a definir d√≥nde se pone el l√≠mite?

Es un problema: yo estar√≠a a favor de esas indiscreciones si no fuera porque s√©, por experiencia y por informaci√≥n, que esos recursos siempre se usan para el mal mucho m√°s que para el bien. Quiero decir: que cualquier sistema de intercepci√≥n eventualmente tolerado ser√° usado mucho m√°s por los poderosos para controlar a quienes los molestan que por el gran p√ļblico para entender c√≥mo nos trampean los poderosos.

Pero el problema, al fin y al cabo, es que la discusi√≥n puede ser in√ļtil. No se trata de debatir qu√© har√≠amos si el Estado u otros grandes poderes decidieran averiguar lo que decimos: ya lo saben. Nuestro medio de comunicaci√≥n principal, internet, est√° pinchado, chuzado, chuponeado,¬†hackeado, intervenido: todo lo que hacemos en la web -leer, escribir, mirar, escuchar, comprar, masturbarnos, mensajearnos, buscarnos, escondernos- est√° registrado y hay quienes lo usan.

Por ahora lo usan para vendernos cosas: cualquiera que haya buscado un vuelo barato a, digamos, Tombuct√ļ ver√° c√≥mo en los d√≠as siguientes el peri√≥dico que intenta leer se le llena de anuncios de billetes y hoteles y camellos en el norte de Mali. Lo usan tambi√©n para controlar qu√© informaci√≥n nos proveen en Facebook y otros canales prioritarios. Y empiezan a usarlo gerentes de campa√Īa para dirigir con precisi√≥n sus esfuerzos electorales y decidir a qui√©n decirle qu√©; y tantos otros trucos. Es f√°cil imaginar que, si alguna vez esos poderes se sienten amenazados, usar√°n toda esa informaci√≥n para aplastar las amenazas.

Así que es casi un alivio -culposo, pero alivio al fin- ver que a veces usan sus herramientas de espionaje y control entre ellos mismos, y que podemos enterarnos de cómo son cuando creen que no los ve nadie. Es cierto que al enterarnos reaccionaremos como quiere el que lo filtró: participaremos de la gran onda antipolítica. Pero quizá no esté mal empezar a pensar que la política no puede ser eso que hacen estos políticos. Y, para eso, mirarlos de más cerca ayuda mucho.

 

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