Perdón es una palabra castellana
Por: Martín Caparrós / The New York Times
Marzo 2019
Fotografia: Credit Edgard Garrido/Reuters

Perdón es una palabra castellana. En francés se dice pardon, en inglés también, en italiano perdono, en alemán entschuldigung, en hebreo ?????; en náhuatl se dice, dicen, tetlapopolhuiliztli.

El presidente mexicano, un se√Īor L√≥pez Obrador, descendiente de espa√Īoles, ha pedido en espa√Īol al rey de Espa√Īa que pida perd√≥n por lo que hicieron sus ancestros -los del rey, aparentemente- cuando invadieron estas tierras. El rey, como no es m√°s que un rey, no puede contestarle como Borges que los que invadieron estas tierras fueron los ancestros de los americanos, no de los espa√Īoles. Y menos puede decirle que lo que hicieron no fue peor que lo que hac√≠an regularmente esos aztecas/mexicas que entonces eran verdugos y ahora sirven como v√≠ctimas. Ni que si esos se√Īores no hubieran sido violentos y autoritarios y can√≠bales, 500 espa√Īoles jam√°s habr√≠an podido vencerlos; que solo lo consiguieron con la ayuda de millones de vasallos hartos, ansiosos por sacudirse aquella dictadura, sin suponer que estaban por caer en otra.

En general, las sociedades se arman cuando sus integrantes ocupan tierras que otros ocupaban. En M√©xico central en esos d√≠as el ciclo de invasiones ya llevaba milenios, y pocas m√°s sangrientas que la de los mexicas, pero el presidente de M√©xico no les pide que pidan perd√≥n a los xochimilcas, otom√≠s o tlaxcaltecas que masacraron y comieron; se lo pide a los espa√Īoles. Es el tipo de racismo en que se basa el indigenismo americano: hay invasores, siempre hubo invasores, pero condenamos a los invasores que ten√≠an la piel m√°s clara y olvidamos las invasiones de los que la ten√≠an parejamente oscura.

El pedido de perd√≥n de AMLO es un gesto de peronismo expl√≠cito: un gobierno que perora inflamado a favor de un sector mientras sus actos lo perjudican sin remedio. El Tren Maya que AMLO quiere montar en Yucat√°n, por ejemplo, desarma la econom√≠a de la zona y convierte a sus pobladores, mayormente indios, en sirvientes del turismo. Y, m√°s en general: hace dos siglos que los que oprimen a los indios mexicanos no son los espa√Īoles sino el Estado y los ricos mexicanos.

Pero el pedido de L√≥pez Obrador es, sobre todo, interesante como s√≠ntoma de un problema mayor: la construcci√≥n de una identidad. "Porque somos y no/ somos la China/ que esos barcos so√Īaron", resumi√≥ un autor casi contempor√°neo. Llevamos cinco siglos tratando de saber qui√©nes somos: lo propio de cualquier cultura es pregunt√°rselo. Lo que no admite dudas es que, aqu√≠, la enorme mayor√≠a de esas preguntas se hace en castellano. Aunque aparezcan, de tanto en tanto, fracciones bienintencionadas que deploran su filiaci√≥n conquistadora y se sienten, sinti√©ndose del lado de los pobres, reto√Īos de los indios.

Y se construyen esa identidad que niega su identidad. No se piensan, como L√≥pez Obrador, como tantos, descendientes de alguna de las olas migratorias europeas, mezcladas o no con los que hab√≠an llegado a Am√©rica diez mil a√Īos antes. Se imaginan herederos de esos migrantes anteriores y los llaman "pueblos originarios": como si gentes hubieran nacido de los r√≠os y los √°rboles, como si no hubieran llegado. Los atrae la melancol√≠a de ligarse con unos seres ang√©licos, buenos salvajes a la Rousseau de saldo, habitantes de aquella edad de oro pastoril en que todos eran sensibles y ecologistas y conviv√≠an con los animales y solo se com√≠an a las personas que se lo merec√≠an. Es f√°cil exaltarlos porque ahora son los oprimidos. Pero, por desgracia, nada demuestra que los que sufren el poder son mejores per se. Lo son mientras no lo tengan; el problema del poder no es qui√©n lo ejerce, es el poder -que cambia, claro, a quien lo tiene-.

