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Las masas no tienen rostro ni alma
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En la proyección violenta de la cantidad, las personas masificadas adquieren un poder extraño, que excita las supervivencias instintivas más antiguas.  Las masas marchan, gritan, matan.  Su responsabilidad, ideológicamente fluctuante, es tan abstracta como su cantidad.  Multitudes uniformadas vitorearon eufóricas a los déspotas de Grecia y Roma. Después, millones, mecanizados por consignas guturales, endiosaron a Hitler y Stalin. 

Al masificarse la gente se niega a sí misma,En En un país como el nuestro, las máximas cantidades concentradas pueden ser veinte o treinta mil personas, las que frente a un  número menor, infunden miedo e imponen su voluntad.  Quizá en el ámbito político, definan situaciones dudosas y conflictivas.  Pero, de todos modos son coyunturales, su lealtad es simple, circunscrita, si no logran lo que quieren, no sólo cambian de posición, se  resienten, con mayor crueldad que el enemigo declarado. Hay ejemplos de alabanza y adulación servil y casi de inmediato de inconsecuencia aterradora. El ser humano es complejo, capaz de todos los extremos. Mejor dicho, los extremos se dan sólo en lo que puede hacer o dejar de hacer esta sorprendente criatura.

El hombre ha dominado a los otros seres vivientes, ha exterminado muchas especies.  La soledad, el vacío y la proximidad de la tragedia, paradójicamente, son consecuencia de su propia conducta. Las Universidades, no por su cantidad, sino por la repetición uniforme de fórmulas que no explican ni dicen nada, por la reiteración ociosa de enunciados decimonónicos, por sus prácticas políticas dicotómicas, están masificadas. El comercio, preponderantemente informal, que compra y vende casi lo mismo, esta masificado. Los profesionales que no investigan, que no crean y que hacen lo mismo día tras día, hora tras hora, están masificados. Hay prácticas deportivas inocentes que masifican. La masificación más aterradora se da en las prácticas políticas, donde los compromisos se fundan en necesidades primarias, en la satisfacción de ambiciones desproporcionadas, sin ninguna exigencia ética y menos estética.

¿Es posible evitar la masificación?  Ya hemos dicho que este fenómeno no es sólo la cantidad, personas agrupadas de otro  modo, podrían generar saltos cualitativos.  Lo que nos interesa no es la unión de personas, sino la forma de tal relación.  El contrato social del que habla Rousseau nunca fue real. Todo contrato es un acto deliberado y conciente. En la historia larga y casi siempre violenta de la política, no hay un solo antecedente que revele esa concurrencia acordada. Pero, el propósito parece necesario, puesto que no hay otra forma de vivir, somos seres sociales, individualmente y lejos o de espaldas a las otras personas no podríamos existir.

La preocupación acerca de las masas y de su papel en la civilización no puede ser resuelta fácilmente. Todo lo que concierne al ser humano tiene la complejidad, no sólo social ni siquiera biológica de tal categoría, sino la proyección infinita de su espíritu. Quizá, de lo que en el fondo se trata, es de una defensa del individuo. El verdadero sujeto de la historia, es el individuo, pero en relación con los demás, es decir, en su proyección social.  Quizá sea pertinente preguntarse a propósito del comportamiento de las masas, en ámbito de países con diferencias nítidas de evolución. ¿Las masas europeas son igual que las masas norteamericanas y éstas similares a las de África y Asia?

Y ahora, ya en el siglo XXI, ¿las masas europeas son cualitativamente diferentes a lasmasas de los otros Continentes,  son masas cultas que no incurren en la violencia ni en la crueldad?

Aquí surge inevitable la diferenciación del concepto masas respecto del concepto pueblo. En la proyección del segundo enunciado, de lo que hablamos es no sólo de un gregarismo primitivo, sino de una agrupación deliberada y conciente fundada en un sistema de principios, valores, normas e instituciones.  En tal contexto la gente se une en la proyección  exigente del amor. Los países que se forman en un proceso evolutivo constante, desde hace siglos, no son sólo masas ni montoneras, constituyen categorías culturales en las que cada persona asume el compromiso de respetar aquellos postulados que constituyen el mecanismo de cohesión y de solidaridad que los une. Aún siendo cantidades considerables se prohíben a sí mismas la comisión de actos delictivos, violentos e inhumanos.  Una concentración de millones de personas, en algún país culto, a esta altura de la historia, no podría torturar, asesinar, ni ocultarlos cadáveres de sus víctimas, sin avergonzarse de su crueldad. Las excepciones, si se producen, destruyen,  sin lugar a ninguna explicación, ese nivel de evolución.   La masificación es un nivel descendente del pueblo y sociológicamente hablando de la Nación.

Lo que parece lógico es su auto extinción.  La esperanza  respecto de una conversión de la cantidad en calidad, se agota en la circunstancialidad del comportamiento meramente objetivo. En el hecho criminal espeluznante, no hay ningún componente capaz de proyectar la posibilidad de la superación.  Entonces, el fin parece que se da en el agotamiento de la violencia o en el choque con una antítesis similar mas fuerte y cruel.  Quizá no sea muy correcto afirmar la regresión inevitable de la esperanza en la dinámica salvaje de la cantidad, pero todas las experiencias o por lo menos la mayor parte de lo que se conoce en la historia de la humanidad, nos lleva a esa conclusión. 

El final de este razonamiento, parece la visión de una realidad insalvable,  las masas aparentan ser eternas, es decir, inevitables allá donde hay ciertas cantidades de personas.  Tal apariencia, felizmente es circunstancial, tanto en lo que respecta  al tiempo como al espacio de su vigencia.  El ser humano,  inteligente, tiende a evitar la masificación, creando aquello a que nos referimos anteriormente: un sistema de principios, valores, normas e instituciones que discriminan y ordenan en la proyección de las individualidades socializadas, precisamente, en el marco de postulados filosóficos, éticos y estéticos de perfeccionamiento y liberación.

Autor: Jose Edwin Tapia Frontanilla

 
 
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