Otro triunfo del terrorismo
Por: Martín Caparrós/ The New York Times
Septiembre 2017
Fotografia: La Vanguardia

El video es, por lo menos, inquietante. En la grabaci√≥n de un m√≥vil azaroso se ve a un hombre que va y viene confundido, levantando una mano como quien pide que no le hagan nada. Camina por una acera vallada y se dir√≠a que no sabe qu√© hacer; desde la calle, de este lado de la valla, alrededor de un coche blanco con un farol azul que echa destellos, presuntos polic√≠as, vestidos de pantalones cortos y chancletas, le gritan, le disparan. El hombre cae, parece herido, pero se levanta y vuelve a caminar. No se le ven gestos de amenaza. Cuando trata de cruzar la calle, m√°s vacilante a√ļn, a punto de caerse, por un paso peatonal unos metros m√°s all√° del auto blanco, uno de los hombres de pantalones cortos le vuelve a disparar dos o tres veces y el hombre cae: parece que est√° muerto.

El video apareci√≥ en las redes sociales el 18 de agosto, al d√≠a siguiente del atentado de las Ramblas de Barcelona: ya fue visto millones de veces. Se presenta como "Tiroteo y muerte del quinto terrorista en Cambrils" -o alguna variante aproximada- y todos los grandes medios espa√Īoles lo han reproducido. Y ninguno, que yo sepa, se ha preguntado nada. La polic√≠a catalana -ahora llamada "Mossos de Esquadra"- inform√≥ que el muerto era el quinto de los terroristas isl√°micos que sus efectivos interceptaron en Cambrils, un pueblo de la costa, en la noche del 17 de agosto. Ya hab√≠an matado a los cuatro anteriores y, sin contar mucho c√≥mo, dijeron que ese quinto se les hab√≠a escapado y lo encontraron y lo "abatieron"¬†(la polic√≠a no mata, abate). Despu√©s dir√≠an que todos ten√≠an "cinturones explosivos simulados". O sea: que, en rigor, estaban desarmados.

Alguien dijo alguna vez que la primera víctima de toda guerra es la verdad. Alguien dirá, alguna vez, que la primera víctima del terrorismo es la duda, el espíritu crítico. No muchos, que yo sepa, se han preguntado si era necesario matar a ese hombre. Si realmente ese hombre, en ese momento, representaba un peligro extremo, si no había formas de reducirlo sin matarlo.

Al contrario, los medios retomaron con j√ļbilo la idea de que matarlo fue un √©xito policial, un triunfo de las fuerzas del bien, y que ahora s√≠ estamos m√°s tranquilos: m√°s seguros. Y ninguno parece considerar esa vieja regla del periodismo que dice que hay que buscar m√°s de una fuente: como si en estos casos quedara suspendida. O a aquella, m√°s vieja todav√≠a, que dice que la tarea del periodista es tratar de contar la verdad.

Como si, en ciertas circunstancias -en medio del duelo, de la consternaci√≥n por los asesinatos terroristas-, no valiera la pena o no fuera prudente cuestionar la versi√≥n oficial, averiguar qu√© pas√≥ m√°s all√° de lo que te cuentan que pas√≥. (En Espa√Īa hay un ejemplo reputado: el 11 de marzo de 2004, cuando el atentado islamista m√°s terrible de su historia mat√≥ a 192 personas en varios trenes suburbanos de Madrid, los diarios aseguraron que hab√≠a sido la ETA porque el presidente de gobierno, Jos√© Mar√≠a Aznar, los hab√≠a llamado para decirles eso; y al otro d√≠a tuvieron que desmentirlo y disculparse).

Pero el asunto es más amplio: la población en general hace lo mismo. No queremos saber. No hacemos preguntas, no nos hacemos preguntas: como si la violencia sin límites de los terroristas justificara que se ejerza contra ellos una violencia semejante. O, por lo menos, mucho mayor que la que estamos acostumbrados a tolerar, a justificar.

En general: hemos asumido que los terroristas se merecen la muerte porque buscan la muerte. Y que sólo su muerte nos salva: la lógica de ellos o nosotros, de que para ganarles todo vale. El mayor triunfo de los terroristas es imponer esa lógica que debilita la sociedad que atacan. Que debilita esa tolerancia y esas libertades que tanto declamamos, que nos legitiman, que nos ofrecen el pedestal moral que ahora usamos para matarlos. Y destruir ese pedestal.