Que no obste: nunca dejes que la realidad te arruine una buena historia. Los melancólicos bienintencionados se construyen, entonces, una muy a propósito y se incluyen en ella y se arman esa identidad; su obstáculo principal es el idioma. Se dicen oprimidos pero en la lengua de los opresores -que, para bien y para mal, es la nuestra-. En esa lengua se redactaron las proclamas de San Martín y Bolívar, por ejemplo, y los relatos aventureros de Guevara y los cuentos de Borges y las historias de García Márquez y los poemas de Sor Juana; en esa lengua condenan la llegada de esa lengua.

Hoy, en la C√≥rdoba argentina -que se llama as√≠, obviamente, porque antes hubo una C√≥rdoba andaluza bautizada por espa√Īoles romanos o por espa√Īoles musulmanes-, unos pocos cientos nos reunimos para discutirla en el VIII Congreso Internacional de la Lengua Espa√Īola. Es discutible que lleguemos a algo: estas reuniones suelen ser m√°s protocolo que producci√≥n, m√°s ocurrencia que descubrimiento. Pero suscita oposiciones: un grupo de intelectuales se alz√≥ para denunciar, entre otras cosas, que "la realizaci√≥n el congreso pretende reconfirmar el car√°cter hegem√≥nico del espa√Īol peninsular en esta zona del mundo, es decir, afirmar esa versi√≥n del espa√Īol como idioma central para los gobiernos y para el poder. Que el congreso viene a asfaltarle el camino al empresariado espa√Īol, a facilitarle las comunicaciones para sus negocios".

Espa√Īa, pobre, no ha sabido hacer buenos negocios con el castellano. Quiso apropiarse de la marca: el Instituto Cervantes es un coto bien guardado, donde los sudacas tienen √≠nfima representaci√≥n, donde la lengua queda en manos de un d√©cimo de sus hablantes; el Premio Cervantes alterna cada a√Īo entre un escritor espa√Īol y un escritor sudaca como si un pa√≠s de 45 millones de habitantes equivaliera a un continente de 450. Pero no parece que le hayan sacado mucho r√©dito: las canciones y pel√≠culas en castellano que m√°s circulan en el mundo son sudacas, la producci√≥n cultural espa√Īola vende poco por aqu√≠, y sus capitalistas no conquistaron Am√©rica por la lengua sino porque nuestros gobiernos nacionales decidieron ceder a sus cantos de sirena -a sus sobornos- para entregarles sus mayores empresas.

Sin embargo, ayer en la ma√Īana, mientras dos jefes -un rey, un presidente- se afanaban por maltratar suavemente la lengua en su inauguraci√≥n, cuando uno habla de Jos√© Luis Borges y el otro ni siquiera se queda a escuchar a Mario Vargas Llosa, dan ganas de ponerse a ulular en comeching√≥n, el idioma supuesto de aquellos cordobeses anteriores. No tendr√≠a sentido: somos lo que somos, y lo que sirve no es la nostalgia sino la creaci√≥n. Usar, para ser otros, esta lengua que tenemos, ese presente que tenemos: romperlos, rehacerlos.

El castellano suele conseguirlo. En su inmensa variedad está su fuerza; por ella escapa al poder de las academias. Si normativizar lo que dice un país de 45 millones es difícil, hacerlo con quince o veinte países es felizmente imposible.

Los intentos de control son palos en el agua. En este congreso, por ejemplo, la academia quiere tratar los cambios que causa en el idioma la irrupci√≥n de las nuevas tecnolog√≠as; el primero de esos cambios es producir tal diversidad, tal flujo, que elude el control de las instituciones. As√≠, la famosa Academia corre el riesgo de dejar de ser Real y volverse decididamente Ficticia. Los escritores, los cantantes, los cineastas, los youtubers, los presentadores de televisi√≥n, los muchachos del barrio, las chicas en revuelta influyen en la lengua, la tuercen, la rehacen; las academias, poco. Y sus palabras nuevas inducen realidades nuevas, b√ļsquedas, rupturas. As√≠, puede que inventen, incluso, otras maneras de pedir perd√≥n o de otorgarlo, o de hablar de las cosas que s√≠ importan.

 

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