¡Oh, qué sorpresa, aquí se roba!
Por: Martín Caparrós/ The New York Times
Noviembre 2017
Fotografia: AllTheContent / Tutti i diritti riservati / Google Images

En estos días hubo una noticia bomba: nos enteramos de que los muy ricos son muy ricos y quieren ser más ricos todavía y no piensan detenerse ante nada para serlo.

La noticia fue tapa de todos los diarios: un consorcio de periodistas cont√≥ que hab√≠a accedido a m√°s de 13 millones de archivos de Appleby, una vieja compa√Ī√≠a financiera -Bermudas, 1898- especializada en offshore legal services. Lo cual podr√≠a traducirse como "servicios legales fuera de las costas" si no debiera traducirse como "servicios legales fuera de las leyes".

La noticia, por supuesto, no es que existan esos refugios para el dinero gris: todos lo sabemos, aun si no sabemos bien cómo funcionan, porque su principal característica consiste en ocultarlo. Esos refugios son la obra de batallones de expertos contratados por los grandes capitanes del sistema para encontrar las mejores maneras de burlar al sistema. A veces no son ilegales; otras sí. Y son, siempre, truquitos que ofrece el capitalismo globalizado para pagar menos impuestos: para defraudar a tu Estado -a tus compatriotas- birlándole lo que les debes.

En castellano los llaman para√≠sos fiscales. Es, antes que nada, un error: una mala traducci√≥n del ingl√©s haven -refugio, cala- que alg√ļn ignaro transform√≥ en heaven -cielo, para√≠so- y que se fue imponiendo. Y es curioso: si el para√≠so original es un invento de los poderosos para que todos sigan las reglas que ellos fijan, el para√≠so fiscal es un invento de los poderosos para no seguir las reglas que ellos fijan.

Esos refugios-paraísos muestran su fuerza y su debilidad: que pueden esconder sus dineros, que deben esconderlos. Son el mejor ejemplo de la desigualdad: que los que más tienen tienen más posibilidades de escapar a la ley.

Pero nada de todo esto deber√≠a ser noticia: lo sabemos. Gabriel Zucman, economista de Berkeley experto en el asunto, calcula que el 10 por ciento de la riqueza del mundo est√° escondida en los diversos para√≠sos, y que el √Āfrica sola pierde, cada a√Īo, unos 14.000 millones de d√≥lares en impuestos impagos: tantas escuelas, tantos hospitales. Tambi√©n dice que el 45 por ciento de los beneficios de las multinacionales se derivan a para√≠sos donde no pagan impuestos: unos 720.000 millones de d√≥lares en 2015. Y eso no es una noticia: es lo que pasa todo el tiempo.

La noticia de los Paradise Papers -o Papeles del Para√≠so- fue, si acaso, que entre los due√Īos de ese dinero gris estaban los ministros de Finanzas de Argentina y Brasil, el de Comercio estadounidense, el presidente colombiano Santos, el cantante humanitario Bono y la cantante casi humana Madonna, las reinas de Inglaterra y de Jordania, la novia del exrey de Espa√Īa, los virreyes Slim y Soros, Apple, Facebook, Nike, McDonald's, Siemens y compa√Ī√≠a limitada. Y que juntan, entre todos, unos 10 millones de millones de d√≥lares. Y tampoco es realmente una noticia: los muy ricos usan esos trucos y si alguien no lo sabe es porque no quiere saberlo.

(Aunque queda peor cuando ocupan un cargo: es feo que alguien que deber√≠a custodiar el bien p√ļblico utilice los mejores recursos que el dinero puede pagar para trampear a ese bien p√ļblico. O, dicho de otro modo: que se gaste o se haya gastado fortunas en asesores que le dir√°n c√≥mo evadir los impuestos del Estado que maneja).

Los Papeles del Para√≠so tambi√©n ponen en escena el funcionamiento y las funciones de la informaci√≥n. Nos cuentan algo que ya sab√≠amos, aunque no supi√©ramos detalles. ¬ŅQu√© hacemos con eso? Quiz√°s indignarnos un rato. O aliviarnos con la ilusi√≥n de que nadie est√° completamente a salvo de que lo denuncien. O regodearnos pensando en la -relativa- desaz√≥n de los denunciados.

O quiz√° sirva para recordarnos que no hay autoridad global que pueda o quiera controlar las grandes fortunas globalizadas, escondidas en sus para√≠sos, y que todo va a seguir igual pese a estos peque√Īos contratiempos. O para que no olvidemos que no tenemos ni idea de c√≥mo funciona realmente el capitalismo global: que a veces intentamos espiarlo pero a lo sumo vemos, de tanto en tanto, por el ojo de la cerradura, esa √≠nfima porci√≥n que ya sab√≠amos.

A veces el periodismo saca por un momento a la luz p√ļblica eso que todos sabemos pero tantos deciden no ver. Entonces algunos poderosos no tienen m√°s remedio que reaccionar un poco: esta semana, por ejemplo, el ministro de Econom√≠a de Francia, Bruno Le Maire, propuso a sus colegas europeos sanciones contra los para√≠sos. Hay una escena de Casablanca en que el capit√°n Renault, que acaba de ganar con trampas mucho dinero en la ruleta del Rick's Caf√©, necesita una excusa para cerrarlo. Entonces, con cara de matrona ofendida, dice: "Oh, qu√© sorpresa, aqu√≠ se juega por dinero" -y ordena la clausura-.

El periodismo es un engranaje necesario de este juego hip√≥crita: el que obliga a los gobiernos a decir, cada tanto, "Oh, qu√© sorpresa, aqu√≠ se roba", y hacer como si fueran a hacer algo. Es cierto que los Estados pierden mucho dinero pero lo ganan los hombres que suelen manejarlos. Tambi√©n por eso es improbable que lo hagan, a menos que los obligue un clamor incontenible. ¬ŅY por qu√© habr√≠an de hacerlo? Solo nos est√°n robando -al p√ļblico, a los pueblos- millones de millones, mucho m√°s que cualquier impericia, que cualquier corruptela.

 

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