La invasión de los algoritmos
Por: The New York Times
Noviembre 2018
Fotografia: Adam Glanzman para The New York Times

Nuestra realidad ha invertido la lógica de Blade Runner: somos nosotros, los humanos, quienes tenemos que demostrar constantemente que no somos seres artificiales.

Llevamos una década seleccionando en nuestras pantallas la casilla "No soy un robot" de los dos primeras versiones del programa reCatpcha, porque hemos asumido como normal que nos obliguen a realizar sumas, reproducir caracteres o identificar coches o escaparates en imágenes de Google Street View para demostrar que existimos en este lado de la pantalla.

Pronto llegará reCatpcha 3,0 y nos libraremos finalmente de esa tortura. Gracias a ella nuestra humanidad será finalmente reconocida por un gesto manual (a través del ratón). Más de un siglo después del descubrimiento de la absoluta singularidad de nuestras huellas dactilares, tiene que llegar un software para recordarnos que en las manos está eso que -a falta de una palabra mejor- llamamos alma.

Como no se conforman con poseer nuestros datos, nuestros movimientos y nuestras caras, las grandes empresas tecnol√≥gicas han patentado durante los √ļltimos a√Īos algunos de nuestros gestos. Se han apropiado de los que tienen que ver con la lectura en las pantallas y con la manipulaci√≥n de dispositivos t√°ctiles.

Una encantadora y terrible coreograf√≠a del artista franc√©s Julien Pr√©vieux ha recogido toda esa gestualidad privatizada. La danza nos recuerda que regalamos nuestras manos para que las corporaciones interpreten una nueva m√ļsica, digital y terriblemente rentable, que se transforma en dinero en el momento en que lo virtual, que ya es real, se vuelve doblemente real. F√≠sico, objeto, cuerpo.

Mientras que los auténticos robots siguen siendo invisibles, pues se encuentran en las plantas de producción de las fábricas más avanzadas y en los quirófanos (sobre todo como grandes brazos mecánicos), o en la nube (en forma informe de inteligencias artificiales), nuestra vida cotidiana se ha ido llenando de ecos de robots, de fantasmas, de embajadores.

En la tienda del Real Madrid se puede comprar la camiseta con el n√ļmero 29, sobre el cual se ha impreso el apellido Hunter. Ning√ļn jugador en el Santiago Bernab√©u lleva ese nombre: Alex Hunter solamente existe en el videojuego FIFA. Pero tanto la tela como los 85 euros que cuesta la camiseta son muy reales.

Amy Winehouse volver√° pr√≥ximamente a los escenarios en forma de holograma. Y la televisi√≥n oficial china acaba de hacer p√ļblico a Zhang Zhao, su primer presentador virtual, que es capaz de estar ininterrumpidamente en antena, informando sobre todas y cada una de las noticias que vayan surgiendo, gracias a su inteligencia artificial.

Cincuenta a√Īos exactos despu√©s de 2001: Una odisea del espacio, Hal comienza a ser real. No tiene una √ļnica voz ni un √ļnico cuerpo, se manifiesta por todas partes. A finales de octubre se subast√≥ en Christie's El retrato de Edmond Belamy, un retrato borroso de un hombre menos real que la f√≥rmula que lo cre√≥ y que firma el cuadro: "Min (G) max (D) Ex [log (D (x))] + Ez [log (1-D (G (z)))]".

Los 432.500 dólares se los embolsaron los "emprendedores" del colectivo Obvious: Hugo Caselles-Dupré, Pierre Fautrel y Gauthier Vernier. No hay duda de que el dinero es lo que provoca la existencia de Alex Hunter, Zhang Zao, el fantasma de Amy o la fórmula que no voy a cortar ni a pegar de nuevo. Por eso no sorprende que fuera ING, una multinacional bancaria, quien patrocinara el proyecto "The Next Rembrandt": a partir del análisis en profundidad de toda la obra del pintor flamenco, un programa creó en 2015 un nuevo cuadro, original, perfecto, falso, no obstante verdadero.

Pilar Carrera y Jenaro Talens nos recuerdan en El relato documental que el cine abre, desde el primer minuto de su existencia, una grieta entre realidad y pantalla: fueron los hermanos Lumière quienes provocaron el big bang "haciendo huir despavoridos a los espectadores que pensaban que un tren los iba a atropellar en la sala de butacas del cine". Era 1895 y entonces "empezó la confusión entre las imágenes y los hechos", entre la realidad y la pantalla que empezó representándola y ha acabado por suplantarla.

Concluyen los autores que no hay que preocuparse: "Todo eco sigue necesitando una voz". Pero en el inminente escenario de la conexión por internet de personas y objetos, de la monitorización constante no solamente del exterior de los cuerpos sino también de su interior, de la informática cuántica y de las superinteligencias, por primera vez en dos milenios y medio el mito de la caverna de Platón llega a una posible fecha de caducidad.

Fue v√°lido para la filosof√≠a antigua y para la pintura moderna; explic√≥ metaf√≥ricamente la fotograf√≠a y el cine; recorri√≥ la ciencia ficci√≥n al menos hasta Matrix; pero en estos √ļltimos a√Īos ha comenzado a entrar en crisis. Porque la tradicional dependencia entre la sombra y el modelo ha empezado a derivar hacia una progresiva autonom√≠a.

La voz de Siri en espa√Īol es la de Iratxe, una profesora vasca; pero cada vez ser√° m√°s dif√≠cil diferenciar las voces y los ecos.

En Vida 3.0. Qué significa ser humano en la era de la inteligencia artificial, uno de los máximos expertos mundiales en el problema, Max Tegmark dibuja varios escenarios de futuro. Los dos más probables son el de la coexistencia pacífica entre humanos y unas "IA amigables" y el de la extinción de la humanidad tras ser "remplazada por la IA (escenarios de dominadores y descendientes)".

Durante los √ļltimos doscientos a√Īos (si partimos de Frankestein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley) o los √ļltimos ochenta (si la semilla est√° en el primer robot humanoide, Elektro), ese horizonte ha sido lejano y, sobre todo, ficticio.

Pero cuando toda la ropa que vistamos est√© conectada a internet y no haya paso, latido, sudoraci√≥n, pesta√Īeo ni segundo de sue√Īo que no sea procesado y traducido, a ver qui√©n se atreve a llevar una camiseta que diga "Yo no soy un robot".

Durante décadas los hemos imaginado como cuerpos ajenos, sin sospechar que ellos iban a ser nosotros, que en el siglo XXI iba a cobrar pleno sentido aquello que Arthur Rimbaud escribió en una carta de 1871: "Yo es otro".

 

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