Para aprender a decidir
Por: Martín Caparrós / The New York Times
Abril 2019

Van y vienen, se van, no se vienen, no se van. Los británicos no consiguen decidirse, no saben qué quieren y qué va a ser de ellos. Europa tiembla, Inglaterra ruge y rechina los dientes, también tiembla; millones decidieron algo y ahora querrían decidir otra cosa. Su gobierno no sabe cómo hacer lo que les propuso que quisieran, ellos vacilan y se preguntan si deben respetar su propia decisión. O si realmente han decidido eso. La zozobra del brexit ha vuelto a poner en el tapete la cuestión de quién decide, cómo, qué. O, dicho de otro modo: para qué sirven, qué valor tienen las consultas populares.

(Estoy a punto de confesar algo inconfesable: todav√≠a me cuesta decirles¬†refer√©ndums. Cinco a√Īos de lat√≠n adolescente no se deshacen f√°cil: me ense√Īaron que el plural de un neutro terminado en¬†-um es¬†-a, y que, por lo tanto, el de¬†referendum es¬†referenda. Pero tambi√©n s√© que la inmensa mayor√≠a de los hispanoparlantes dir√°¬†refer√©ndums, que no tienen por qu√© conocer ni reconocer ese plural latino y que, aunque se equivoquen, de alg√ļn modo tienen raz√≥n, porque son m√°s y el idioma termina por adaptarse a ellos. ¬ŅEntonces, qu√© decir? ¬ŅDebo aceptar un error mayoritario? Ese es el tema de los refer√©ndums. O, incluso, de los referenda).

Un refer√©ndum deber√≠a ser el momento supremo de la democracia: cuando aquellos que siempre delegan su poder de decisi√≥n lo retoman y ejercen. Como tal, deber√≠a ser reivindicado por los¬†verdaderos dem√≥cratas. Y, sin embargo, √ļltimamente desconf√≠an: las decisiones que han tomado los refer√©ndums recientes juegan en contra. El plebiscito por la paz en Colombia -que gan√≥ la guerra- o el citado del brexit les provocaron molestia y desconfianza. Para explicarlo quedan dos opciones: o el mecanismo no sirve o los pueblos son m√°s reaccionarios que lo que imaginamos.

Pocos demócratas se atreven a vocear la vieja máxima que pretende que el pueblo -casi- siempre se equivoca, así que se refugian en los problemas técnicos. El primero es la manipulación informativa: lo que ahora llaman feic nius, el ejemplo de Cambridge Analytica y de cómo se manejan conciencias mediante propaganda dirigida y esas cosas -pero lo mismo se puede hacer en cualquier votación-.

Entonces critican sobre todo que los plebiscitos plantean las cuestiones en términos binarios, blanco o negro, hipersimplificadas. Suele ser cierto; el problema es la continuación del argumento: que la gente no puede entender esas cuestiones complejas y que, por lo tanto, los que deben decidirlas son los que pueden analizar todos sus matices -que vienen a ser esos técnicos especializados que llamamos políticos-. Lo cual sirve para seguir concentrando las decisiones en manos de unos pocos, defender la idea de la política como un saber específico, privilegio de los enterados.

El gran invento de la modernidad fue postular que el gobierno no deb√≠a seguir monopolizado por reyes y marqueses y favoritos varios sino que concern√≠a a todos los ciudadanos. Es lo que podr√≠amos llamar la utop√≠a democr√°tica, central en nuestra idea del mundo. Dos siglos despu√©s, no hay sociedad que est√© contenta con su sistema de gobierno. Si algo define a estos tiempos es la ola de insatisfacci√≥n hacia esos sistemas y sus representantes visibles, los pol√≠ticos. Millones en cada pa√≠s los desprecian, se niegan a votarlos, buscan figuras nuevas, se decepcionan pronto. Sucede en todas partes y, sin embargo, nos empe√Īamos en pensar que en cada caso es un problema particular, de hombres y mujeres que no est√°n a la altura, de partidos que necesitan renovarse, de cositas. No queremos suponer que lo que falla es el sistema.

Y entonces nos gobernamos -nos dejamos gobernar- por esos mecanismos creados hace m√°s de dos siglos, levemente mejorados. Ning√ļn otro aspecto de nuestras vidas -salvo quiz√° la religi√≥n- cambi√≥ tan¬†poco desde fines de 1800. Sin embargo, no parece que la b√ļsqueda de formas nuevas est√© a la orden del d√≠a.

Nos da miedo, supongo: hasta ahora, las alternativas a la democracia fueron tan nocivas que nos refugiamos en ese cliché de que es "el mejor de los sistemas posibles" y nos dimos por vencidos. Uno de los principios fundadores de la democracia es que toda sociedad debe tratar de ser mejor; en nombre de la democracia, lo hemos abandonado.

Si conseguimos retomar esa b√ļsqueda, el refer√©ndum -en alguna de sus formas- deber√≠a ser uno de sus ejes. La idea de delegaci√≥n -"el pueblo no delibera ni gobierna sino a trav√©s de sus representantes"- era inevitable en tiempos en que las personas no ten√≠an modo de comunicar su voluntad: si el presidente de Francia, digamos en 1876, deb√≠a consultar sobre un nuevo impuesto o la educaci√≥n laica o la expulsi√≥n de extranjeros a los vecinos de Rennes, Toulouse, Niza y P√©taouchnok-sur-Oise, la decisi√≥n pod√≠a demorar a√Īos. Por eso, supuestamente, aquellos ciudadanos enviaban sus representantes a la asamblea de Par√≠s. Ahora esa voluntad se puede manifestar en un momento: la delegaci√≥n ya no tiene excusa t√©cnica.

Pero sigue sirviendo a la vieja causa de la concentración del poder en manos de unos pocos. Es cierto que el reparto del poder de decidir tiene problemas. El principal: que, para confiar en la decisión mayoritaria, realmente democrática, se necesitan ciudadanos mucho mejor instruidos, mucho más enterados y más interesados que los actuales. Los beneficiarios de su distracción -nuestros gobernantes- los prefieren más bobos, y hacen lo posible. Por ahora les va bien.

Nos toca elegir: si vamos a seguir quej√°ndonos de nuestros pol√≠ticos o vamos a crear las formas de gobierno que, al acabar con la delegaci√≥n, los hagan de alg√ļn modo innecesarios. No es algo que vaya a decidirse en unos a√Īos; es, quiz√°, la decisi√≥n m√°s importante de las pr√≥ximas d√©cadas. Y sospecho que ser√° de las que te hacen preguntarte c√≥mo, antes, pod√≠an vivir sin eso. Como cuando se piensa, un suponer, que hace menos de un siglo las mujeres no votaban, o hab√≠a reyes.

 

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