Es casi l√≥gico que unos desgraciados decididos a morir por una religi√≥n quieran conseguir ese efecto: es su √ļnica forma de influir en una sociedad de millones que no quieren nada de eso. Lo que no parece tan claro es por qu√© el Estado y ciertos medios magnifican este tipo de incidentes, los convierten en algo mucho mayor que lo que podr√≠an ser. Es terrible que 13 personas sean asesinadas en una calle de Barcelona; pasan muchas otras cosas por lo menos igualmente terribles y no reciben una cent√©sima parte de la atenci√≥n que √©sta recibe.

Y que crea un estado de cosas. Trece asesinados es intolerable -un asesinado es intolerable- pero la amenaza general es peque√Īa. En los √ļltimos tres a√Īos hubo en toda Europa 360 muertos por ataques terroristas. Sobre 600 millones, cada a√Īo murieron por esa causa 120 personas: una cada cinco millones. Es relativamente¬†m√°s f√°cil -con perd√≥n- ganarse la loter√≠a que ser v√≠ctima de un ataque terrorista. Pero la atenci√≥n hiperb√≥lica del Estado y ciertos medios instala un miedo general que va tanto m√°s all√° de la amenaza real, que la agiganta: la convierte en un fantasma que pesa sobre nuestras cabezas, nos aterra.

Es difícil encontrar el justo punto de la reacción: cómo informar sobre estos actos, cómo procesarlos. Pero está claro que, si lo encontráramos, los actos terroristas producirían menos efectos, tanto menos terror; serían lo que son, gestos desesperados, patéticos, aislados.

Quizá la magnitud de esa construcción sea sólo un error de esas instituciones; quizás algunas crean que les sirve para algo. Cuando un hecho permite que los policías se conviertan en héroes, que puedan matar sin que les pidan cuentas, que se toleren cosas que normalmente no se tolerarían, el efecto puede ser buscado o no, pero sucede.

El peso que toma un atentado como √©ste termina, entre otras cosas, por legitimar el control social, la represi√≥n, la violencia del Estado. Cost√≥ muchos a√Īos y muchas muertes imponer ciertos valores y, gracias a la amenaza terrorista, ahora est√°n en cuesti√≥n. Son esos valores que, si se vuelven relativos, dejan de existir. Si se acepta que a veces la polic√≠a puede matar impunemente, entonces la discusi√≥n s√≥lo consiste en definir cu√°ndo puede. Cuando alguien comete un acto de terrorismo, claro, o cuando alguien roba y corre, por ejemplo, o cuando trata de entrar a un lugar o a un pa√≠s donde no lo quieren, o cuando su aspecto parece sospechoso por distinto, o cuando...

 

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Mart√≠n Caparr√≥s es periodista y novelista argentino. Sus libros m√°s recientes son "El hambre" y "Echeverr√≠a".Vive en Espa√Īa y es colaborador regular de The New York Times en Espa√Īol.

 

 

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Comentarios sobre el artículo
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Pedro Basaure-Forgues
El articulo nos llama a todos a la reflexi√≥n; entonces reflaxionemos. Nos conduce a algo que ya todos sabemos, el terrorismo genera terror y con ello, violencia, sangre y muerte, entre otros muchos males. Lamentablemente, induce tambi√©n a pensar que la violencia as√≠ generada, incluida la muerte de personas absolutamente inocentes, no debiera ser tratada con la violencia que determina la circunstancia inserta en la ley, puesto qu√© podr√≠amos estar legitimando a las fuerzas del orden, a que sean violentos con impunidad y estar√≠amos creando una especie de h√©roes con licencia para matar; a partir de este punto, el autor pretende introducirnos a una confusi√≥n intelectual que terminar√≠a haci√©ndonos pensar que el terrorismo, cualquier terrorismo, no debiera ser tratado como tal, puesto que en nombre de su rechazo por parte del resto de la sociedad, podr√≠an cometerse injusticias con esos mismos terroristas. Es inaceptable desde todo punto de vista, que se insin√ļe que la sociedad en nombre de la propia justicia, culmine en alg√ļn momento, tratando a los terroristas, (de cualquier √≠ndole, incluidos los de "cuello blanco"), de manera ben√©vola. Visto as√≠, seguir√° existiendo cada vez m√°s descontrolada y cada vez m√°s sangrienta y lo que es peor a√ļn, m√°s descontrolada.
hace 1 año    
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