Una visita inesperada
Edición "Dat0s 194"
Por: Zana Petkovic
Octubre 2016

Lo que nos esperó en la  plaza San Francisco parecía una de las pinturas de Jherónimus Bosch, artista  holandés, a quien, el historiador del arte y ensayista alemán, Erwin Panofsky  calificó como  lejano e inaccesible.

La vida en sus múltiples facetas y expresiones  sucedía  sin pausas ni titubeos. Curiosamente, el trabajador de la empresa de transporte que se hizo cargo del traslado de la carga valiosa de nuestra próxima exposición a realizarse en el Museo San Francisco también se llama Francisco. No podría de ninguna manera asegurar, confirmar o calificar de santo a este hombre cuya edad difícil podría acertar por las sombras que cubrían su rostro. Eran ya casi las diez de la noche, el fervor de la ciudad, que parece no descansa nunca, se sentía como una tormenta que no amenaza, no se anuncia, ni se cansa.

Dieciocho bultos, dos mil novecientos kilogramos, apresados dentro de las cajas de madera, ocultando una historia que espera ser contada, comenzaron a ocupar su lugar temporal en la acera sin pedir permiso. Una mujer, sentada sobre algo que parecían cartones viejos, comenzó a gemir y sollozar lamentando su mala suerte. El lugar donde, a diario, suele pedir limosna fue  invadido. Desesperadamente y agitando su bastón se levantó con dificultad y protestando se fue. Los curiosos deletreaban a voz alta la escritura extraña que se podía leer en las etiquetas de los bultos. Después de varios intentos de descifrar las letras foráneas desistían y se alejaban a paso lento. No tenían mucha prisa para llegar ahí donde se dirigían como si lo que les esperaba en la noche no fuera nada excitante.

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